Lo peor de esta reforma es que constituye una defunción temprana del emprendimiento, que como consta en cualquier texto básico de historia económica, es la base sobre la cual los países exitosos han logrado tanto el desarrollo como el bienestar igualitario de su población.
Publicado el 17.09.2015
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Llegó septiembre y, como es costumbre, el ánimo comienza a encenderse a medida que nos acercamos al 18, y muchos piensan cómo celebrarán estas fiestas, lo que usualmente depende del aguinaldo que las empresas otorguen a sus trabajadores. Como es de imaginarse, mientras más suculenta la gratificación “dieciochera”, más se celebrará y más entusiastas serán las cuecas.

El gobierno no se quedó fuera con esta costumbre criolla del aguinaldo de Fiestas Patrias. Sin embargo, en esta ocasión no me voy a referir a las gratificaciones que reciben explícitamente los trabajadores, sino más bien a la gratificación implícita y permanente que el gobierno otorgaría a la CUT, al Partido Comunista (PC) y a otros radicales, con la reforma laboral que acaba de presentar al Senado.

La reforma propuesta, que entre otras cosas pone fin al reemplazo en huelga y otorga la titularidad sindical, se basa en un diagnóstico equivocado del gobierno y cede nuevamente a las presiones del Partido Comunista y la CUT, dirigida por éste. El diagnóstico del gobierno en cuanto a que existiría asimetría en la forma como se reparten las rentas empresariales es incorrecto, pues cuando se analizan las frías cifras, el resultado es que los ingresos laborales han aumentado, entre 2006 y 2014, en promedio un 5.5% real anual, lo que es muy superior al 2% que han aumentado las utilidades por acción del IPSA, crema y nata de la elite empresarial chilena, en ese mismo período. El supuesto de que el “chancho está mal pelado” es, por lo tanto, falso.

En entrevista en radio Infinita, cuando se le hizo ver a la ministra del Trabajo, Ximena Rincón, que los números no sostenían la teoría gubernamental de “inequidad de reparto”, para soslayarlos, citó a Nicanor Parra, diciendo que: “Hay dos panes. Usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona. Bajo la lógica actual usted debiera estar feliz de que el otro se coma ambos panes”. ¿Desde cuándo se prescinde de evidencia empírica relevante y el análisis para justificar cambios importantes para el desarrollo de Chile?

Adicionalmente, el argumento de la reforma laboral para combatir la desigualdad es débil y caprichoso. Nadie está feliz con la desigualdad, pero de ahí a pretender generar mayor equidad repartiendo por decreto las rentas empresariales, sin mediar un cambio en productividad laboral que lo justifique, es forzar la naturaleza misma de la actividad empresarial fuera de los parámetros de la racionalidad. Por lo demás, la pretensión de que la desigualdad se resuelve expropiando discrecionalmente la renta de uno para dárselas a otro sucede, como lo avala ampliamente la historia, sólo en los países comunistas y de socialismos extremos, todos ellos conspicuamente más pobres que aquellos que no eligieron dicho camino.

El gobierno, y su guiño a la CUT y al PC, provocarán desajustes difíciles de mensurar con esta nueva ley que, indudablemente, afectará negativamente el potencial de crecimiento económico, los salarios y el empleo. Transferirle a los sindicatos el  monopolio sobre la oferta de trabajo y el poder para paralizar ciertas empresas provocará una sustitución de máquina por trabajo en aquellas empresas donde esto sea factible. Sin embargo, en aquellas donde no lo es, simplemente las sacará de circulación.  En resumen, quienes ganan con esto son los dirigentes sindicales y pierden los empresarios y los trabajadores que no quieren pertenecer a sindicatos, comandados usualmente por líderes con agendas políticas que difieren significativamente.

Por otra parte, la titularidad sindical, que confiere al sindicato el derecho exclusivo a negociar con la empresa las condiciones y deja fuera de esta negociación a aquellos trabajadores que no pertenecen a él, generará una injusticia tremenda y una distorsión grave al mercado laboral, pues al trabajador que se esfuerza por sobre el resto, que estudia más para incrementar su productividad, no se le reconocerá ninguno de estos logros, con lo cual estarían eliminando el incentivo para competir. Clásico del comunismo y socialismo radical que promedia hacia abajo en su afán de igualar.

Lo peor de esta reforma, además de los obvios errores conceptuales y estratégicos de desarrollo y progreso, es que constituye una defunción temprana del emprendimiento, que como consta en cualquier texto básico de historia económica, es la base sobre la cual los países exitosos han logrado tanto el desarrollo como el bienestar igualitario de su población. Sin ir más lejos, en Latinoamérica, los países que han seguido la receta impopular y dolorosa de compensar la innovación y el emprendimiento, de minimizar la intervención estatal y de tener mercados laborales flexibles, como fue el caso de Chile con la Concertación, el de Perú y Colombia, exhiben una evidencia aplastante contra los que eligieron el camino del igualitarismo y de la asistencia estatal, como Venezuela, Cuba, y Argentina. Ni hablar de las libertades individuales, que todos sabemos cómo se mancillan una vez el Estado es amo y señor.

El ministro Valdés tenía una oportunidad de oro para refrendar el concepto de que el crecimiento económico debía volver al centro del debate de las políticas públicas. Sin embargo, y como ha sucedido en ocasiones anteriores, el gobierno se inclina más por, emulando los dichos de la diputada  Vallejo, garantizar derechos sin estar sujetos al crecimiento económico, porque esta reforma, al igual que otras, privilegia las políticas igualitarias, sometiendo a la economía, al rol de “perilla de ajuste”.

Como siempre, el PC y los socialistas más radicales siguen siendo los que se llevan la mejor parte de las reformas propuestas por este gobierno. Pareciera que la autoridad este 18 de septiembre, no sólo ha decidido otorgarles a estos integrantes de su coalición un suculento aguinaldo, sino que además le dedicará el primer pie de cueca, y qué mejor que para ello elegir una de las más famosas: La Consentida.

 

Manuel Bengolea, economista Octogone.

 

 

FOTO:AGENCIAUNO.