Vivimos una grave crisis de la democracia representativa, sistema imperante en el mundo occidental, y se está expresando de forma explosiva en nuestro país. No es coincidencia que esto ocurra en la era del Facebook, Twitter y Google. Hay que decir que, aunque a primera vista pueda sonar extraño para algunos, la democracia representativa presupone (o presuponía) la existencia de élites validadas socialmente.
Publicado el 07.10.2017
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La crisis de la democracia, como institución y forma de gobierno, es mundial. No es casualidad que veamos a los Estados Unidos soportando las formas nada diplomáticas y atolondradas de un Presidente que claramente no tenía una trayectoria coherente con las altísimas responsabilidades de ese cargo, ni que el Reino Unido esté saliendo de la Unión Europea después de un proceso de votación de desarrollo y resultado sorprendente. Otra muestra puede ser (hay que esperar la evolución de los hechos) el referéndum independentista catalán, donde podría ser que en un proceso de votación popular sin mínimos básicos como la exigencia de algún umbral de votos, se pueda decretar la salida de Cataluña de la madre patria y de la Comunidad Europea, sin haberse medido, sopesado ni conversado las consecuencias de ello.

Vivimos una grave crisis de la democracia representativa, sistema imperante en el mundo occidental para la generación de autoridades nacionales y locales, y se está expresando de forma explosiva en nuestro país. No es coincidencia que esto ocurra en la era del Facebook, Twitter y Google. Hay que decir, desde ya, que aunque a primera vista pueda sonar extraño para algunos, la democracia representativa presupone (o presuponía) la existencia de élites validadas socialmente.

James Madison en el Siglo 18 daba por hecho que no podía haber igualdad entre los gobernados y sus electores, en el sentido de que el poder debía ser entregado, por la vía electoral, a quienes poseían “mayor sabiduría y mayor virtud”. El necesario ejercicio de humildad del cuerpo de votantes pasaba, además, por el hecho de que la información era de difícil acceso y, por lo tanto, se requería elegir a gente bien informada y capacitada para procesar esa información. Por otra parte, la imposibilidad que se daba (hasta hace unos pocos años) para que los electores controlaran el actuar de sus autoridades electas y para que opinaran oportunamente sobre las muchas decisiones que ellos deberían tomar, era un presupuesto de validación de los partidos políticos, pues al adherir a principios generales y elegir a quienes comulgaban con ellos se pretendía asegurar un grado de representación suficiente de los electores.

Pero hoy campea la ignorancia orgullosa y temeraria. Esa que puede escribir las barbaridades más grandes en 140 caracteres, sin conocimiento de los hechos, sin fundamentos y sin ortografía y, aun así, obtener cientos o miles de likes y hasta aparecer entre comillas en medios de comunicación relevantes. Allí está hoy la fantasía enajenada de muchos que no reconocen mayor sabiduría ni mayor virtud en nadie.

Nuestros medios de comunicación, con ratings y lectorías mermadas por fuentes de información y entretención internacionales y/o de acceso pagado, van sucumbiendo de manera violenta a la masa que necesita expresarse y a lo que sea que venda. Ya no vemos a profesionales de probados conocimientos en las pantallas explicando los temas complejos, sino que hasta para ilustrar las variaciones de la economía mundial habrá un micrófono y una cámara para entrevistar a la señora Juanita en el Barrio Meiggs. En la misma línea, vemos en los matinales a profesionales capacitados, remunerados en decenas de millones, haciendo preguntas propias de niños de ocho años con la obvia y pretendida finalidad de representar al “público”.

Como los electores no pueden elegir a quien no conocen, y los parlamentarios en ejercicio cada vez imponen más restricciones a las campañas políticas, los partidos se ven forzados a reclutar candidatos entre las figuras de TV, deporte y farándula, sacrificando muchas veces la “virtud” y “sabiduría” (para muestra, un Alejandro Guillier y una Beatriz Sánchez).

Aunque suene impopular, nuestra democracia no es ni puede ser igualitaria. El igualitarismo es propio de regímenes como el de Corea del Norte, Cuba y Venezuela: todos con la misma hambre, quizás todos comiendo conejos, salvo un dios, un Castro o un loco delirante. Si no queremos eso, necesitamos que exista una clase gobernante responsable, decente e inteligente, con gente mejor preparada que el común para dedicarse al servicio público con honestidad y profesionalismo. O al menos necesitamos confiar en que existe una elite dirigente capaz de eso. No le quitemos los patines a nuestra democracia si no queremos lamentarnos cuando ya sea demasiado tarde.

 

José Ignacio Pinochet Olave, abogado y presidente del Tribunal Supremo de Renovación Nacional

 

 

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