Frente a sus problemas, la democracia no debe ser considerada más de lo que realmente es: una manera de organizar la convivencia social de manera pacífica, de resolver los conflictos en forma civilizada, de competir por el poder político en condiciones de libertad y de poder disfrutar de libertades sociales y políticas cuando se está en el gobierno, pero también cuando se vive en la oposición.
Publicado el 12.11.2016
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Le atribuyen a Winston Churchill haber dicho que la democracia es una mala forma de gobierno, pero que el hombre no ha sido capaz de inventar una mejor. En los últimos días han reaparecido las discusiones al respecto, especialmente porque en las elecciones de este 2016, para algunos, los resultados no han sido como esperaban, muestran contradicciones con lo que parece más obvio y molestan a los derrotados y a los observadores.

El caso más ilustrativo era el Brexit en Gran Bretaña, aunque también hubo un gran debate por el plebiscito en Colombia, que muchos siguieron a través de titulares sin profundizar en sus complejidades. Pero no cabe duda que la elección norteamericana es la que ha despertado mayores pasiones, especialmente por el significado de la victoria de Donald Trump, convertido en una especie de anatema y capaz de despertar los mayores temores en estos días. Y que dentro de poco será el Presidente de los Estados Unidos.

Quizá por eso haya renacido en estos meses la necesidad de pensar y repensar la democracia, sistema que la mayoría apoya, pero que tiene dificultades que llevan a la crisis actual y a una desafección parcial hacia el sistema.

Hace unas décadas, el escritor francés Jean Francois Revel escribió su libro “Cómo terminan las democracias”, en que discutía problemas propios de la Guerra Fría —algunos de los cuales siguen vigentes— y lamentaba la paradoja en el uso de los conceptos, como el progresismo asociado al comunismo y lo reaccionario a la democracia, defensora de las libertades.

En estos días, Enrique Krauze nos ha sorprendido con un interesante artículo histórico y político: “Las democracias son mortales”, publicado en Letras Libres. Ahí sostiene —¿mirando hacia el pasado o al presente?— lo siguiente: “Una especie de hybris colectiva se apoderó de los electores. Así fue como se precipitó el principio del fin de la democracia ateniense. Los pueblos, desgraciadamente, se equivocan”. Esta ha sido, desde luego, una de las mayores críticas al régimen democrático, su falibilidad, precisamente por los errores —supuestos o reales— del pueblo.

Esa fue, precisamente, la situación de la Alemania de Weimar, que contempló la llegada de Hitler al gobierno cumpliendo las formalidades propias del sistema y tras una década de convencer a pesimistas, fanáticos o pusilánimes sobre la necesidad de un gobierno nacionalsocialista. Curiosamente, fue su dictadura totalitaria uno de los factores que más estimuló el renacimiento de la democracia, por contraste y porque aparecía —en medio de la barbarie— como el régimen que mejor podría defender los derechos humanos y asegurar la participación del pueblo en la vida pública de las naciones.

En la década de 1990 parecía haberse llegado al fin de la historia —en el plano de las ideas— anunciada por Francis Fukuyama en The National Interest en el verano boreal de 1989, ratificado meses después con la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, todo no era miel sobre hojuelas. Quedaban algunos resabios dictatoriales en diversos lugares del mundo y la democracia era incapaz de garantizar todos los bienes que ingenuamente se le suponían bajo los gobiernos autoritarios. Además, se podían advertir algunos problemas y contradicciones, como lo hizo Juan Pablo II en “Veritatis Splendor” (1993), un notable texto en el que reflexionaba: “Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo —la primera entre ellas el marxismo—, existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad”.

En los últimos años, los problemas van por otro lado. Desde luego, por la crítica abierta contra la democracia representativa, que aparece limitada frente a ofertas populistas o dictatoriales de diversa naturaleza. También por el hecho evidente de que, habiendo democracia, siguen existiendo problemas, y muchos. En otro ámbito, por el desprestigio de las instituciones más asociadas al concepto de democracia representativa, como los políticos, los partidos, los Congresos o Parlamentos. Quizá no debe dejar de mencionarse que la democracia, además, tiene una vida cotidiana “aburrida”, si podemos decirlo así, poco épica, demasiado formalista y repetida, sin novedad ni tampoco aquella poesía de la que gozaba cuando la democracia era una gran promesa en medio del autoritarismo.

En la historia larga de la Humanidad, el resultado de la elección norteamericana no pasa de ser un exceso, un temor, un problema, un drama. Lo mismo sufren o disfrutan otras sociedades, cada una con su propia historia y dificultades. Y en todos estos problemas, la democracia no debe ser considerada más de lo que realmente es: una manera de organizar la convivencia social de manera pacífica, de resolver los conflictos en forma civilizada, de competir por el poder político en condiciones de libertad y de poder disfrutar de libertades sociales y políticas cuando se está en el gobierno, pero también cuando se vive en la oposición.

 

 

Columna de Alejandro San Francisco, historiador, publicada en El Imparcial de España