La irreflexiva querella presentada contra los periodistas de Qué Pasa mancha el legado de la Presidenta y refleja una débil lealtad a los valores y principios que debieran guiar a los demócratas consecuentes.
Publicado el 03.06.2016
Comparte:

La decisión de la Presidenta Bachelet de presentar una querella contra el director, el editor general y dos periodistas de la revista Qué Pasa refleja su preocupante subvaloración por la libertad de prensa y la libertad de expresión. Precisamente porque Michelle Bachelet pertenece a una coalición política que sufrió los rigores de una dictadura que violaba esos derechos, la Presidenta de la República debiera entender que ella no es una ciudadana común y que la legítima defensa de su honra no debe alimentar la percepción de que el gobierno persigue criminalmente a medios de comunicación. Bachelet debiera evitar pasar a la historia como la primera Presidenta en democracia que persiguió criminalmente a un medio que publicó una conversación de terceros que la mencionaba a ella como parte de los oscuros negocios en que ha estado involucrada su nuera, Natalia Compagnon.

La sorpresiva e irreflexiva decisión de Bachelet de querellarse por injurias graves con publicidad contra Qué Pasa resulta especialmente preocupante, toda vez que ese semanario fue el primero en revelar los oscuros negocios de la empresa Caval, en la que su nuera tiene propiedad. Como el escándalo Caval ha involucrado también al hijo de la Presidenta, Sebastián Dávalos, quien debió renunciar a su cargo de “Primer Damo” en La Moneda, la querella de Bachelet tiene un incuestionable sabor a vendetta. Pero ya que hay suficiente evidencia que demuestra que Caval se especializaba en negocios cuestionables y hacía uso de sus contactos y cercanía al poder —incluida la cercanía con la propia Presidenta Bachelet, cuestión que reconocidamente ayudó a la obtención de un enorme crédito bancario para un negocio de especulación inmobiliaria—, una querella contra Qué Pasa equivale a dispararle al mensajero que trae las malas noticias. Qué Pasa destapó un escándalo que ha golpeado la popularidad y la imagen de Bachelet. Pero la responsabilidad por ese escándalo recae en el poco criterio que tuvieron Natalia Compagnon y Sebastián Dávalos en la forma en que condujeron sus negocios y su figuración pública.

La querella de Bachelet además alimenta dudas sobre sus valores democráticos. Después de haber demostrado cuestionable criterio cuando, en una visita oficial a Cuba, salió corriendo para reunirse con el octogenario ex dictador Fidel Castro y después de haber hablado bien de Alemania Oriental —olvidando la naturaleza dictatorial de ese régimen que asesinó disidentes políticos que querían huir del país—, la decisión de perseguir a un medio de comunicación constituye un patrón de comportamiento que refleja una débil lealtad a los valores y principios que debieran guiar a los demócratas consecuentes. Porque la libertad de prensa importa precisamente cuando la prensa investiga cuestiones espinudas que involucran a personas poderosas (o a sus familiares), lo peor que podía hacer Bachelet era querellarse contra el medio que ha sido líder en denunciar las cuestionables actividades de negocio y las decisiones reñidas con la ética de Dávalos, Compagnon y sus asociados.

Como si todo esto no fuera suficiente, la excusa que dio Bachelet al decir que su querella la presentaba como ciudadana y no como Presidenta refleja su incapacidad para entender que su condición de primera mandataria la acompaña las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Dada la investidura de su cargo, Bachelet debiera saber que no se puede sacar la banda presidencial a discreción. Siendo la persona que ha ocupado el cargo de presidente democráticamente electo por más tiempo desde Arturo Alessandri, Bachelet demuestra la incapacidad para entender que los presidentes no pueden pretender ser ciudadanos comunes y corrientes. Las regalías y el poder que vienen con el cargo obligan a las personas que lo detentan aceptar que también deben renunciar a derechos que tienen todos los mortales. Bachelet no puede pretender ser una simple ciudadana cuando presenta una querella y gozar de los beneficios del cargo cuando se le toma declaración como testigo en la investigación de la fiscalía sobre los negocios de Caval.

La decisión de Bachelet, contra los razonables consejos de varios aliados que públicamente han cuestionado la conveniencia de la querella, recuerda también la igualmente cuestionable querella por injurias que presentó Sebastián Dávalos en 2013 contra el director de la Radio Bio-Bio, Tomás Mosciatti. Pero al menos Dávalos puede alegar que, en ese momento, él sí era un simple ciudadano. Bachelet, con igual apresuramiento irreflexivo que tuvo su hijo en 2013, ha escrito una negra página en su legado. Felizmente para ella, aunque igual quedará la mancha, Bachelet todavía puede evitar que esa querella tiña todo su legado en materia de respeto por la libertad de expresión y la libertad de prensa.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

Ingresa tu correo para recibir la columna de Patricio Navia