En el “mundo de la cultura y las artes”, buena parte de lo que no es de izquierda, que es numéricamente irrelevante, opera bajo la misma lógica clientelar. Luego, en términos de votos o apoyo, es bien poco lo que la centroderecha puede esperar, haga lo que haga. No tiene por qué seguir las reglas con las cuales los gobiernos de izquierda han cultivado sus votos e impuesto sus contenidos. Eso le entrega libertad de acción para buscar la excelencia en esta área.
Publicado el 11.11.2016
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Hace algunos días me preguntaron en un diario quién debería estar a cargo del Ministerio de Cultura en un eventual nuevo gobierno de centroderecha. Obviamente preguntaban por nombres, no por un perfil. Pero uno podía describir un perfil a partir de los nombres. Y mi apuesta fue por perfiles altamente técnicos, con formación en economía y políticas públicas, y algún grado de afinidad con el área en cuestión. Al poco rato me llegaron varias críticas. ¿Cómo se me ocurría algo así? ¿No veía el “riesgo político”? ¿Qué dirían los artistas y el “mundo de la cultura y las artes”? Además, ¿no era yo el que se la pasaba criticando el déficit político de la derecha, y resulta que ahora promovía tecnócratas?

Quisiera, entonces, tratar de explicarme.

¿Por qué creo que en cultura deberían poner ministros de alto nivel técnico? Tecnócratas del área, digamos. Porque creo que hay que tomarse en serio la industria cultural y barrer agresivamente con la idea de que los artistas tienen que vivir del Estado. Porque lo que más hace falta es darle una nueva forma —una nueva lógica institucional— al ámbito cultural, para que florezca el contenido. Porque me frustra el estado de mendicidad en que muchos artistas excelentes viven hoy, que de a poco les va mellando el espíritu, hasta que terminan defendiendo la mano que les reparte las migajas. El Ministerio de Cultura no puede ser una bolsa de trabajo y asistencia social para artistas menesterosos. Los artistas no pueden estar al servicio de la agenda hegemónica del gobierno de turno, a cambio de tres chauchas.

Necesitamos una industria cultural potente, con audiencias propias que le entreguen autonomía creativa, y un Estado subsidiario que apoye la creación, sin clientelizarla ni someterla. Necesitamos un aparato cultural conectado con la sociedad, para que no quede a merced del Estado, y para que se haga eco de la creación popular que nace de los distintos rincones del país. Necesitamos que la cultura vuelva a estar vinculada a la educación, al despliegue cultural del pueblo de Chile. Y eso exige pensar y elaborar un orden distinto. Organizar el jardín, antes que ponerse a tirarle más agua.

Cito, en extenso, la excelente entrevista que dio hace poco Pablo Chiuminatto, una de las voces más independientes y originales de nuestro escenario cultural: “Las leyes sectoriales a las que nos enfrentamos están bajo un modelo muy anacrónico. Es la lógica de una frase de 1952, esa que decía que quien toca ministerio, no toca camioneta, o sea súmate a algo, porque o si no, te vas a quedar sin nada. Entonces lo que te dicen los gremios es, por ejemplo, ‘métete en la ley de Artes Visuales, va a haber mucha plata’. Entonces a cada uno se le dio su parcelita para explotar y para sentirse protegido como gremio. No hay ningún otro ámbito de la producción nacional donde exista un sectorialismo como lo que se está aplicando aquí”.

Todo esto en un contexto donde, además, el gobierno asume una función dirigista respecto a los contenidos de lo producido (“Cárguese a lo indígena, mijito”) y en el que el vínculo entre educación y cultura ha sido borrado por completo. Vuelvo a Chiuminatto: “En el proyecto del Ministerio de Cultura se plantea la separación total del Ministerio de Educación. Por una parte ves los fondos que se le dan al GAM, que son un delirio de millones; y por otra parte sabes que hay 150 escuelas en Chile sin agua potable. Para mí un proyecto cultural es que esas 150 escuelas tengan agua potable. No es que yo esperara grandes cosas, pero me parece un desastre que el diseño del Ministerio de Cultura termine 26 años después, siendo algo que se parece más a una corporación que a un ministerio planificador, que potencia las instituciones, y no como ocurre hoy día que se encarga de los contenidos para pelearle la hegemonía al Museo Nacional de Bellas Artes”.

Eso es lo que tenemos. Esa es la forma que nos atrapa. Esa es la forma que hay que romper.

Y así como creo que hay áreas donde el exceso de forma —una lógica demasiado estrecha— aniquila la posibilidad de integrar reflexivamente nuevos contenidos, y se convierte en una camisa de fuerza para la buena política, me parece que en el mundo de la cultura el problema es el contrario: la precariedad de la forma, lo difuso de sus fines, lo inconfesable de sus intereses, dificulta el despliegue de los contenidos. Y, en estos casos, la lucha por establecer una lógica organizacional distinta es política pura.

Ya que hablamos de política, digamos un par de cosas más: la mayoría del “mundo de la cultura y las artes” es de izquierda, tiene una imaginación político-institucional bien limitada, está agarrado más o menos de alguna de las parcelitas de plata repartidas, y será de oposición de cualquier manera a un eventual gobierno de centroderecha. Nunca van a estar en “buena onda” con un gobierno así, ni le van a agradecer nada. Además, buena parte de lo que no es de izquierda, que es numéricamente irrelevante, opera bajo la misma lógica clientelar. Luego, en términos de votos o apoyo, es bien poco lo que la centroderecha puede esperar, haga lo que haga. No tiene por qué seguir las reglas con las cuales los gobiernos de izquierda han cultivado sus votos e impuesto sus contenidos. Eso le entrega libertad de acción para buscar la excelencia en esta área.

Eso, y otra cosa: el “mundo de la cultura y las artes” no tiene peso político real. Aunque ahora tengan ministerio. Aunque tuvieran diez ministerios. La centroderecha lo sabe, porque en el marco del boicot al gobierno de Piñera, los paros y movilizaciones más irrelevantes y desconocidos vinieron exactamente de ese mundo. Son débiles porque la forma actual, el clientelismo, la desvinculación con las personas y con la educación, los hace débiles. Luego, políticamente, no hay nada que temer: la centroderecha no les debe nada, no tiene nada que temer, ni nada que ganar agachando el moño ante ellos, rellenándoles la piñata presupuestaria o “teniendo cuidado de no enojarlos”.

Por otro lado, sí hay mucho que ganar: la batalla no es contra “el mundo de la cultura y las artes”. Es a favor de nuestro país, que necesita con desesperación más y mejor cultura. Los políticos macuqueros y negociadores son necesarios en contextos donde hay que negociar con otros actores fuertes. Aquí eso no existe. Lo único que la centroderecha necesita es un  proyecto serio, inspirado en el bien común y las necesidades del país, y derrotar los escollos, especialmente técnicos, que pueda suponer llevarlo adelante (ya sabemos lo que es un gobierno con reformas profundas mal diseñadas y peor ejecutadas, y eso debe evitarse a toda costa).

Escándalo, pataleo, enojo, va a existir igual. La pregunta es si ese contexto puede ser usado para un bien mayor, o no. Y todo indica que sí, que se puede vencer y convencer.

 

Pablo Ortúzar, director de Investigación Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

Foto:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO