Tal como dice Marcel Hénaff, la ciudad está llamada a ser el “lugar de la vida compartida”. Y eso de algún modo debe expresarse en su organización urbana, en sus límites, en su arquitectura, en el tamaño y cantidad de sus calles y sus plazas.
Publicado el 14.03.2017
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Repensar la ciudad. A eso nos invita Marcel Hénaff en su libro La ciudad que viene (IES-LOM, 2017), y que será el tema de su próxima visita a Chile durante los primeros días de abril, en el marco del 10º aniversario del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). “¿Cómo pensar el espacio construido para hacer posible la vida común y pensarla como espacio público en la era de la información?”. En eso consiste el desafío. La ciudad, dice el filósofo y antropólogo francés, debe ser el lugar de la vida compartida: el espacio de encuentros, experiencias comunes, intercambios y tradiciones, que permiten la vida en sociedad. Este ideal, sin embargo, se encuentra tensionado en las urbes modernas, donde las ciudades chilenas no son la excepción.

Para Hénaff, uno de los problemas cruciales que debe enfrentar la ciudad moderna es haber dejado de ser el espacio público por antonomasia, entendiendo lo público como aquello que es común a todos. Esta tensión se hace más patente en aquellas ciudades —las megalópolis— cuyos altos grados de fragmentación dificultan la existencia de espacios compartidos donde los ciudadanos se encuentren como iguales. En efecto, la profunda segmentación y segregación de nuestras ciudades —muy particularmente en el caso de Santiago, que en las últimas décadas ha sufrido un crecimiento ilimitado e inorgánico—ha reducido de modo dramático su capacidad de integración.

La experiencia de la “ciudad archipiélago”, como la denomina el autor, parece ser radicalmente distinta para los habitantes de un sector y otro de ella. El acceso a servicios básicos, espacios verdes y de recreación, seguridad, conectividad, entre otros, nos habla de una “geografía de oportunidades” distribuida de modo marcadamente desigual. Esto se traduce en muros materiales y simbólicos que generan vidas desvinculadas, con intereses, preocupaciones, necesidades y anhelos muy distintos, y donde la posibilidad de encuentro y de contacto presencial con el otro en cuanto igual se reduce al mínimo. Sólo el reconocimiento mutuo es capaz de concitar y reproducir redes y normas de solidaridad, reciprocidad y confianza generalizadas que sostienen y cohesionan a las comunidades.

Desde luego, no se trata de caer en nostalgias por un supuesto pasado idílico, ni tampoco de asumir a priori soluciones simplistas que poco contribuyen de cara a nuestras dificultades. El punto es notar que, tal como dice Hénaff, la ciudad está llamada a ser el “lugar de la vida compartida”. Y eso de algún modo debe expresarse en su organización urbana, en sus límites, en su arquitectura, en el tamaño y cantidad de sus calles y sus plazas. 

Hénaff no sólo nos ayuda a captar el problema, sino que también nos da algunas pistas para enfrentarlo, con vistas a que la ciudad pueda reflejar “la idea de un bien común que apreciamos de manera totalmente desinteresada, un espacio construido para  todos, para nuestros sentidos, para nuestros ojos, para esa exigencia y ese placer sentidos de que ser citadinos en ese espacio es ser también ciudadanos”.

 

Catalina Siles, investigadora Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO