Mientras no logremos reducir dramáticamente —¡a la mitad o menos!— la elevada proporción de jóvenes adolescentes que hoy no alcanzan siquiera a superar el umbral mínimo de competencias en dominios cognitivos y de desempeños claves para el siglo 21, no merecemos llamarnos una nación desarrollada, ni solidaria, ni siquiera civilizada.
Publicado el 06.12.2017
Comparte:

Es un hecho nuevo que en nuestro país se publiquen actualmente 10, 15 o más libros de análisis sobre educación, referidos a aspectos tales como el desempeño de las escuelas, prácticas docentes, políticas de reforma, modelos pedagógicos, economía del sistema, su gobernanza y desempeño. Agréguese a esto que el año pasado (2016) se publicaron 351 artículos académicos en revistas indexadas, comparado con nueve hace veinte años (1996). De hecho, dentro de la categoría “educación”, Chile es el tercer país con mayor producción académica en América Latina, antecedido por Brasil y México.

Incluso, si uno utiliza Google Scholar, la producción nacional sería bastante más amplia aun, pues este buscador especializado incluye varias categorías adicionales de artículos y documentos —como ponencias en congresos, tesis doctorales y de maestría, reportes oficiales, informes de organizaciones no gubernamentales, estudios internos de empresas y consultoras, etc.—, documentos que no aparecen registrados en las principales bases de datos de publicaciones indexadas. Agréguese a esto además un flujo —creciente también— de crónicas, columnas de opinión, editoriales y ensayos sobre asuntos educacionales publicados en diarios, revistas, la prensa digital y la blogósfera.

Todo esto refleja el incremento experimentado por la comunidad de investigadores, especialistas y practicantes directivos que en Chile producen, transmiten, aplican y, en general, gestionan conocimiento referido al mundo educacional, en todos los niveles, desde la educación temprana hasta la educación formal a lo largo de la vida, incluyendo la enseñanza primaria, secundaria y superior o terciaria.

Por su lado, la agenda pública educacional  —los asuntos en discusión, los proyectos de ley, las propuestas de reforma, los programas políticos, las tomas de posición de las diferentes partes interesadas— ocupa asimismo un lugar prioritario entre las preocupaciones de la gente y en la atención de las autoridades.

En fin, nunca antes —me parece a mí— se han puesto tantas expectativas en la educación: aparece como condición del sujeto autónomo, motor del desarrollo de las sociedades, avenida de movilidad social, medio de socialización de valores, base para la formación del ciudadano, vía de integración en la cultura global y muchas otras cosas.

A pesar de todo esto, y a contramano con ello, el tratamiento del tema educacional durante la campaña electoral ha sido pobre, cuando no mediocre. Una vez más, en vez de hablar en serio de calidad (la sala de clase, los profesores y los alumnos) y de equidad (una educación temprana en condiciones de compensar desde el comienzo de la vida de las personas las desigualdades de la cuna), nos encontramos sumidos en una guerra de palabras mágicas, “gratuidad” la primera entre ellas. Desaparecen, en cambio, la complejidad y las dificultades de los desafíos que enfrentamos en el campo educativo. Y todo el acervo de información y conocimiento acumulados es puesto entre paréntesis a favor de una retórica electoral que flota libremente en el espacio discursivo.

Transformar Escuelas, un libro recién publicado de Ernesto Tironi, es por lo mismo una bienvenida interrupción de esa retórica. Constituye una bien argumentada contribución al despliegue de ideas y la conversación social sobre la educación. Su foco queda claro desde el título mismo. Se trata de nuestras escuelas que, en número superior a 11 mil, proporcionan la plataforma institucional de la educación obligatoria. Su mirada, dice el autor, está puesta en la escuela como organización.

Allí reside, sin duda, su mayor y más original aporte, pues le permite poner a directores y directivos, y a los administradores o propietarios de estos establecimientos, y a los docentes y alumnos, en el centro de su reflexión, trátese de colegios municipales o privados subvencionados que en su conjunto son responsables de la educación pública del país.

El foco de este libro no son las escuelas meramente, en cuanto unidades organizacionales. En efecto, su eje temático es cómo transformar escuelas para mejorar los aprendizajes de los niños y jóvenes.

Nada puede ser más urgente y necesario que salir al encuentro de esta crucial tarea; la de asegurar aprendizajes de calidad a todos los estudiantes chilenos, con independencia de su cuna.

Por los resultados de las pruebas nacionales e internacionales, sabemos que nuestro país está aún lejos de esa meta. Según el examen más reciente de PISA (2015), entre un tercio y la mitad de los estudiantes chilenos a los 15 años no ha adquirido las competencias más elementales —de comprensión lectora, manejo numérico o razonamiento científico— que se supone deberían dominar a esa edad. Déficits similares se manifiestan en educación cívica, en destrezas digitales, en resolución colaborativa de problemas y, todavía mayores, en el uso del idioma inglés.

Aquí reside, pues, el más importante desafío para nuestras escuelas y para las políticas públicas en este sector. Mientras no logremos reducir dramáticamente —¡a la mitad o menos!— esta elevada proporción de jóvenes adolescentes que hoy no alcanzan siquiera a superar el umbral mínimo de competencias en dominios cognitivos y de desempeños claves para el siglo 21, no merecemos llamarnos una nación desarrollada, ni solidaria, ni siquiera civilizada.

De paso, muestra lo absurdo que resulta medir el desarrollo de un país nada más que por el ingreso per cápita, en vez de hacerlo, además, por indicadores relacionados con la calidad y equidad de los servicios de salud y de educación. Es oportuno recordarlo ahora que estamos en tiempo de elecciones y de propuestas programáticas. Pues podemos llegar a ser un país más rico, o con más ricos, pero eso no nos hará más desarrollados si acaso se mantiene aquella abismal brecha educacional.

Lo mismo cabe decir de los beneficios sociales que esperamos de la educación. Las enormes expectativas que hacemos descansar sobre ella —de igualdad, productividad, civilidad, democracia, incluso de solidaridad y felicidad, etcétera— jamás podrán materializarse mientras casi una mitad de nuestros niños y jóvenes no tenga la oportunidad de asistir a escuelas efectivas y esté condenada a una mala educación.

¿Qué propone el libro de Ernesto Tironi para mejorar las escuelas de bajo desempeño?

Tres cosas aparentemente simples y directas. Primero, poner el foco del esfuerzo transformador en las prácticas del profesor dentro de la sala de clase, algo que hasta ahora no ha hecho la reforma educacional. Segundo, elegir para los colegios deficitarios directores y equipos directivos que gestionen sus establecimientos con ese foco, sin apartar su atención de la sala de clases. Y, tercero, generar una cultura de acciones basadas en evidencias, medición de resultados y una constante conversación de la comunidad escolar sobre cómo abordar colaborativamente los problemas y remover los obstáculos.

Para transitar desde la organización de escuelas de bajo rendimiento que hoy tenemos en abundancia —burocratizadas, deprimidas, con poco apoyo y reducidas expectativas en sus propias capacidades y las de sus alumnos— hacia escuelas efectivas y mejoradas, el libro propone una serie de transformaciones organizacionales. En breve, ofrece un diseño, una estrategia, para “dar vuelta”, por así decir, esas escuelas deprimidas y convertirlas en establecimientos donde directivos y profesores trabajan en equipo y colaborativamente, enfocan su trabajo en torno a un modelo pedagógico y a las prácticas de aprendizaje de los estudiantes, y continuamente evalúan los resultados obtenidos, creando una cultura de la mejora basada en la reflexión sobre las prácticas.

Ciertamente, no hago justicia al minucioso análisis y a las propuestas muy bien fundamentadas que se contienen en aquel volumen. Son un producto de la rica experiencia que su autor posee en el estudio de organizaciones, en la enseñanza universitaria, en la administración escolar y en diversos emprendimientos que lo han puesto en estrecho contacto con decenas de establecimientos a lo largo de muchos años. Reflejo de esas variadas experiencias es el carácter analítico-práctico-propositivo de este volumen. Y su énfasis en la gestión de las organizaciones y el rol de los directivos.

En fin, resulta un verdadero oasis llegar a estas páginas en medio del tratamiento reduccionista y unidimensional de la educación escolar que se ha venido imponiendo entre nosotros, donde se privilegia la mirada del Estado sobre la escuela, los asuntos macro por sobre los micro, la supervisión antes que la visión, los entornos institucionales por encima de la sala de clase y algunas modas conceptuales sin referencia alguna a las prácticas docentes y a las experiencias de aprendizaje de los alumnos.

En medio de la campaña electoral esos rasgos se agudizan y corremos el riesgo de quedar atrapados en una retórica que se halla de espaldas a todo lo que sabemos y enseña la experiencia internacional.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO