La incapacidad de la izquierda para reconocer como válidas las opiniones de individuos que se apartan de su credo va mucho más allá de la contingencia post-electoral, ya que responde más bien a una condición estructural e inherente al pensamiento de corte colectivista que la caracteriza.
Publicado el 19.02.2018
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Si hay un rasgo del progresismo que se ha observado en el último tiempo es una cierta arrogancia intelectual, seguida de la idea  de que quien piensa distinto no sólo está equivocado, sino que también es ignorante, inmoral y/o tiene una agenda oculta. Ello se vio, por ejemplo, cuando diversos personeros de izquierda denunciaban que la gente que votó por Sebastián Piñera o bien no entendía nada (tesis Mayol); y/o había sido manipulada (tesis del Banco Mundial); y/o había dado su voto al candidato de la derecha con el mezquino anhelo de pertenecer a la clase alta (tesis del “facho pobre”). De esa manera, parte del progresismo trataba de deslegitimar una decisión democrática denunciando una dicotomía entre lo que la gente creía necesitar y aquello que —a su entender— verdaderamente necesitaba, y sugiriendo así una relativa incapacidad de las personas para determinar libre y espontáneamente qué era lo correcto para ellas.

Esta incapacidad de la izquierda para reconocer como válidas las opiniones de individuos que se apartan de su credo va mucho más allá de la contingencia post-electoral, ya que responde más bien a una condición estructural e inherente al pensamiento de corte colectivista que la caracteriza. Para Karl Marx, el proletariado por sí solo no tenía las herramientas intelectuales ni materiales para salvar su situación, y de ahí que fuera un grupo de planificadores o intelectuales el que debía tutelar y articular sus intereses desde afuera. Bajo esta concepción mesiánica, había un único camino verdadero y eran estos profetas modernos —los intelectuales o planificadores— los llamados a guiar a las personas para recorrerlo, incluso por la fuerza si quienes decían representar se rehusaban a comprender que ésa era la vía correcta (como ocurriría en los socialismos reales).

En su libro La Fatal Arrogancia, Friedrich Hayek ya advertía sobre los riesgos de creer que hay verdades que pueden ser dictaminadas de arriba hacia abajo por grandes iluminados. El profesor austriaco y premio Nobel de Economía entendía que era justamente en esa creencia donde reside uno de los elementos centrales de todo totalitarismo: que el individuo puede ser aplastado, reducido o menospreciado bajo el pretexto de un interés superior que otros comprenden mejor que él. Lo grave de esta forma de entender la política es que lentamente va abonando un ambiente de intolerancia y enemistad cívica. Cuando se proclaman verdades como incontrarrestables, evidentes y eternas, todo aquel que siquiera las cuestione debe ser implacablemente apartado, reduciéndose el espacio para el diálogo. La intolerancia, entonces, está precedida por la fatal arrogancia de creer que hay cuestiones que quedan excluidas del debate racional, por ser axiomas o verdades eternas sostenidas en sí mismas.

Esta visión mesiánica y arrogante salía a borbotones en declaraciones como las del diputado Hugo Gutiérrez, que derechamente llamó “idiotas” a quienes que habían votado por Piñera. Pero lo preocupante es que este síntoma de intolerancia dialéctica ha subyacido prácticamente a todas las discusiones recientes sobre políticas públicas, incluyendo las AFP, el lucro, la educación, la inmigración y la violencia en La Araucanía. De esa manera, por ejemplo, la noción de que el lucro y el mercado intoxican todo lo que tocan se ha vuelto en muchos círculos un verdadero axioma, y quien ose cuestionarlo –aun teniendo buenas razones– es a priori vilipendiado y tildado de inmoral, imposibilitándose así un debate intelectualmente honesto. Esto obviamente lleva a que nos saltemos discusiones importantes y a que, como consecuencia, se deteriore la calidad de nuestras políticas públicas.

La creencia de tener la verdad final conlleva, además, una inmovilidad ideológica no apta para los acuerdos, lo que de cierta forma nos adelanta cómo será la oposición de la izquierda más extrema en el próximo gobierno. Personeros del Frente Amplio ya  han subrayado que harán una oposición “firme” y de antemano han anunciado que hay temas que “no transarán”. Bajo el pretexto de ser “coherentes ideológicamente” y “fieles a sus ideales”, se esconde una rigidez ideológica brutal. Como bien interpelaba Felipe Kast a Giorgio Jackson en un programa de televisión, hubiera sido deseable que la primera palabra en salir de la boca de la oposición frenteamplista no hubiera sido “firmeza”, sino tal vez “diálogo”, “propuestas” o cualquier otra que no revelara lo que ya intuíamos: la existencia de un anclaje ideológico a ciertos dogmas que están absortos del debate, por ser verdades auto reveladas y no susceptibles de escrutinio racional.

Lo que hemos venido describiendo se opone, por cierto, a la visión libertaria, por la cual todos los proyectos de vida, opiniones y decisiones —en la medida que no afecten a terceros— son respetables en sí mismos, por el mero hecho de surgir espontáneamente del individuo libre. Ello, aun cuando esas decisiones pudieran no ser correctas o incluso manifiestamente erróneas, cuestión que en cualquier caso, debe determinarse a través del debate racional y no de proclamas. De esa manera, bajo una aproximación liberal, las decisiones no son en principio respetadas por su corrección intrínseca definida por algún iluminado, sino que por su fuente de origen: el individuo y el ejercicio de su libertad. De ahí también que el liberalismo sea escéptico de la ingeniería social, por la cual el Estado y sus burócratas pueden decidir por las personas qué es lo mejor para ellas, dónde deben vivir, cuánto pueden beber, cómo deben educar a sus hijos, cuánta sal pueden comer y qué deben opinar.

Como advertía John Stuart Mill, existe una disposición natural de los seres humanos, sea como gobernantes o ciudadanos, a imponer sus opiniones y gustos como regla de conducta para los demás. Sólo queda esperar que esas pulsaciones naturales, tan propias de la izquierda, puedan ser domadas para dar lugar a la discusión racional y al debate de ideas constructivo, por sobre la proclamación de verdades rígidas y eternas.

Lamentablemente, en la era de las redes sociales —donde priman argumentos estrechos, pero rimbombantes— es difícil construir un debate intelectualmente honesto. Ello no quita que los creyentes de la libertad deban seguir dando la lucha de las ideas donde lo crean necesario, y denunciando la fatal arrogancia donde sea que la encuentren.

 

Ignacio Parra, abogado

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO