El país necesita otra actitud, una mayor atención al uso del lenguaje, para alcanzar acuerdos que den un amplio sustento a los cambios que el país necesita. Nadie en una democracia está participando en un juego de suma cero.
Publicado el 23.10.2014
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Suena desproporcionado afirmar que “el país está crispado”. Pero no cabe duda que hay importantes sectores que sí lo están, y no sólo en las élites. Esta exasperación ronda en los ambientes empresariales, en amplios círculos de la derecha política, en los sostenedores de colegios subvencionados, en transportistas y, en general, en el segmento conservador de la sociedad.

Crispación es sinónimo de enfurecimiento y ofuscación, y lo es también de contracción. La primera explicación que viene a la mente cuando se piensa en las causas de este estado de ánimo es la desaceleración económica. Pero de inmediato surge un desmentido: la crisis del 2008, con la misma Presidenta en La Moneda, no provocó confrontación, sino unidad, y su popularidad aumentó por la forma en que el Gobierno enfrentó la emergencia.

Hay, entonces, otro factor que interviene en la ecuación.

Partamos por descartar a la propia Michelle Bachelet. Hablando en la cena de Asimet, señaló que las reformas que impulsa el actual gobierno “no son contra nadie”, y dijo que sólo buscan “construir un mejor país”. Ella no tiene espíritu de confrontación. Su lenguaje es siempre medido y sus gestos amplios y acogedores. En sus giras nacionales e internacionales frecuentemente invita a personas que han formulado duras críticas a su gestión. Ella sabe que es la Presidenta de todos los chilenos, y como tal actúa.

Los motivos de la crispación están en otra parte.

Se ha ido imponiendo una cierta forma ideológica de enfrentar el debate político. Nadie puede tirar la primera piedra. Unos amenazan con la “retroexcavadora” y otros recurrieron al “desalojo”; unos defienden “el modelo” y otros pregonan a los cuatro vientos “otro modelo”; unos hablan de “derechos garantizados” y otros de “libertades”. No hay duda de que Chile es un país ideologizado, lo fue en pasado y lo sigue siendo hoy, aunque las ideologías hayan perdido gran parte de su atractivo y la realidad se haya encargado de desmentirlas.

Cuando nos referimos a las ideologías -como diría Ortega y Gasset- nos remitimos no a un conjunto de ideas sobre la realidad, sino a un sistema cerrado de creencias que no se ponen en discusión, que sólo se defienden con argumentos tautológicos y que no se sustentan en la tolerancia, sino en la autosuficiencia. Una sociedad pluralista como la chilena, debiera ser capaz de procesar sus diferencias gracias a un diálogo constructivo, abierto a recoger la parte de verdad que hay en el otro, y no caer en un juego de caricaturas y  descalificaciones.

Requerimos que las reformas en curso se discutan y se implementen en un clima de respeto que permita un debate libre y amplio. Hannah Arendt, en su obra póstuma, reivindica el papel central de la argumentación para revitalizar el valor y la legitimidad de la política, hoy tan carente y a veces tan precaria ante los ojos de los ciudadanos. Aquí no cabe ningún tipo de imposición de unos sobre otros, como ocurrió en un pasado dictatorial no tan lejano. La democracia exige un espíritu de entendimiento, que fue tan útil para abrir paso a la transición.

Lo importante es que el debate sobre los cambios, especialmente en materia educacional y constitucional, no retrotraiga a la sociedad a una etapa asfixiante de conflicto permanente. Esta discusión debe darse en un marco de concordia cívica, que Cicerón, siguiendo la tradición estoica, consideraba como fundamento de la república, y con más razón aún debiera ser custodiada como virtud cívica propia del actual Estado democrático constitucional. La concordia debe ser una planta de hoja perenne; una actitud dinámica, no apegada al statu quo. Recordemos que Alexander Hamilton, en apoyo a la Constitución norteamericana de 1787, en el primer capítulo de El Federalista, advierte contra “el espíritu de intolerancia que ha caracterizado en todos los tiempos a los partidos políticos” y exhorta a adoptar un espíritu de moderación. En Oriente, incluso en la China actual, se habla del valor de la armonía.

Discrepancias habrá siempre. Los conflictos son inevitables. El punto es que unas y otros se den en un marco compartido de principios y valores. Los cambios nacen de la maduración de procesos que ocurren en la situación presente y de las reverberaciones del pasado. No caen del cielo, ni florecen espontáneamente. Si han de ser duraderos, tampoco pueden ser el fruto de un grupo de iluminados.

El país necesita otra actitud, una mayor atención al uso del lenguaje, para alcanzar acuerdos que den un amplio sustento a los cambios que el país necesita. Nadie en una democracia está participando en un juego de suma cero. La actual mayoría debe saber escuchar a los opositores y a la sociedad, y la minoría no debe asumir una actitud de veto, sino intervenir lealmente en el debate exponiendo sus razones y escuchando las de los otros.

Como ha afirmado Michelle Bachelet, los cambios no son contra nadie. Partidarios y detractores seguiremos viviendo en común, construyendo este país. Parodiando a Ortega, no queremos un país invertebrado, y recordemos su afirmación: “la convivencia nacional es una realidad activa y dinámica, no una coexistencia pasiva y estática como el montón de piedras al borde del camino… una nación es a la postre una ingente comunidad de individuos y de grupos que cuentan los unos con los otros”.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.

 

 

FOTO : FRANCISCO SAAVEDRA/AGENCIAUNO