Si bien el régimen de Maduro aún no alcanza la forma completa de una dictadura como la cubana, las restricciones a las fuerzas opositoras, la captura del Estado y el control del poder electoral moldean una sociedad donde la libertad se encuentra en franca retirada.
Publicado el 21.09.2016
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La negativa del Partido Comunista a condenar la detención del periodista chileno-venezolano Braulio Jatar por haber participado en una manifestación en Isla Margarita contra Nicolás Maduro, pone una vez más en el tapete público la posición de sectores de la izquierda chilena en materia de democracia y respeto a los derechos humanos.

Es posible constatar que en Chile conviven dos tipos de izquierdas: una de carácter democrático y otra devota de dictaduras totalitarias. Por un lado, se encuentran aquellos que valoran tanto en las palabras como en los hechos a la democracia como sistema político y forma de convivencia social, y que constituyen un núcleo importante al interior de la coalición oficialista. Algunos vivieron el desgarrador deterioro y quiebre institucional que experimentó nuestro país durante los años sesenta y setenta y aprendieron la lección que nos dejó la “época de las planificaciones globales” como Mario Góngora calificaba al período entre 1964 y 1980. Corresponde a lo que en su momento se llamó la izquierda renovada, que luchó por una transición pacífica hacia la democracia en el país. Saben que las visiones omnicomprensivas del mundo impedían llegar a acuerdo con quienes pensaban distinto. Al mismo tiempo, muchos están orgullosos de la transición llevada a cabo por Chile y, si bien les gustaría implementar importantes reformas, entienden que éstas deben hacerse de forma gradual, de acuerdo a la institucionalidad vigente y no a tontas ni locas. Ven en el adversario a un oponente a quien deben derrotar en las urnas, pero ya no a un enemigo.

Por otro lado, se encuentran -tanto dentro como fuera del pacto de gobierno- personas de extrema izquierda para quienes la democracia sigue siendo un instrumento de la burguesía para controlar al proletariado chileno y la violencia un medio legítimo para la obtención y el mantenimiento del poder. Aunque muchas veces participan de los procesos democráticos y han ganado varias e importantes elecciones, es difícil creer que el espíritu democrático se encuentre muy arraigado en ellos. Sus modelos no son la Francia popular o el PSOE español ni otros socialismos europeos, sino que están en las revoluciones latinoamericanas y en el marxismo leninismo más tradicional.

En ese sentido, basta recordar el canto de campaña de la actual Federación de Estudiantes de la Universidad Católica, con su llamativa estrofa: “somos los hijos de Guevara, hijos de Chávez y Fidel… unidos combatiendo hasta vencer o morir”. Del mismo modo la diputada comunista Camila Vallejo orgullosamente ha declarado que: “para nosotros lo que Fidel Castro diga, reflexione, lo que nos señale, es como una carta de ruta”. Todo esto sin olvidar las notorias muestras de pesar del PC chileno por la muerte del dictador norcoreano Kim Jong Il hace un par de años.

Los admiradores de la dictadura de los Castro en Cuba, para quienes las reflexiones de Fidel representan una “carta de ruta”, son muy conscientes del modelo impuesto en la isla. Un sistema político de partido único, cuya propia Constitución asigna al Partido Comunista cubano la labor de organizar y orientar los esfuerzos comunes “hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista” (Artículo 5). En esa dictadura la oposición es brutalmente perseguida, pasando varios años en la cárcel como los familiares de las “Damas de Blanco”; han tenido que huir del país e incluso han encontrado la muerte, como el destacado dirigente democratacristiano Oswaldo Payá. No existen partidos de oposición ni prensa libre. La educación es controlada absolutamente por el Estado y las familias carecen de la libertad para decidir cómo educar a sus hijos.

El 2009 tuve la oportunidad de visitar la isla para el 50º aniversario de la revolución cubana, junto a un grupo de amigos, que quisimos ser testigos de un hecho histórico. Esperábamos conocer alguna de esas multitudinarias manifestaciones que tan bien organiza el régimen cubano. Pero el panorama que encontramos fue otro, no hubo celebración alguna en la capital y el aniversario pasó sin pena ni gloria. Es probable que de haberse organizado en Santiago (de Chile) hubiese contado con mayor participación de público.

Al mismo tiempo, y gracias a los medios de comunicación, es posible seguir día a día lo que ocurre en Venezuela. Si bien el régimen de Maduro aún no alcanza la forma completa de una dictadura como la cubana, las restricciones a las fuerzas opositoras, la captura del Estado y el control del poder electoral moldean una sociedad donde la libertad se encuentra en franca retirada. Si a eso sumamos la severa crisis económica por la que atraviesa el país socialista, es fácil entender por qué tantos venezolanos han decidido huir de su patria.

A los pocos días de morir Stalin, el sanguinario dictador soviético, en 1953 se realizó un homenaje en el Teatro Baquedano. El conductor fue José Miguel Varas, premio nacional de literatura 2006, y el orador principal, el ex Presidente Salvador Allende. Ahí el entonces senador declaró que: “nuestro padre Stalin ha muerto… nuestro afecto hacia él hará que nuestros brazos crezcan fuertes hacia la construcción de un gran mañana”. Por su parte, nuestro Premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, había dedicado una oda a Stalin, a quien ve “grande como el mundo, pero cabe hasta en el corazón del más pequeño trabajador de usina o de oficina”. Hoy todos saben que durante el régimen de Stalin fueron perseguidos millones de rusos, varios de ellos encontraron la muerte en los campos de trabajo o frente al pelotón de fusilamiento, como bien muestra la obra literaria de Alexander Solzhenitsyn y tantos estudios al respecto.

El régimen de Maduro podrá seguir encarcelando y persiguiendo a sus opositores. Lo mismo la dictadura de Castro. Ambas contarán con el rechazo mayoritario de demócratas de izquierda y derecha en todo el mundo. Y también con el respaldo consecuente de quienes ven en ellos un ejemplo a seguir.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

FOTO: MATIAS DELACROIX/ AGENCIAUNO.

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