No es difícil darse cuenta que el Estado es una ficción jurídica que no tiene ingresos propios y que todo lo que gasta (o una parte muy importante al menos) lo saca de los bolsillos del sector privado… a todos los privados.
Publicado el 07.07.2016
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Durante la tramitación de la reforma tributaria en los inicios de este gobierno, fuimos muchos los críticos respecto del instrumento tributario como una herramienta facilista de recaudación para cualquier fin, ya que para generar más recursos estatales hay muchas áreas que revisar antes de llegar y aumentar la carga tributaria.

Como muestra de lo anterior, basta ver la discusión que con fuerza se dio el martes de esta semana respecto del gasto en pensiones del sector público y la pensión que percibe la cónyuge del diputado Osvaldo Andrade por sobre 5 millones de pesos mensuales, superando en varias veces el tope de cualquier trabajador, incluidos los del sector público.

Pero mi punto no es ese, ya que lo más criticado en la discusión del 2014 fue que se hacía una reforma que aumentaba significativamente la carga tributaria de todos los chilenos y no había ni una línea escrita sobre algún proyecto de gratuidad en la educación superior, en condiciones que toda la propaganda oficialista justificaba, a cada rato, que la reforma tributaria era para financiar los cambios a la educación superior.

Si al menos hubieran sido más cautelosos y no hubieran hecho una reforma tributaria hasta tener perfectamente medido cuántos recursos se necesitaban, nos hubiéramos ahorrado dos años de malos desempeños económicos y aumentos de desempleo.

No es difícil darse cuenta que el Estado es una ficción jurídica que no tiene ingresos propios y que todo lo que gasta (o una parte muy importante al menos) lo saca de los bolsillos del sector privado… a todos los privados.

Lo otro es que pocos reparan en que los impuestos –todos ellos– son pagados por las personas naturales, de carne y hueso. ¿Por qué?, simple. Cada vez que compra un bien o servicio, éste está gravado al menos por el Impuesto al Valor Agregado, IVA, y en el precio que usted paga, el 19% es un impuesto. Lo mismo pasa con otros bienes como la bencina que tiene impuestos específicos o las bebidas con azúcar, el alcohol o los cigarrillos.

Incluso el famoso Impuesto de Primera Categoría que pagan las empresas, es algo que aunque no lo vea, está en el precio que usted paga. Si sube el impuesto a las empresas, es ingenuo pensar que los precios no cambiarán.

Por todo esto, una reforma tributaria, para los fines que sea, siempre termina siendo pagada por las personas naturales. Dicho esto, la mayor irresponsabilidad de aumentar los impuestos es no saber cuánto de verdad se necesitará recaudar, ya que ello puede significar extraer recursos en exceso a los privados, con lo que se afecta sensiblemente el empleo y el crecimiento económico.

Pero esto no es todo. No es muy difícil darse cuenta de que hay una gran diferencia en la remuneración de un joven que sale del colegio y va a la universidad versus otro que no lo hace. Si consideramos que en lo general estuvieron 12 años en las mismas salas de clases haciendo las mismas tareas y escuchando a los mismos profesores, el futuro es muy distinto y con mayores ingresos para los que ingresan a la educación superior respecto del que no lo hace. La paradoja tributaria que ello produce es que los estudios de los que optan a mayores ingresos son financiados también por el que no ingresó al sistema superior y está condenado a un ingreso inferior.

En conclusión, subir impuestos para cada cosa que se le ocurra a un gobierno no es la mejor idea para financiarla: Lo otro es que nunca perdamos de vista que todos los impuestos son pagados por las personas naturales, “la gente de a pie” como le dicen, y por ello subir y subir impuestos termina teniendo efectos negativos en los empleos y la actividad económica.

William Díaz, economista y director ejecutivo Experior Consultores.