Lo que ha ocurrido con el Frente Amplio en las encuestas revela la naturaleza del joven conglomerado: una fauna de ideas y proyectos políticos aislados abundante en diversidad, liderada por un puñado de dirigentes pseudo idealistas que principalmente buscan figurar ante la opinión pública.
Publicado el 29.10.2017
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Entre las distintas tendencias que confirmó la encuesta CEP, la más relevante parece ser la dramática caída en las opciones electorales de Beatriz Sánchez. El fenómeno de las primarias, como muchos analistas anticiparon, fue imposible que se sostuviera por tanto tiempo. Fue un brillo, una ilusión que por momentos parecía realidad de una candidata que podía encarnar lo que, para generaciones de adultos y jóvenes nacidos en la dictadura y transición, parecía hasta hace poco sólo un sueño: derrotar electoralmente a una elite política apernada en el poder.

El desplome de Sanchez, sin embargo, no dice relación con que ese sueño se haya acabado como tampoco con la frustración por el hecho de que Sebastián Piñera, además de ser ícono de esa elite (millonario y de derecha), probablemente vaya a ser el próximo Presidente. Lo que ha ocurrido con el Frente Amplio es causa de la revelación de la naturaleza del joven conglomerado: una fauna de ideas y proyectos políticos aislados abundante en diversidad, liderada por un puñado de dirigentes pseudo idealistas que principalmente buscan figurar en la opinión pública.

La gran debilidad del Frente Amplio radica en que, por el momento, es todo menos un proyecto capaz de esbozar ideas políticas coherentes con sus propuestas. Esto no quiere decir, por supuesto, que en él no existan ideas, ni menos que no haya quienes estén haciendo el ejercicio de construir una visión más acabada de país. El caso es que, en tanto coalición, es más bien un jardín donde cohabitan marxistas (desde gramscianos hasta trotskistas), humanistas, liberales, autonomistas, revolucionarios (aunque algunos, a pesar del nombre, no tanto), miristas, allendistas y piratas, entre otras sub-culturas políticas de izquierda, incapaces de trazar propuestas con algún mínimo grado de armonía política. Siendo conscientes de esto, para no caer en el delirio fabuloso que pretendió Alberto Mayol en las primarias, trazaron un programa de gobierno bastante menos sugerente que los nombres de sus partidos.

Lo único idealista del programa, en rigor, fue el mecanismo asambleísta con aspiraciones de mayoría que utilizaron para acordarlo. La consecuencia de esto, como era de esperar, fue un listado de propuestas que están lejos de estar cruzadas por una idea; parecen ser, más bien, una fotocopia de sistemas recolectados por el mundo. Por ello que Giorgio Jackson, en tan sólo 140 caracteres, haya podido dibujar el país con que sueña: un Chile con el sistema de salud británico, el educacional finlandés, las pensiones de Dinamarca junto al sindicalismo alemán; todo metido en la misma juguera, para luego esperar a que cuaje el ansiado desarrollo.

Las pretensiones del popular diputado, por una parte, revelan la inconsistencia política que necesariamente conlleva la formulación de mecanismos asambleístas. Por ejemplo, el sistema de salud británico funciona como un cuasimercado donde, si bien es gratuito para el consumidor, su provisión está basada en la competencia, donde la mayoría de los proveedores de salud son empresas privadas y muchas de ellas con fines de lucro. Y el sistema de educación pública chileno, por el que rasgan vestiduras acusándolo de neoliberal y de mercantilizar el derecho a la educación, se basa en los mismos principios. Por otra parte, pretender que las transformaciones políticas consistan en importar sistemas, como si todo se tratara de escanear leyes de países nórdicos y reemplazarlas por las criollas, revela una profunda ignorancia de cómo se desarrollan las políticas públicas en el mundo desarrollado. La literatura académica más reciente es consistente en señalar que en el diseño e implementación de políticas públicas se debe atender los antecedentes históricos y culturales, como por ejemplo la diversidad cultural, religión, costumbres, entre otros, para que las políticas cumplan con los efectos perseguidos.

Renovar la política chilena, como también corregir los problemas institucionales que nos impiden superar la pobreza, reducir brechas de desigualdad y alcanzar el desarrollo, requiere mucho más que una agrupación de jóvenes políticos pretendiendo representar unívocamente los idealismos que subyacen a la diversidad cultural y política de la izquierda chilena. Para lograr aquello, necesariamente deberán superar las inconsistencias políticas y plasmar un proyecto sensato pensando más en Chile que en el norte de Europa.

 

Andrés Berg, investigador de Fundación P!ensa

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO