En su programa, Bachelet prometía que cambiar ejes del modelo de desarrollo era perfectamente compatible con el ritmo de crecimiento que el país mostraba entonces y con la creación de empleos. Hoy, a nueve meses de irse, nos dice que obviamente no era posible esa compatibilidad y que siempre lo supo.
Publicado el 16.06.2017
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En un intento de contrarrestar el impacto público de la franja presidencial, de la que se marginó la Nueva Mayoría, horas después de su primera emisión, el miércoles por la noche, la Presidenta Michelle Bachelet era la invitada de El Informante de TVN.

De todos los recuentos que ha hecho últimamente, lo señalado en esa entrevista es, a mi juicio, el balance más relevante de su gobierno. Cuando se le pregunta por el deterioro de la economía, la mandataria finalmente reconoce: “No soy ciega, sé que cuando se generan procesos de transformaciones se produce incertidumbre”.

Es muy importante tener en cuenta esa confesión. No solo es un dato histórico que, después de negarlo durante cuatro años, desde la campaña, la Presidenta admita hoy que sabía lo que iba a ocurrir, que estaba al tanto de los efectos de su plan para Chile; y que, al menos casi al finalizar su administración, está consciente del clima de incertidumbre (lo que no me queda claro es si dimensiona el daño que genera y lo mucho que costará revertirla).

Es además un antecedente clave cuando dos candidatos oficialistas, los senadores Carolina Goic y Alejandro Guillier, se presentan ante los chilenos como continuadores de la “obra” de la Nueva Mayoría (y, tal vez, deberíamos afirmarnos de una baranda, porque estamos conociendo recién las ideas que respalda Guillier, y varias son incluso peores que aquellas en las que se inspiran hoy en La Moneda).

Quiero decirlo con respeto, pero particularmente con claridad: se engañó a los electores. Cuando Bachelet propuso su programa de gobierno, prometía que cambiar ejes del modelo de desarrollo (el sistema tributario, por ejemplo) era perfectamente compatible con el ritmo de crecimiento que el país mostraba entonces y con la creación de empleos (que era ostensiblemente mejor en número, calidad, salarios, etc.). Hoy, a nueve meses de irse, nos dice que obviamente no era posible esa compatibilidad y que siempre supo que paralizaría a Chile.

El problema no son las reformas como tales, sino la mirada equivocada y retrógrada que las inspiró (castigar la retribución económica, coartar la libertad a cambio de una mal entendida justicia y pretender que el Estado es el único capaz de asumir responsabilidades en una sociedad). Cada vez que se plantean objeciones a las reformas de Bachelet en el debate público, aparecen los representantes del ala más fanática de la Nueva Mayoría, para acusar a la oposición de rechazarlas porque prefiere que todos los males se extiendan ad eternum (como si solo ellos, de manera exclusiva y excluyente, contaran con la iluminación y la vocación democrática necesarias para impulsar reformas). Es extraño ese argumento, porque los cambios más importantes del país de los últimos 30 años han sido impulsados por la centroderecha o respaldados por ella cuando ha sido oposición, o están inspirados en la combinación de libertad, justicia y subsidiariedad que ella representa.

En síntesis: mala noticia que la Presidenta nos confiesa que sabía lo que ocurría; mala noticia haber perdido tres años para impulsar correcciones que sí eran urgentes, que sí habrían permitido desbloquear el acceso a oportunidades, a educación de calidad, a mejores empleos, a condiciones que motiven la inversión y el emprendimiento, a la superación de la pobreza, a una mejor vida para todos.

Los chilenos no andan tan perdidos. Por algo en la encuesta CEP la percepción de un Chile estancado alcanza en mayo un máximo histórico (67%) y solo un 17% cree que el país está progresando (25 puntos menos que en 2013). Y, por algo es un candidato de Chile Vamos, y no de la Nueva Mayoría, quien hoy tiene las mayores probabilidades de convertirse en el próximo Presidente de la República.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

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