Teniendo como pilar fundamental el libre comercio, la Alianza del Pacífico es un acuerdo pragmático, libre de ideologismo. De ahí surge el notable avance que ha logrado en tan poco tiempo.
Publicado el 01.07.2016
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En pocos días hemos sido testigos de acontecimientos que han tenido lugar en los más diversos lugares y que, aparentemente, no se relacionan entre sí.  Pero tomados en su conjunto, nos demuestran cuán lejos estamos de la configuración de sistemas supranacionales viables y eficientes que permitan reducir la brecha entre idealismos y realidad en las relaciones internacionales. Al mismo tiempo, las diversas  experiencias dan indicios de una transición hacia la revaloración de las alianzas en el escenario mundial, con resguardo de los intereses permanentes de cada país.

Tomemos, a modo de ejemplo, tres situaciones: el Brexit del Reino Unido, marcando un quiebre con la Unión Europea; el intento del secretario general de la OEA por aplicar la Carta Democrática Interamericana a Venezuela, y la reunión de la Alianza del Pacífico en Chile. En el primer caso, el resultado del referéndum en Gran Bretaña sorprende más de lo razonable, pues las señales de disconformidad con la carga que debían soportar los contribuyentes británicos (junto a los alemanes y pocos más) para financiar “la igualdad” de diversos derechos decretados por Bruselas para todos los países miembros, (incluyendo a los más recientes, pero menos eficientes “socios” de la Unión), venían dándose desde hace largo tiempo.

El análisis simplista culpa a una supuesta xenofobia por el Brexit, cuando la realidad indica que el hartazgo de los británicos tenía otro origen y apuntaba a la necesidad de poner límites a las decisiones de burócratas, tanto propios como ajenos, decidiendo desde Bruselas sobre asuntos que, tarde o temprano, deberían financiar los británicos en beneficio de terceros. Esa era la percepción mayoritaria, si no la exacta realidad: los británicos votaron por salirse de un sistema que, con todas sus virtudes, les sonaba a gobierno supranacional, lejano y distante.

En nuestra región, se ve cómo los integrantes del “sistema interamericano” son convocados por la perseverancia y la adhesión irrestricta del secretario general de la OEA a los compromisos fundamentales de los Estados miembros de la organización, para aplicar las disposiciones de la Carta Democrática Interamericana a la crítica situación en Venezuela. Una crisis política, económica y social casi sin precedentes es observada de manera casi impávida por la región toda, sin lograr aun resultados que respondan adecuadamente al drama que vive el pueblo venezolano.

El caso no solo ha convocado a la OEA, pues le compite en ineficiencia la misión de Unasur, cuyos mayores esfuerzos se dirigen a salvar la poca dignidad que queda al gobierno de Nicolás Maduro, más que a resolver los problemas de fondo en Venezuela, que tienen su raíz en el carácter antidemocrático del chavismo. Ambos organismos, OEA y Unasur, dan muestra de la cruda y con frecuencia vergonzosa inoperancia del multilateralismo regional, que queda más al desnudo cuando más se requiere de urgencia y efectividad. A diferencia de lo que ocurre a los británicos con la UE, el ciudadano medio en América Latina ve cómo los organismos que tanto ha costado crear y financiar, no hacen sino “observar” cómo se desarrollan las crisis y no son capaces de hacer cumplir las propias normas de conducta que se han elaborado tras tantas discusiones.

En contraste con lo anterior, vemos cómo una reunión de la Alianza del Pacífico, entre lagos y volcanes del sur chileno, avanza a paso firme hacia objetivos concretos de integración. A diferencia de la OEA y de Unasur, sin una multitud de burócratas y sin millonarias inversiones en infraestructura, los cuatro socios han logrado mostrar, en apenas cinco años, resultados concretos en materia de liberalización de comercio, presencia conjunta en terceros mercados e integración económica, atrayendo el interés de casi medio centenar de países observadores. ¿Qué razones explican el éxito de la Alianza del Pacífico?

En primer lugar, el hecho de que sus fundadores comparten políticas similares respecto de los principios fundamentales del libre mercado, la liberalización del comercio internacional y el impulso al emprendimiento y la iniciativa privada, como motores del desarrollo. Sin esa visión común, no se habría creado la Alianza en la forma como se hizo en el 2011.  Teniendo como pilar fundamental el libre comercio, la Alianza es un acuerdo pragmático, libre de ideologismo. De ahí surge el notable avance que ha logrado en tan poco tiempo, pues al compartir visiones comunes en lo que se refiere al desarrollo, no hay tiempo que perder en discursos interminables, pero inoficiosos, como ha llegado a ser casi una costumbre en todos los esfuerzos de integración que le han precedido en nuestra región.

Las lecciones que se extraen de los tres ejemplos mencionados son bastante decidoras: en primer lugar, la integración no se logra creando organizaciones ni financiando burocracias; se deben focalizar los esfuerzos en mecanismos efectivos, concretos, viables y eficientes de integración. América Latina viene tropezando con interminables intentos, desde el siglo XIX, por hacer efectivo “el sueño de Bolívar”.  El paso más reciente en ese sentido, fue la creación de ALBA (y sus resultados están a la vista).

Los fundadores de la Alianza, en cambio, lo hicieron sobre la base de realidades. En segundo lugar, el éxito de la Alianza radica en el hecho de que no fue creada para oponerse ni excluir a un país determinado (como son los casos de ALBA y Unasur), sino que para “ponerse” con algo: sus fundadores llegaron con políticas claras y con la voluntad compartida de perseverar en ellas. Finalmente, el carácter pragmático de la Alianza le permitió evitar los mismos errores que siempre se han cometido en la región, como partir con grandes y millonarios proyectos, como la sede construida para Unasur en Ecuador, la que será seguida por otro elefante blanco, que albergará al Parlamento de la misma organización, en Cochabamba, Bolivia. Las alianzas, como ésta que se reúne en Chile hoy, serán los esquemas de integración que marcaran la pauta en el futuro previsible: aquellos que persigan objetivos claros en base a políticas compartidas. Lo demás, como suele decirse, “es música celestial”.