Que el gobierno haya decidido poner su fichas en seguridad ciudadana, salud y educación no asegura nada. Si no se toma la decisión explícita de volver a valorar los principios de eficiencia y eficacia, reconociendo que estos son imperativos éticos transversales a la ideología política, la danza de los millones que nunca llegan a los beneficiarios continuará.
Publicado el 17.09.2016
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El gobierno anunció que las prioridades del presupuesto del próximo año se enfocarán en los tres temas que el público identifica como prioritarios en las encuestas: seguridad ciudadana, salud y educación. A primera vista, parece razonable que nuestros gobernantes pongan las fichas en aquellos ámbitos que la ciudadanía considera más importantes: al fin y al cabo es esa misma ciudadanía la que les confió la tarea de gobernar.

Pero “poner las fichas” no significa solamente “poner las lucas”. Significa gestionarlas y velar por que sean utilizadas en beneficio de esa ciudadanía que exige cada vez más. Es decir, de manera eficiente y eficaz. Estas dos palabras no son meros tecnicismos de derecha. Por cada millón de pesos que el gobierno malgasta hay una quimioterapia menos, una beca menos, o, en general, una oportunidad menos para alguien. Por cada millón que se gaste en asegurar educación universitaria gratuita a quien puede pagar, queda un millón menos disponible para sacar a alguien del campamento en el que vive. Cada peso que se gasta hoy en pagar pensiones cuestionadas o en licencias médicas falsas es un peso que no se está gastando en sacar adelante a un niño del Sename.

El origen de las ineficiencias que vemos hoy en el sistema se puede explicar, principalmente, por tres causales: las ideologías, la ineptitud y el abismo ético en el que una porción no despreciable de los chilenos estamos sumidos. Para un botón de muestra de este abismo moral pinche aquí. Cada chileno que recibe dinero mediante licencia médica fraudulenta está desfinanciando algún otro servicio básico, y es responsable directo de las mismas ineficiencias que luego critica.

Por otra parte, ejemplos de ineptitud, incompetencia e inoperancia en la gestión de recursos públicos sobran. ¿Qué otra explicación se puede dar a incidentes como el de las vacunas vencidas o el del puente Cau Cau? De la misma manera, decisiones basadas en ideología, en evidente oposición a los juicios técnicos, han costado mucho dinero. Un ejemplo reciente fue la marcha atrás que dio el actual gobierno a la exitosa política de concesiones hospitalarias de su predecesor. Además del retardo de años en todas las obras de infraestructura del Ministerio de Salud, el costo de este capricho supera los 300 mil millones de pesos. Sí, en esta ocasión la solución ideológica costó un 40% más que la solución técnica. Con ese ahorro de eficiencia se podría haber construido un mega hospital, más grande y más complejo que el Hospital del Salvador. Pero, en contraposición, nos encontramos hoy con un Ministerio de Salud que ya opera en déficit, con una deuda que crece exponencialmente y que, paradojalmente, no está entregando mejores prestaciones.

El ejemplo de Salud es emblemático, pero no único. El derroche es, al parecer, generalizado. Las soluciones ideológicas en educación tendrán también un sobreprecio significativo (y víctimas inesperadas, como el Instituto Nacional). El precio de la ineficiencia es desembolsado por un fisco que ve mermar sus fondos más rápido de lo presupuestado y no se puede hacer cargo de las innumerables otras necesidades reales que aquejan a los chilenos.

Que el gobierno haya decidido poner su fichas en seguridad ciudadana, salud y educación no asegura nada. Si no se toma la decisión explícita de volver a valorar los principios de eficiencia y eficacia, reconociendo que estos son imperativos éticos transversales a la ideología política, la danza de los millones que nunca llegan a los beneficiarios continuará.

 

Francisca Dussaillant, Directora Centro de Políticas Públicas UDD.

 

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO.