Hay un rasgo muy negativo y potente de este gobierno que ha quedado en evidencia desde sus prolegómenos y que ahora le pesa como una losa: la arrogancia, la que se tradujo principalmente en un discurso refundacional y un afán por cambiarlo todo sin reconocer los avances del pasado.
Publicado el 12.09.2015
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Michelle Bachelet se ha convertido en la Presidenta con menor aprobación desde que el Centro de Estudios Públicos realiza su conocida encuesta. Solo el 22% de los chilenos aprueba su gestión frente al 61% que la rechaza. Se trata de todo un descalabro si se considera que hace poco más de dos años, Bachelet fue elegida con el 62% de los votos, y era conocida como “la incombustible”.

Ahora todo parece indicar que la alta impopularidad de Bachelet seguirá subiendo en los próximos meses, a no ser que el gobierno dé un golpe de timón violento, lo que parece poco probable. Claro, porque si Bachelet gira a la derecha, se le descuelgan los de la izquierda, y viceversa. Así, por tratar de mantener un equilibrio vacilante, el gobierno no deja contentos ni a moros ni a cristianos.

En los próximos días se escribirá mucho sobre los motivos por los que el apoyo popular al gobierno de Bachelet se está derrumbando. Evidentemente, esta caída en barrena es multicausal, y en ella confluyen factores objetivos —malos resultados macroeconómicos y altas cifras de inseguridad, por ejemplo— con otros más subjetivos, pero igualmente importantes.

A mi entender, hay un rasgo muy negativo y potente de este gobierno que ha quedado en evidencia desde sus prolegómenos y que ahora le pesa como una losa: la arrogancia, la que se tradujo principalmente en un discurso refundacional y un afán por cambiarlo todo sin reconocer los avances del pasado, ninguneando a aquellos antecesores que debieron gobernar bajo circunstancias muy adversas y que, a pesar de ello, procuraron alcanzar éxitos consensuados e incrementales, pero cimentados sobre bases sólidas y perdurables.

Del progreso “en la medida de lo posible” que lideró la Concertación con personalidades como Patricio Aylwin, que reconoció lo bueno del modelo que implantaron sus adversarios, pasamos al aplastamiento ideológico de la retroexcavadora, el símbolo de la aniquilación del pasado y la anulación de la discrepancia.

¿Qué tiene que ver la arrogancia con el fracaso? Muchísimo, según el conocido investigador y consultor empresarial Jim Collins, para quien ese defecto es el primer escalón en la caída de los poderosos.

Como han comprobado innumerables personas y organizaciones muy poderosas y exitosas que se quedaron dormidas en los laureles, la arrogancia engendra muchos peligros que conducen a profundas y costosísimas crisis operacionales y reputacionales. Entre ellos están el descuido, el relajamiento de los estándares de calidad, la ignorancia de las advertencias, la falta de respeto por los adversarios, la anulación de la discrepancia y la promoción de los incondicionales y los serviles, la baja motivacional, la falta de aprendizaje y la poca objetividad en el análisis situacional, la incapacidad de lograr acuerdos y de escuchar.

El control de la arrogancia no tiene nada que ver con mantener una actitud perdedora o no tener auto-estima. Al revés. Mantener una talante mansedumbre requiere una buena dosis de templanza. Así lo explica el gran campeón de ajedrez Gary Kasparov en uno de sus libros cuando relata que, a pesar de su conocida actitud agresiva en el juego, solía respetar e incluso temer a sus adversarios, incluso después de haber conseguido el título mundial.

Por eso Kasparov analizaba más detalladamente sus triunfos que sus derrotas, pues sabía que a veces podía ganar por pura suerte o porque el rival estaba pasando por un mal momento. Sin ese análisis descarnado y objetivo de los triunfos, “el peso de los éxitos pasados” podía llevarlo a la autocomplacencia y al exceso de confianza, a relajar la vigilancia de los errores y a perder el campeonato, en definitiva, como le pasó cuando se descuidó frente a uno de sus antiguos discípulos, un advenedizo que parecía inofensivo pero que le dio un baño de humildad que nunca olvidaría.

Según Kasparov y Collins, uno de los peores trastornos que generan las victorias es la incapacidad de diagnosticar objetivamente por qué ganamos. Aceptar que tal vez se venció por las debilidades del adversario y no necesariamente por las fortalezas propias requiere una modestia que ha escaseado en la coalición de gobierno. Reconocer por ejemplo que la Nueva Mayoría no le ganó a la derecha por el famoso programa que se presentó apenas tres semanas antes de los comicios y que ahora la gran mayoría de los chilenos rechaza, requiere más sencillez que la exhibida por aquellos ministros que han pedido perdón en días recientes.

Si el gobierno de verdad quiere aceptar que se ha equivocado, debería leer y escuchar lo que le dice el pueblo a través de encuestas como la del CEP, y actuar en consecuencia, pues no basta con solo pedir clemencia frente a las cámaras.

El gobierno debe reconocer, por ejemplo, que la gente está apabullantemente preocupada de la delincuencia, la salud, y la educación, y que solo el 11% cree que hay que destinar esfuerzos a combatir la desigualdad o que apenas un 3% cree que debe reformarse la Constitución.

Es tiempo de que las prioridades del gobierno empiecen a alinearse con las de los ciudadanos, aunque le duela a algunos grupos de presión muy vociferantes. Si el gobierno no muestra una actitud más dócil y no escucha lo que le demandan sus electores, el CEP le seguirá trayendo malas noticias en el futuro. Y la cura de humildad entonces ya será demasiado tardía e irreparable.

 

Ricardo Leiva, Académico de la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO