Ante las posibilidades de que un nuevo Gobierno de izquierda —liderado por Beatriz Sánchez o Alejandro Guillier— quiera poner en práctica soluciones inviables inspirados en la igualdad de resultados, una pregunta para la derecha es ¿por qué no optar por la igualdad de oportunidades? Les diré por qué no.
Publicado el 18.06.2017
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La desigualdad es el tema del momento. Tras haber salido de la pobreza gracias al denostado “modelo neoliberal”, hoy en día las personas quieren más. Como no podría ser menos, la política transversalmente ha querido cumplir los anhelos de los disconformes. La respuesta concreta de la derecha política ha sido buscar la igualdad de oportunidades, en vez de la de resultados que propugna la izquierda: garantizar la posibilidad de que todas las personas comiencen  desde  un mismo punto en la carrera de la vida. Hasta donde lleguen, dependerá de su esfuerzo y ahínco.

Ante las posibilidades de que un nuevo Gobierno de izquierda —liderado por Beatriz Sánchez o Alejandro Guillier—  quiera poner en práctica soluciones inviables inspirados en la igualdad de resultados, una pregunta para la derecha es ¿por qué no optar por la igualdad de oportunidades? Les diré por qué no.

Zenón de Elea planteó un problema que puede ilustrar el punto: “La Paradoja de Aquiles y la Tortuga”. Aquiles decide salir a competir en una carrera contra una tortuga. Ya que corre mucho más rápido que ella, le da una ventaja inicial. Comienza la carrera y el héroe griego recorre en poco tiempo la distancia que lo separaba de la tortuga, pero al llegar allí descubre que ella ya no está, sino que ha avanzado una cierta distancia. Aquiles se pone nuevamente en marcha, pero al llegar de nuevo donde había avanzado la tortuga, se encuentra con que ésta ha avanzado un trecho más. Increíblemente, Aquiles jamás ganará la carrera ni alcanzará a la tortuga ya que ésta, por la posición inicial ventajosa, estará siempre por delante de él. Es una certeza matemática.

Esta paradoja nos da una idea. Imaginemos que el Estado tiene el poder suficiente para colocarnos a todos en la misma línea inicial en la carrera por la vida. Comenzamos a correr y, aunque nadie parta con ventaja, probablemente dada la repartición de ciertas condiciones no controlables por el ser humano, algunos llegarán antes que otros a la meta. Dada esta situación, tarde o temprano esas pequeñas diferencias en tiempos de llegada establecerán una diferencia de posiciones iniciales para las siguientes generaciones, es decir, para los hijos de quienes hayan llegado más adelante en la carrera. Siguiendo con el símil, se trata de una “carrera de postas”.

Ahora bien, aceptando el supuesto bastante confirmado de que los padres quieren lo mejor para sus hijos, intentarán por todos los medios otorgarles a través de sus propiedades y cualificaciones “la mejor posición posible inicial”. De este modo, el hijo de Pedro comenzaría más atrasado invariablemente que aquél otro hijo de Juan, a quien le fue mejor en la vida, siéndole imposible alcanzarlo, tal como en la situación de Aquiles y la tortuga. ¿Es injusta esta situación? Si lo fuera, ¿cómo resolverla?

La única solución viable debería ir en la línea de que cada vez que se termine la carrera de una generación, el Estado tuviese que intervenir en la decisión libre de los padres de transferirles sus buenos resultados a sus hijos. De esta manera, y sin poder transferir ventajas a sus descendientes, el Estado tendría que colocar nuevamente a los participantes en una línea inicial imaginaria e imposible bajo las condiciones de respeto a la libertad y preocupación de los padres por sus hijos, fundamentales en una sociedad libre.

¿Estaría usted de acuerdo con esta solución? Incluso si efectivamente aceptásemos que el Estado interviniera a tal grado en la suerte de nuestros hijos, el Leviatán no podría controlar las variables del ánimo y esfuerzo de los participantes y el lugar en el que terminen la carrera. Por lo que, insistentemente, el Estado tendría que volver una y otra vez a realizar la misma operación fútil; al igual que Sísifo, quien castigado por los dioses tuvo que empujar una piedra una y otra vez hacia la cima para verla caer de todos modos.

Por lo tanto, no solo sería la búsqueda de esta posición inicial supuestamente “justa” una tarea imposible de lograr, puesto que el Estado no puede controlar todas las variables que inciden en la carrera de la vida, sino que sería inútil, ya que  acomodar las piezas constantemente en tales circunstancias sería muy costoso. Y lo peor es que no sería precisamente justo que los frutos de las propias acciones no puedan ser traspasadas a otros, especialmente a los seres queridos.

Ni siquiera en términos de la “igualdad de la suerte” se podría mejorar la situación, teoría que busca “corregir” aquellas condicionantes desiguales que no son producto de obra humana ni por la irresponsabilidad de los individuos. Terminaríamos otorgando al Estado un poder inigualable al estilo de “La Lotería de Babilonia” en el cuento de Borges: una institución que otorga premios, pero que pronto se vio presionada a designar también castigos y controlar la suerte de todos los hombres, como si el azar fuese posible de manejar. Pareciera mejor, en esos términos, destruir la carrera por la vida pero, ¿seríamos libres en ese caso?

Finalmente, ¿está consciente la derecha chilena de las implicancias de levantar el principio (para no decir eslogan) de la igualdad de oportunidades? Si la garantía de la igualdad de oportunidades pasa necesariamente por la de resultados, ¿cuál es la gran diferencia de la teoría de justicia social de la derecha frente a la izquierda? Aunque obviamente pueden distinguirse grados entre uno y otro lado del espectro, ¿hay una diferencia tan radical en términos ideológicos?  Creo que no. Y para que la hubiera, la derecha tendría que defender la libertad, cosa que no hace. Pero esta es otra historia.

 

William Tapia Chacana, licenciado en Filosofía y en Educación, Universidad de Chile

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO