Eyzaguirre le dejó una herencia desastrosa a la ministra Delpiano. ¿Mea culpa? Nada de eso. Lo que más llegó a decir fue que el Mineduc es como una silla eléctrica y que todos los ministros de Educación salen mal evaluados.
Publicado el 12.09.2015
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En la entrevista concedida a El Mercurio (6 de septiembre), Nicolás Eyzaguirre dejó una impresión devastadora de lo que ha sido el segundo gobierno de la Presidenta Bachelet. Se podría decir incluso que, después de sus afirmaciones, casi es innecesario aportar evidencias sobre la precaria base en que se sostenía el programa presidencial, el defectuoso diseño de las reformas, las torpezas de su implementación, la estrechez de miras y la soberbia de la Nueva Mayoría y, como asunto más grave, la ausencia de un verdadero liderazgo de Estado. Lo que dijo, y sobre todo lo que reveló sin darse cuenta, confirmó muchas de las críticas recibidas por el gobierno desde muy diversos sectores. Sin proponérselo, Eyzaguirre ilustró cómo fue que la desaprobación a la Presidenta creció hasta el nivel actual.

“Estábamos en una vorágine de reformas que no íbamos a ser capaces ni de diseñar ni de tramitar sin excesivos conflictos”, dijo en la entrevista, y la pregunta obvia es quién obligó al gobierno a meterse en una vorágine. Y la respuesta no puede ser otra que Bachelet, pero decirlo implicaría cuestionar la conducción de este proceso desvertebrado, y Eyzaguirre se cuida de ello.

¿Autocrítica real? Ni por asomo. Fue ministro de Educación por más de un año, y en los primeros tiempos sostuvo que su tarea era llevar adelante una “reforma gigante” de la educación, cuyo balance es simplemente deplorable. Reconoció que su estilo de frases livianas no fue el más adecuado en medio de la crispación, pero no se hizo cargo de los errores conceptuales con que fue diseñada la reforma educacional y que llevaron a equivocar las prioridades y dar en el gusto al gremio de profesores y las federaciones estudiantiles. El eslogan “educación pública, gratuita y de calidad” era puro ruido. Los colegios municipales y subvencionados con bajos aprendizajes siguen siendo lo que eran. Mientras tanto, el Estado dedicará enormes recursos a reemplazar en 2016 el copago que los padres hacían voluntariamente en una franja de los establecimientos subvencionados. Y no hablemos del maremágnum de la “gratuidad universal en la educación superior”, que demostró ser una promesa imposible, o sea populista.

En el verano de 2014, cuando Bachelet estudiaba la formación de su equipo, Eyzaguirre se jugó a fondo para ser designado ministro de Educación. ¿Cuánto sabía al respecto? En realidad, nada. En aquellos días publicó en El Mercurio una columna en la que explicaba por qué era partidario de la educación gratuita. Aunque allí quedaba claro que era completamente lego en materias educacionales, fue el artículo justo, en el momento justo y para los oídos justos. Ganó el ministerio. El resto lo sabemos.

Eyzaguirre le dejó una herencia desastrosa a la ministra Delpiano. ¿Mea culpa? Nada de eso. Lo que más llegó a decir fue que el Mineduc es como una silla eléctrica y que todos los ministros de Educación salen mal evaluados. Eso sí que es soltura de cuerpo. Para su suerte, fue promovido a un cargo más importante, el de ministro Secretario General de la Presidencia, en La Moneda, al lado de Bachelet. Y ahora, decidió convertido en el-político-valiente-que-dice-las-verdades-que-otros-callan. Demasiado.

Eyzaguirre no cuestiona la visión global que inspiró los desaguisados. El problema no fue el exceso de reformas simultáneas o el ritmo de ejecución de ellas, sino el diagnóstico de la realidad chilena y los criterios refundacionales que inspiraron a la Nueva Mayoría, que buscó demostrar que era “más avanzada” que la Concertación y podía ir más lejos. El giro a la izquierda buscó que el Partido Comunista, la Izquierda Ciudadana (IC) y el Movimiento Amplio Social (MAS) se sintieran cómodos. Si el rumbo, el programa y el diseño de gobierno se orientaron hacia “el gran cambio”, fue porque Bachelet lo quiso así, porque sus convicciones más arraigadas son tributarias del izquierdismo tradicional. Los encargados de materializar esa visión fueron sobre todo los líderes del PPD y el PS. Incluso, una especie de revival de la UP entusiasmó a ciertos sectores de esos partidos, y qué decir del PC. ¿Cuáles fueron las opciones de la DC? Alinearse o quedar fuera, lo que se volvió muy complicado debido a que surgió una corriente bacheletista dentro de la DC, cuyos representantes fueron, en no pocas ocasiones, más papistas que el Papa. Cambiaron los tiempos y esa corriente ya no existe.

En la entrevista de Eyzaguirre abundaron las expresiones de mal gusto. Las más llamativas fueron aquellas con las que hizo ostentación de su vínculo de confianza con la Presidenta. Al referirse al caso Caval, y para enfatizar la probidad de la Mandataria, dijo: “Yo conozco a la Presidenta de toda una vida. Y sé que se podrá decir lo que se quiera de ella, pero nunca ha usado atajos. Ella sigue y va a seguir adelante porque es una persona genuina”. Le faltó agregar: “además, me nombró ministro”.

¿Habló Eyzaguirre en nombre de la Presidenta? Algunos dicen que sí, pero lo concreto es que no la ayudó en absoluto. Por el contrario, sus dichos muestran un panorama de disolución que acentúa el clima de desconfianza, lo cual no puede ser más desalentador para quienes despliegan hoy grandes esfuerzos para mejorar lo que se pueda, en primer lugar los ministros de Interior y de Hacienda. ¿Pasó Eyzaguirre a ser el oráculo del gobierno, debido a su cercanía con la Presidenta? Esperemos que no, dados los antecedentes.

Por el bien del país, es deseable que la Presidenta actúe con serenidad frente a las enormes dificultades que enfrenta. Si desea ayudarse a sí misma, debería despejar ahora mismo las dudas sobre el “proceso constituyente” que supuestamente se inicia este mes, y aclarar que la Constitución bajo cuyas disposiciones gobierna se mantendrá vigente durante su mandato. Los eventuales cambios habrá que estudiarlos seriamente y con calma en el próximo Congreso. Ella y sus ministros deben empeñarse en evitar una crisis de gobernabilidad.

 

Sergio Muñoz Riveros, analista político.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO.