En resumen: para el primer (y quizás último) gobierno de la Nueva Mayoría, todos somos culpables de que se mantenga en un 70% de rechazo, menos quienes dirigen el rumbo del país desde el 11 de marzo de 2014.
Publicado el 09.09.2016
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El lunes, el ministro secretario general de Gobierno expuso en detalle a los partidos oficialistas los resultados de las encuestas, todas, sin excepción, muy malas para la Presidenta Bachelet y sus reformas.

El ministro les explicó que los factores que habrían influido en que el actual sea el mandato presidencial con el más bajo apoyo y el más alto rechazo desde 1990, serían el “frente empresarial, político y mediático”, que habría desplegado una “poderosa” campaña contra las reformas; la acción de la oposición, el “fuego amigo”, la crisis económica (que, insisten, es externa), la corrupción y la incapacidad de “las elites” de entender a la ciudadanía (una tesis que le encanta a la izquierda más sofisticada, cómoda para delegar responsabilidades en un ente difuso y algo desfachatada en boca de quienes deben hacer andar a Chile, aquí y ahora).

En resumen: para el primer (y quizás último) gobierno de la Nueva Mayoría, todos somos culpables de que se mantenga en un 70% de rechazo, menos quienes dirigen el rumbo del país desde el 11 de marzo de 2014.

Una posibilidad es que la Presidenta Bachelet se haya convencido de la realidad paralela que transmiten sus ministros. O, bien, entendiendo correctamente qué está pasando, cuáles son las fuentes de la molestia ciudadana y sin intención alguna de enmendar el camino, se han propuesto transmitir que las encuestas no valen mucho (ni siquiera la del INE que mide el empleo) y, en el caso de que valgan algo, son el resultado de una conspiración que los chilenos, incapaces de formarse su propia opinión, se han comprado ingenuamente.

La verdad es más grave para la izquierda que la versión imaginaria que un grupo cercano a la Presidenta Bachelet persiste en transmitir. La mayoría de los chilenos, más temprano de lo esperado – tipo septiembre de 2014-, comenzó a percibir los efectos de un mal gobierno.

Primero, fue el shock de la retroexcavadora, verbalizado por el senador Quintana y expresado luego por un desfile de ministros que repetían por televisión que casi todo lo que se había hecho hasta entonces en sus respectivas carteras estaba cruzado por “el modelo de la dictadura” y que, desde ese momento de luz, las cosas se enderezarían (y uno, me perdonan, pero sentía, literalmente, miedo, porque tampoco explicaban por qué se iba a reemplazar). Luego vino la reforma tributaria, mal hecha y expuesta ante los chilenos como un castigo para “los poderosos de siempre” (todo lo demás lo dejamos para otra columna, lo que no recaudó, etc.). Al mes siguiente, el Gobierno mostró sus cartas para la reforma educacional, aprobando en el Congreso, con los votos de la Nueva Mayoría, una Ley de “Inclusión” para, en síntesis, bajar a los colegios particulares subvencionados de “los patines” (y lo cumplió con tanto éxito que, hasta hace algunas semanas, la mitad de esos colegios, con unas 500 mil matrículas, no decidía aún qué camino tomará cuando, en marzo, empiecen a regir las nuevas condiciones).

A continuación, los chilenos sintieron el impacto de una mala gestión en Salud: la caída de la construcción de varios hospitales; el regreso de las listas de espera; una sucesión de paros en consultorios y hospitales. Y una serie de errores, algunos tan increíbles que llegan a dar risa, aunque su impacto para la población sea serio (como la compra de 700 mil preservativos fallados para entregar en consultorios).

Hoy, las fuentes de rechazo se han multiplicado: una mala reforma laboral, pauteada por la misma CUT que dictaba cátedra de sindicalismo, pero que a dos semanas de sus elecciones internas todavía no informa los resultados; la pérdida de casi 100 mil empleos en menos de tres años; las dificultades para los emprendedores; el aumento de la delincuencia; la manera tan triste como se está dejando caer a los liceos emblemáticos, un símbolo centenario de progreso y meritocracia.

A estas alturas, muy pocos se compran “la conspiración” para justificar los resultados de un gobierno que, efectivamente, va a pasar a la historia, un anhelo que la Presidenta reitera en sus discursos, aunque no precisamente por su legado de progreso y oportunidades para los chilenos.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO

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