Lo ocurrido representa de cuerpo entero a las personas, a las instituciones o a los medios que hoy pretenden canonizar la figura de Castro, el apóstol del comunismo en nuestro continente. No es muy distinto a lo que pasó tras la muerte de Stalin, cuando Salvador Allende lo homenajeó en el Teatro Baquedano diciendo que “hasta el momento de su muerte, estuvo al frente de las más fecundas realizaciones”.
Publicado el 30.11.2016
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El viernes pasado murió Fidel Castro, el nonagenario dictador cubano, generando reacciones distintas a lo largo del mundo. En La Habana —o se sabe si todas voluntariamente— miles de personas hacen fila para presentar sus respetos, mientras que en Miami miles de exiliados celebraron en las calles. Chile no ha sido la excepción.

A las pocas horas de informado el fallecimiento diversas personas, instituciones internacionales o medios de izquierda comenzaron el proceso de canonización de Castro. La Presidenta Bachelet lo homenajeó en las redes sociales, consagrándolo como “líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”, y el ex Presidente Ricardo Lagos sostuvo que el ex dictador “representó las esperanzas de América Latina, luchó contra la desigualdad” y que los “progresos sociales de Cuba son indiscutibles”. Tiene razón Lagos en lo último: en Cuba nadie puede discutir lo que diga la dictadura. Lo lamentable es que considere que eso es valioso o aceptable.

La CEPAL emitió una declaración pública lamentando la muerte de “uno de los gigantes de nuestra historia compartida”, utilizando expresiones más propias del Granma -el diario oficial del régimen castrista- que de un organismo de la ONU con supuesto carácter técnico. En Chile, el Colegio de Periodistas no se quedó atrás y, representados por su directiva, concurrieron a la embajada de Cuba —país donde no hay libertad de expresión ni de prensa— para dejar constancia del dolor “por la pérdida de una personalidad inspiradora”.

Los medios de comunicación no han sido la excepción. El País de España tituló con un sentido “Muere Fidel Castro, símbolo del sueño revolucionario”. No habría problema, siempre que hubiera agregado “y de la pesadilla de casi seis décadas”. Solo el diario ABC se atrevió a titular “Muere el tirano de Cuba”. Algunos periodistas en televisión se negaron a tratarlo de dictador, por considerar que ofendería a muchos de sus partidarios (es posible imaginar el escándalo que eso generaría si se tratara de personajes que no son de su agrado).

El punto de fondo es que lo ocurrido representa de cuerpo entero a las personas, a las instituciones o a los medios que hoy pretenden canonizar la figura de Castro, el apóstol del comunismo en nuestro continente. No es muy distinto a lo que pasó tras la muerte de Stalin, cuando Salvador Allende lo homenajeó en el Teatro Baquedano diciendo que “hasta el momento de su muerte, estuvo al frente de las más fecundas realizaciones”. Pablo Neruda incluso le dedicó un poema, uno de cuyos versos decía: “¡Stalinianos! Llevamos este nombre con orgullo”.

Son personas —políticos, periodistas, intelectuales— que crecieron con el sueño de una Cuba comunista como verdadero paraíso en la Tierra. Que idealizaron la realidad de la isla, contentándose con las cifras oficiales de educación y salud, prefiriendo ignorar la realidad profunda de sus barrios, de sus colegios o sus hospitales. Que decidieron legitimar con su apoyo la persecución política, las ejecuciones, el encarcelamiento de los opositores y la falta de elecciones. Que vivían cómodamente en sus países libres —con todos los supuestos males de las sociedades “burguesas”– y viajaban esporádicamente a la isla para empaparse de su espíritu, donde aprovechaban de agradecerles a los cubanos por ser como eran y vivir como vivían.

 

Julio Isamit, coordinador general Republicanos

 

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