Una gestión en Hacienda que partió con el realismo sin renuncia, haciendo esfuerzos por contagiar de responsabilidad a un Gobierno que venía sólo a gastar, está terminando con la conversión del ministro Rodrigo Valdés en un vocero del realismo mágico, que combina algo de verdad con mucho de fantasía.
Publicado el 17.03.2017
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Leo y releo las declaraciones del ministro de Hacienda en los últimos días y cuesta convencerse de que es el mismo Rodrigo Valdés que conocimos en mayo de 2015, cuando llegó a La Moneda para heredar la peor gestión de esa cartera, al menos desde 1990 hasta entonces.

Pocas veces lo recuerdo autocomplaciente. Es uno de los autores del “realismo sin renuncia”, no tuvo reparos en criticar la reforma tributaria, no por el alza de los impuestos (era mucho pedir), pero sí por su complejidad (o sea, por mal hecha), e impulsó dos leyes posteriores para corregirla. En la reforma laboral se jugó por algo distinto a lo que exigían la Nueva Mayoría y la CUT, aunque pudo más la mano que mecía la cuna y las cosas están hoy como están (serio, pero sin muñeca, dicen algunos). Y más de una vez lo hemos visto bloqueando “arrebatos populistas”, para usar sus palabras, como pueden dar fe la ex ministra Rincón, que lo acusó el sábado pasado en la Junta Nacional DC; o Bárbara Figueroa, que lo empapeló a garabatos desde la tribuna de la Cámara; o también Camila Vallejo, que lo ha tratado varias veces de neoliberal (lo que en ese mundo es equivalente a crimen de lesa humanidad).

Eso era hasta ahora. Porque el ministro lleva un par de semanas transmitiendo lo que tiene todo el olor a un guión, cuidadosamente diseñado por La Moneda, para enfrentar el último año de gobierno y la contienda electoral, zafando de toda responsabilidad a la Nueva Mayoría y en particular a la Presidenta Bachelet del abrupto deterioro económico de Chile desde 2014. Cuando ya no sirve la explicación de la crisis internacional, porque el mundo está creciendo en los últimos tres años más que nuestro país, ellos sacan un conejo del sombrero y se lo pasan al ministro de Hacienda.

Repentinamente, Valdés culpa del frenazo a problemas estructurales y que se arrastran desde hace años, a una economía basada en materias primas y a la caída de las exportaciones. Niega el deterioro del empleo y dice que la preocupación por el alza del desempleo “es exagerada”. Y, cuando uno sigue leyendo, no sabe si el que habla es el ministro, la Presidenta Bachelet o alguno de sus intelectuales inspiradores: que la reforma educacional traerá en el largo plazo mayor productividad y crecimiento; que las reformas que impulsó el Gobierno podrían tener algunos efectos sobre la economía, pero “no por eso hay que dejar de hacerlas”; etc., etc., etc.

La realidad es que desde 2014 Chile crece casi un tercio (1,9%) de lo que creció los cuatro años anteriores (5,4%); se han creado un tercio de los empleos (250 mil) que se habían creado a estas alturas de la administración de Sebastián Piñera (750 mil); estamos por debajo de lo que están creciendo países similares al nuestro y al final de la tabla de la Alianza del Pacífico.

Sorprende también que, conociendo todos los antecedentes de la caída en la oferta laboral y de la calidad de los trabajos que están ocupando los chilenos, el ministro de Hacienda haga suyo el discurso que maquilla el desempleo, valorando incluso los trabajos precarios, sin contrato ni previsión. Lo que pretende el Gobierno es vanagloriarse, torpemente, de un supuesto impulso del emprendimiento, cuando siete de cada 10 nuevos empleos son por cuenta propia, la mayoría en la vía pública, y responden a la necesidad de sobrevivir de empleados, profesionales y obreros que se quedaron sin pega, no al deseo de independizarse (probablemente algunos han aprovechado el traspié para hacerlo, pero no es la regla general).

Es cierto que el país requiere del impulso a otras fuentes productivas y resolver problemas estructurales. El punto es que también para que surjan y se multipliquen las inversiones en esas nuevas industrias —turismo, agroindustria y servicios, entre otras— se requieren condiciones, certezas de largo plazo, confianza en las reglas del juego, justamente lo que la administración de Nueva Mayoría ha alterado.

De manera que una gestión que partió con el realismo sin renuncia, haciendo esfuerzos por contagiar de responsabilidad a un Gobierno que venía sólo a gastar, está terminando con la conversión de Rodrigo Valdés en un vocero del realismo mágico, que combina algo de verdad con mucho de fantasía.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

 

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