En pleno siglo XVIII el cambio se podía palpar en los más diversos ambientes, se vivía una transformación en el plano de las ideas que pronto abriría paso también a cambios en el ámbito político, en la religión y en la vida de las personas. Ese fue el telón de fondo de los enciclopedistas.
Publicado el 17.03.2018
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Cada tiempo tiene sus desafíos y se organiza para vencerlos. En algún momento fueron las pirámides o las catedrales, con cientos, miles de hombres que trabajaron para levantar monumentos que hasta hoy nos asombran. En otras ocasiones ha sido la guerra, y los pueblos se han organizado en ejércitos más o menos adiestrados y equipados, con el objetivo de derrotar a su enemigo ocasional, dejando en el camino la consabida estela de destrucción y de muerte. Muchas veces lo que mueve a una nación o una población es la solidaridad, para salir adelante tras un terremoto, una epidemia o algún desastre de la naturaleza.

Sin embargo, es menos frecuente observar una empresa intelectual, el trabajo de un grupo social o cultural destinado a producir un bien menos tangible, una empresa de largo aliento que no muestra frutos inmediatos y, por lo mismo, a muchos comienza a parecer inútil, quizá una excentricidad. En realidad, esta inutilidad inicial es una de las características de las labores intelectuales -de la filosofía griega, por ejemplo-, cuya finalidad era mucho más profunda que producir un bien de impacto inmediato. Sin embargo, mirado en el largo plazo, lo que nos queda de la gloriosa Atenas es precisamente su capacidad de pensar más profundo y, junto a su esfuerzo de organización política, aparecen las figuras inmortales de Sócrates, Platón o Aristóteles.

Un camino parecido es el que debió recorrer la Enciclopedia en el siglo XVIII. Se trató, sin duda, de un esfuerzo monumental, quizá nunca antes visto en una empresa intelectual colectiva, con una ambición desmedida, que debía cumplir una generación para intentar reunir en una sola gran obra todo el conocimiento humano existente, incluyendo los descubrimientos científicos, las ideas económicas o filosóficas, el pensamiento político, la geografía y la historia.

Parece evidente que una obra así no es simplemente el resultado de mentes febriles ajenas a la realidad. Por el contrario, muchos de los temas que estarían en la Enciclopedia eran parte de las discusiones en los salones literarios, formaban parte del interés de los pensadores de la época e incluso de algunos hombres y mujeres del mundo social y político. Por otra parte, en pleno siglo XVIII el cambio se podía palpar en los más diversos ambientes, se vivía una transformación en el plano de las ideas que pronto abriría paso también a cambios en el ámbito político, en la religión y en la vida de las personas. Ese fue el telón de fondo de los enciclopedistas.

El proceso de la elaboración de la Enciclopedia está narrado de manera emotiva, casi como una epopeya, en el libro de Philipp Blom, Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales (Barcelona, Anagrama, 2007). Ahí aparecen retratados los principales autores de la obra, con sus grandezas intelectuales y con algunas miserias humanas: Denis Diderot, Jean-Jacques Rousseau, Jean d’Alambert, Louis de Jaucourt. También queda en claro que fue un proyecto que debió enfrentar numerosos obstáculos en el camino, incluyendo la falta de recursos económicos, la oposición de sectores eclesiásticos y de autoridades políticas -la obra fue prohibida y condenada- y las divisiones internas de sus promotores. Finalmente, muchos se fueron sumando por entusiasmo o por interés, haciendo que la creación se fuera convirtiendo en invencible a pesar de las dificultades.

Los últimos volúmenes se entregaron en 1766, después de 20 años de trabajo, en lo que había llegado a ser la empresa editorial más grande realizado hasta entonces. Eran numerosos tomos, conceptos, autores, horas y páginas llenadas con lo que se suponía era el último conocimiento existente en las más diversas áreas. La fama de la Enciclopedia había traspasado las fronteras de Francia y se había extendido, con relativo éxito, por el resto de Europa. Los autores tuvieron vidas disímiles: algunos vivieron después los años más felices de sus vidas, mientras Diderot “miraba todos sus años de trabajo con una amargura y una decepción que ya nunca lo abandonarían”, como describe Blom.

Es verdad que, mirado desde una perspectiva histórica, es posible vislumbrar defectos en el proceso, errores en los personajes y un marianismo que tiende a volverse contra los proyectos que se presentan con tanta ambición. Se advierte una pérdida del sentido de la realidad, contradicciones y un sectarismo desbordante, de quienes suponen tener la razón siempre y en todo.

A pesar de eso, la Enciclopedia tiene una vitalidad histórica evidente, que prueba el valor de una obra colectiva, ambiciosa y capaz de derrotar las dificultades. Una historia que, ciertamente, vale la pena conocer. Todo eso ya es historia que vale la pena ponderar, aunque ya no vivamos las épocas de decenas de tomos impresos con acumulación de saber, sino una era donde prácticamente todo puede encontrarse en internet y el problema parece ser el exceso de información, la dificultad de procesarla y los criterios de selección.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)