Grupos extremos están logrando que la creación literaria sea censurada. Es deber de autores, editoriales y los mismos lectores no dejarse amedrentar y ser valientes para que la imaginación no sea torturada por minorías intransigentes. De lo contrario, no quedará otra que agregar en las futuras obras un pie de página que diga: “Lo que usted va a leer busca no ofender a nada ni nadie, porque queremos aportar a la creación del ciudadano modelo, por lo mismo, no exija tensión dramática ni entretención”.
Publicado el 28.03.2018
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Cuando leí la genial novela Lolita, de Vladimir Nabokov, su portada mostraba la cara de una joven muchacha sugerente y seductora. Hoy, la tapa ilustra una figura femenina abusada. ¿Qué ocurrió entre medio? Que ha comenzado a expandirse una turba seudo intelectual que quiere limitar la creación literaria por considerarla, a veces, racista o antifeminista.

Si bien en la historia el feminismo bien intencionado ha logrado importantes avances, cuyo objetivo es que las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres, otra cosa es que movimientos extremos busquen entrometerse en la mente de los escritores y hacerlos parafrasear lo que es políticamente correcto. Eso sería matar el arte, la imaginación y la creación artística, que es contestataria y provocativa por esencia; es decir, pasaríamos de la ficción a una literatura panfletaria y censurada.

El arte, especialmente la literatura, desnudan el alma de la sociedad en cada período histórico. Lo que se plasma en un libro es porque ya es común a todos y por todos se entiende. Si usted quiere saber cómo es determinada época, más que los diarios, analice las artes del período y descubrirá los paradigmas que mueven a esa sociedad.

Entonces, si se hiciera caso a estos grupos extremistas, ni usted ni yo podríamos incluir en nuestra ficción a prostitutas, un negro que roba un banco, un doctor que es contrario al aborto y la eutanasia, o un enano volador. No, porque eso podría herir la sensibilidad de algunos.

Estos grupos deben entender que si no les gusta una publicación, para eso existe la crítica y la libre expresión, pero hacer cambiar los textos de una novela, cosa a la que hemos llegado (The Continent, de Keira Drake, por ejemplo), tergiversa la esencia de la sociedad actual: novelas políticamente correctas, en que todos los personajes se comportan como seres ejemplares. Además de aburrido, recuerda el Índice de Libros Prohibidos, cuando la religión dirigía la mano de los que escribían.

El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa ya ha llamado la atención sobre el asunto. En su columna dominical de El País de España, bajo el título “Nuevas inquisiciones”, el escritor aseguró que está “desmoralizado” por la perspectiva de que la literatura “pudiera desaparecer”, víctima de quienes pretenden “descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades (…) Ahora el más resuelto enemigo de la literatura (…) es el feminismo. No todas las feministas, desde luego, pero sí las más radicales, y tras ellas, amplios sectores que, paralizados por el temor de ser considerados reaccionarios, ultras y falócratas, apoyan abiertamente esta ofensiva anti literaria y anticultural. Por eso casi nadie se ha atrevido a protestar aquí en España contra el ‘decálogo feminista’ de sindicalistas, que pide eliminar en las clases escolares a autores tan rabiosamente machistas como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte”.

Así de grave la situación. ¿Se imagina que no nos dejaran leer a nuestro Nobel Pablo Neruda? Ridículo, pero cierto. O como recientemente ha dicho en Artes y Letras de El Mercurio el escritor chileno Mauricio Electorat: “Uno podría imaginar en un futuro no muy lejano una especie de Comité Mundial de Ética de Género, ante el cual tendríamos que comparecer todos los escritores con nuestros manuscritos. La confrontación está abierta”. Espeluznante.

El golpe contra la libre creación ya ha sido dado. Es deber de autores, editoriales y los mismos lectores no dejarse amedrentar y ser valientes para que la imaginación no sea torturada por minorías intransigentes. Si no, no quedará otra que agregar en las futuras obras un pie de página que diga: “Lo que usted va a leer busca no ofender a nada ni nadie, porque queremos aportar a la creación del ciudadano modelo, por lo mismo, no exija tensión dramática ni entretención”.

Sin duda, sería el fin de nuestros tiempos… el alma de la sociedad sería ilustrada a través de esta literatura alienada.

 

Rosario Moreno C., periodista y licenciada en Historia UC

 

 

FOTO: MARIO DAVILA HERNANDEZ/AGENCIAUNO