Esta creación nos recuerda lo que somos y nos invita a pensar nuestra identidad como algo presente, vivo, inclusivo, de todos, donde carece de sentido el “borrón y cuenta nueva” porque el pasado sigue siendo parte de nosotros.
Publicado el 12.10.2014
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No hay duda de que la llegada de Colón a América marcó un antes y un después en la historia. Sin embargo, si bien sabemos que se trata de un acontecimiento como pocos, la misma magnitud del hecho nos hace difícil advertir la radicalidad que él implica.

Para intentar dimensionar dicha radicalidad, quisiera retroceder poco más de treinta años, a 1981. Ese año, en septiembre, Machu Picchu acogió la puesta en escena y grabación de una de las obras musicales más representativas de nuestra cultura e identidad latinoamericanas. El poema “Alturas de Machu Picchu” de Neruda era llevado a la ciudadela inca por Los Jaivas, quienes con ello se hacían parte de la historia del lugar. La imagen del piano de cola blanco en Machu Picchu es difícil de olvidar. El silencio de las ruinas recibía una música que revelaba una fusión magistral de estilos, armonías, ritmos, instrumentos y sonoridades, y la presentación de Vargas Llosa completaba una propuesta impecable desde el punto de vista artístico y cultural.

La iniciativa había nacido de Daniel Camino, productor peruano que a principios de ese mismo año había hecho llegar a Los Jaivas, que se encontraban en París, el poema del Nobel chileno con la dedicatoria “a mis queridos Jaivas, la base de una cantata que ha de ser genial”. A partir de entonces comienza a adquirir vida la composición, y la intuición de Camino sería precisa, pues el resultado daría cuenta de una creatividad asombrosa.

Cuando escuchamos la obra –recomiendo encarecidamente hacerlo–, la expresión “cultura latinoamericana” se nos hace fuertemente presente. Una noción bastante utilizada, pero poco asimilada, ya que tendemos a reparar casi exclusivamente en su segunda palabra –“latinoamericana”–, siendo que es la primera –“cultura”–, la que otorga el sentido a la expresión en cuestión. Y es que tras la idea de cultura, que con frecuencia olvidamos desmenuzar, está la necesidad del hombre de no sólo construir el mundo, sino de verificarlo como una morada, para situarse en él como un “alguien”, es decir, como un valor. Es la morada la que da el sentido, la que permite vivir, no sólo sobrevivir; mientras en el mundo de la funcionalidad somos prescindibles, en la morada nadie puede ser sustituido, y por tanto es en ella donde puede darse el diálogo y la comunicación.

Una obra como “Alturas”, que nace de la poesía, se expresa con música y recurre a la historia y a la imagen, da cuenta antes que nada de una realidad humana única y viva, de una dimensión cultural entendida en profundidad, de aquella morada que a ratos se nos escapa, de aquel lugar que nos es cómodo y desde el que podemos actuar con coherencia en nuestro encuentro con la realidad. Es desde dicha comprensión que la cantata logra mostrar –quizás con más, quizás con menos conciencia por parte de sus creadores–, una cosa que en términos puramente intelectuales resulta casi imposible de abarcar, pero que podemos intuir desde la conmoción que el arte produce: la brutalidad –y no lo digo con connotación negativa– de ese encuentro que hace cientos de años tuvo lugar.

Entre trutrucas, tarkas, pianos y campanas, el clavecín y la marimba, la batería, el cuatro, las guitarras, zampoñas, quenas y bajos, los versos de Neruda son interpretados con una decidora variedad de armonías y ritmos, en un lugar que habla por sí solo. La tecnología, por su parte, da cuerpo al sonido de una manera notable, jugando con la nitidez y la distorsión. El trote nortino, el joropo venezolano y el rock progresivo son, entre otros, estilos que dialogan y se complementan a lo largo de los casi 40 minutos que dura la obra. La fusión es impecable, y “Alturas” ilustra verdaderamente el encuentro: un encuentro difícilmente simétrico, pero que llevó al español a preguntarse por la naturaleza de la nueva raza; un encuentro que puso en contacto a diversos pueblos, cientos de espiritualidades y modos de vida; un encuentro luego del cual todos debieron enfrentar la novedad del otro, para luego entrar en un proceso de valoración inédito.

De alguna manera, esta creación nos recuerda lo que somos y nos invita a pensar nuestra identidad como algo anterior a nuestra independencia nacional, como algo que no depende –aunque muchos así lo crean– de la república o del Estado, como algo presente, vivo, inclusivo, de todos, donde carece de sentido el “borrón y cuenta nueva” porque el pasado sigue siendo parte de nosotros. Buena parte de lo que se escucha en ella es indescriptible; es, primeramente, arte. Y el arte es aquello que entrega un sentido profundo a nuestra vida y a nuestra historia, y nos permite asombrarnos ante lo que ha sido y seguirá siendo asombroso.

 

María Angélica Ovalle, Historiadora.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO