Todos sabemos que no es por falta de plata que la educación chilena está como está, sino por factores mucho más complejos e incómodos de abordar.
Publicado el 30.07.2015
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En su libro “La lección”, Eugenio Tironi relata lo que un académico finlandés le dijo a un grupo de chilenos que visitó ese país para aprender de su modelo de desarrollo.

“¿Sabían ustedes que Finlandia, un país con cinco millones de habitantes, cuenta con veintiún orquestas sinfónicas? Pues bien, de aquí se nutre la capacidad de innovación, el sentido estético, la prolijidad, la pasión por el trabajo bien hecho; vale decir, todo eso que hoy encarna Nokia. No hay que confundirse y poner la carreta delante de los bueyes. El origen del milagro finlandés no está en Nokia: está en una sociedad donde florece y se mantiene una orquesta sinfónica por cada 238 mil habitantes”.

El finlandés no mencionó al dinero —público o privado— como clave del “milagro”, aunque indudablemente algún rol debe jugar en el asunto. ¿Habrá sido porque se le olvidó o, más bien, porque tiene las prioridades más claras que nosotros?

Esa concepción del desarrollo me hizo pensar en nuestro debate sobre la calidad de la educación, en el cual de lo único que se habla es de plata. Ya pueden los expertos desgañitarse recordando que la educación es tal vez el área en que más ha aumentado la inversión privada y estatal en los últimos 25 años, pero no han impedido que la agenda gire en torno a la premisa (falsa, como está a la vista) de que gastar aún más es la mejor forma, incluso la única, de avanzar en calidad. Desde los movimientos estudiantiles a su “bancada” de diputados, desde el gremio de profesores a los partidos políticos, y desde La Moneda al Congreso (de izquierda o derecha, poco importa), la consigna en educación ha sido “Dinero, dinero, dinero”. De hecho, a excepción de la mala idea de terminar con la selección académica en los liceos emblemáticos, el resto de la discusión empieza y termina con “las lucas”: la ofensiva contra el lucro, la eliminación del copago, la pelea sobre la propiedad de los colegios, el debate sobre la gratuidad, el aumento del presupuesto educativo vía reforma tributaria, los salarios de los docentes, el financiamiento estatal a las universidades del Cruch.

Pero todos sabemos que no es por falta de plata que la educación chilena está como está, sino por factores mucho más complejos e incómodos de abordar. Si los jóvenes (y muchos adultos) no entienden lo que leen, si en muchas carreras universitarias el primer año de estudios se ha vuelto un curso de nivelación para llenar los vacíos de la etapa escolar —desde los conocimientos básicos a los hábitos de estudio y la ética del esfuerzo—, si muchos profesores adolecen de serias fallas en su preparación académica, si algunas universidades se acreditan en forma trucha o imparten una formación mediocre, ¿se arregla todo eso inyectando más miles de millones? ¿Por qué, dónde, cómo?

Sociedades avanzadas, como Finlandia —visitada por más comisiones de estudio chilenas de las que conviene recordar—, han entendido que en el siglo XXI la calidad educativa no descansa primordialmente en decidir de dónde sacar más dinero y cómo gastarlo, o a quién darle menos y a quién más. Allá se preocupan de cosas sofisticadas como las mallas curriculares, la formación de los profesores, el contenido y duración de los planes de estudio, la innovación en la enseñanza, el rol de la investigación científica y del trabajo intelectual, el perfil del estudiante moderno y sus expectativas, las posibles sinergias entre disciplinas afines y la educación integral, la capacitación laboral de por vida, los cambios tecnológicos y su impacto económico-social-cultural, la muerte de sectores obsoletos y la aparición de otros nuevos, en fin. Y claro, también se preocupan de crear y financiar un número insólito de orquestas sinfónicas, entre otras cosas, porque saben que no todo lo que “educa” se enseña o se aprende en una sala de clases.

Podría decirse que esos países han comprendido lo que acá parecemos empeñados en desconocer: que cuando el desafío es tener una buena educación, el principal problema no es el dinero… es la educación.

 

Marcel Oppliger, periodista y autor.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO