Vamos en una acelerada transición hacia una democracia mediatizada. Vivimos “en”, “del” y “para” el espectáculo. La ciudadanía se vuelve protagónica en la medida que actúa como público. Asiste a una representación, cuyos personajes —los actores políticos— juzga con desapego o emoción en este especial reality show. Cuando finalmente llega a depositar su voto, más que elegir un representante, premia su performance. Y hace votos (sic) por que la función continúe.
Publicado el 29.03.2017
Comparte:

Una elección presidencial que tendrá lugar en circunstancias donde la población está más activa en el mercado que en la política, existe un alto grado de desconfianza hacia las elites y los partidos apenas logran reunir un número mínimo de militantes, inevitablemente se convierte en un espectáculo. Queda enteramente en manos de los medios de comunicación, de la opinión pública encuestada, de liderazgos carismáticos que pudiesen emerger, de la circulación de imágenes y del volátil clima que caracteriza a las redes sociales.

En efecto, vamos en una acelerada transición hacia una democracia mediatizada. Como bien anticipó Guy Debord, clásico autor de este tópico, “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. Vivimos “en”, “del” y “para” el espectáculo. La ciudadanía se vuelve protagónica en la medida que actúa como público. Asiste a una representación, cuyos personajes —los actores políticos— juzga con desapego o emoción en este especial reality show. Cuando finalmente llega a depositar su voto, más que elegir un representante, premia su performance. Y hace votos (sic) por que la función continúe.  

De hecho, el vínculo de estos públicos con quienes anteriormente eran sus representantes va tornándose progresivamente más utilitario. Como si estuviese hecho de múltiples micro-contratos individuales de corto plazo, con opción de término anticipado por voluntad de cualquiera de las partes.

Estamos lejos, entonces, del contrato social de Rousseau. Aquel, se recordará, pretendía “encontrar una forma de asociación”, decía él, “que defienda y proteja con la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan libre como antes”. Así concebía el filósofo ginebrino el pacto mediante el cual se creaba el soberano, un cuerpo colectivo, una voluntad común, que ponía las bases del Estado republicano.

Al contrario, en la posmodernidad —nuestra incierta época, sin nombre propio aún— el soberano se halla proyectado en las pantallas de televisión. Es virtual, una onda expansiva, una corriente de opinión. En vez de elegir, delega su derecho en esa masa relativamente informe de la opinión pública, conducida y canalizada —como si de un flujo líquido se tratase— por los medios de comunicación y a través de los filtros y compuertas de los grupos focales, las encuestas, las redes sociales, las marcas reputacionales y la publicidad.

Por el lado de la oferta, entonces, donde antes estaban los partidos y sus coaliciones, los programas y manifiestos, las ideologías y los militantes vocacionales, se instalan ahora diversos movimientos sociales, organismos no-gubernamentales, agrupaciones filantrópicas, líderes del rating, “marcas” (identitarias) y aparatos político-burocráticos de empleo pagado, cuyos discursos importan por la cantidad de “me gusta” que acumulan, por su impacto mediático, su capacidad de generar memes, hashtags y mensajes movilizadores, ojalá los videos más virales y populares.

Este ambiente no es enteramente nuevo, por cierto, pero nunca antes había alcanzado un tan amplio despliegue, al punto de dominar la escena. En efecto, hay liquidez, volatilidad, multiplicación de opciones, gran preocupación por las imágenes, escasa importancia de las ideas y los textos escritos, y una sorprendente vitalidad del mercado comunicacional de la política. Citemos nuevamente a Debord: “No pueden oponerse, abstractamente, el espectáculo y la actividad social efectiva; este desdoblamiento se encuentra él mismo desdoblado. El espectáculo que invierte lo real es efectivamente producido. Al mismo tiempo, la realidad vivida se encuentra materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y retoma en sí misma el orden espectacular dándole una adhesión positiva”.

En vez de una racionalización de la política en la esfera pública, lo que hay por tanto es una personalización de la competencia de imágenes y símbolos, de voces y representaciones, de mensajes y consignas. Lo que interesa es la proyección personal de los candidatos; si acaso resultan novedosos o no; si generan o no sentimientos positivos o de rechazo; si están al alza o a la baja.

El propio análisis político se aproxima a la crítica del espectáculo. Pasa a formar parte de él, a la manera de su conciencia reflexiva.

Así, por ejemplo, se reitera —contrariando toda evidencia y lógica— que la ventaja de Alejandro Guillier es su independencia, individualidad, falta de contaminación con la política, el ser una cara nueva, tener buen talante, saber comprometerse con la ambigüedad y su autodefinición como candidato ciudadano. Es el retrato, esencialmente, del político como hombre de las comunicaciones (¡que en este caso además lo es!); la construcción de un personaje con capital mediático.

De Sebastián Piñera, al contrario, se predican como ventajas contar con una coalición política ordenada; ser una figura política probada, con experiencia; haber definido una identidad nítidamente opositora y proyectarse como un eficaz gerente. Su personaje, en esta esfera de imágenes que circulan a alta velocidad, es el de un empresario, hombre de dinero, apostador, se dice, especulador, a la vez que eficiente, gerencial, conocedor de la economía, capaz de crear puestos de trabajo. De nuevo, el análisis es reemplazado por el guiñol, la realidad por los perfiles, la política por el drama.

El Frente Amplio, entre tanto, es tratado como si fuese una marca alternativa por este mercado de imágenes políticas; una fuerza emergente, juvenil, innovadora, con valores anti-establishment y distante de las élites (aunque compita con y dentro de ellas para forjarse allí un lugar). Es un bien apreciado por los medios de comunicación, en efecto. Representa novedad. Aire fresco. Una posibilidad de algo aún no experimentado. En un mercado simbólico con bienes que se vuelven rápidamente obsoletos, nada es más caro al espectáculo que el descubrimiento de nuevos rostros, mensajes, guiones, publicidad y propuestas.

En este festival de imágenes Manuel José Ossandón es el “populista”, según el análisis político-mediático en boga, aunque no pasa de ser un díscolo dentro de su sector, con un discurso de alcalde-popular y valores social-católicos conservadores. ¿Qué tiene, en verdad, de populista? En términos analíticos, sin duda poco; pero para efectos de animar la conversación de las pantallas y las redes sociales, hace falta quien ocupe este rol, quien represente este papel tan de moda hoy.

Por último, aunque hay varios candidatos más, cada uno de los cuales ocupa su lugar en esta escenografía de estudio de televisión. Ricardo Lagos —un postulante a contracorriente del ambiente posmoderno y leve, publicitario, y más emocional-sensible que racional-ideológico prevaleciente— es representado por los analistas del espectáculo político como un líder indiscutido, pero del pasado, anacrónico, que no “despega”, se dice, por la pesadez de sus ideas y la seriedad de sus cometidos. Y por su insistencia en argumentar, en vez de apelar a la sensibilidad ambiente.

Toda esta nueva forma de analizar la política, tan distante y distinta de la sociología del poder y de la comprensión de las fuerzas sociales que mueven la historia —y que levantan o destruyen a los personajes que aparecen en el escenario—, es producto de esta onda cultural que confunde la polis con el theatron (lugar para ver), y que convierte el drama de la historia en una comedia de equivocaciones.

El análisis abandona los conflictos, el papel que juegan los intereses y las ideas, y la tensión entre fines y medios, ideales y responsabilidades, la virtud y la fortuna maquiavélicas. Por eso vivimos la política envueltos en el esplendor y la fugacidad del espectáculo. Preocupados de trayectorias individuales, no de problemas comunes. De escándalos y rumores. Y de las ganancias o pérdidas que experimentan los personajes y los bienes (o males) simbólicos en la Bolsa de vanidades.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

Ingresa tu correo para recibir la columna de José Joaquín Brunner