Porque no basta concebir a la política desentendiéndose ella del aspecto comunitario del ser humano, pero porque también existe el riesgo del colectivismo, es que he abogado persistentemente por un pensamiento que opere, a la vez, considerando dos principios: el republicano, que vela por la libertad individual, y el nacional, que tematiza el asunto comunitario y busca formas de articulación social capaces de proveer mayores grados de plenitud. Atribuyo a un descuido que, a partir de estas ideas, Felipe Schwember me impute afirmar que la “búsqueda de sentido” tiene que ser “necesariamente colectiva”.
Publicado el 28.05.2017
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En su última intervención, Felipe Schwember deja a un lado la tesis de su primera columna, de una arremetida conservadora contra el liberalismo, y pasa a asumir una posición afirmativamente excluyente.

Efectúa una operación que consta de tres pasos. 1. Soslaya mi reconocimiento explícito de una esfera individual del ser humano y del principio republicano (o liberal) de la división del poder, para concentrarse en mi afirmación de una dimensión comunitaria en el ser humano y de un principio de integración o nacional (que debe operar siempre, he indicado, en conjunto con el liberal o republicano). 2. Identifica ese principio nacional con versiones extremas y hasta brutales del “nacionalismo”, ligando así mi planteamiento a una posición “forzosamente” “excluyente y arbitraria”, al “irracionalismo”. 3. Sugiere, luego, para la derecha, la marginación del pensamiento que he planteado. Se hallaría “envenenado”.

Ante tal operación de reducción y su eventual pretensión de censura, se me hace necesario responder.

Entre las contribuciones más significativas de la modernidad, se cuenta el haber acreditado una espontaneidad individual ligada a experiencias de plenitud. De allí arranca la idea republicana de que el poder debe dividirse, para resguardar tal espontaneidad. Ese republicanismo es, empero, difícilmente sostenible, si no se atiende, además, a otro aspecto constitutivo de la experiencia humana: su dimensión comunitaria. El ser humano se encuentra, desde un inicio, formando parte de contextos sociales más amplios, cuyo modo de operación no se deja reducir completamente a la voluntad de los individuos que los integran. Esos contextos sociales pueden ser opresivos o emancipatorios, culturalmente simples o complejos. La atención a las maneras en que ellos se conforman es una exigencia ante la que está puesta toda reflexión política que no quiera volverse cómplice del statu quo, ni someter la vida que tiene lugar en esos contextos a ideaciones conceptuales en exceso abstractas.

Al contexto social que existe bajo las unidades políticas emergidas con la modernidad, se lo llama usualmente pueblo o nación. Naturalmente, su forma de existencia es distinta a la de un individuo o una cosa. Pero es incorrecto indicar que la multiplicidad y dinamismo de la realidad aludida vuelven a pueblo y nación “categorías vacías”. Entonces, tendría que llamarse “categoría vacía” a cualquier nombre general que aludiese a algo real y dinámico (y no puramente ideal).

El pueblo tiene una existencia identificable e incluso se deja discernir en él una cierta manera de ser. Entre la “república de demonios” y el pueblo enardecido bajo un régimen totalitario –dos maneras hacia las que puede inclinarse un colectivo humano asentado establemente en un territorio estatal– existe una amplia gama de posibilidades. Algunas de ellas son distinguibles como conformaciones populares capaces de alcanzar mayores grados de plenitud que esos dos extremos. Los niveles de confianza social, de libertad de movimiento, de organización vecinal, dependen de la manera que asuma esa realidad popular. Si el exceso colectivista, que apunta a la constitución de un pueblo cerrado tras el partido, sus líderes o su asamblea, es condenable, debido a los daños que produce, también puede producir daños el mantenerse en los límites de un estricto funcionalismo compatible con o cercano a la “república de demonios”.

Porque no basta concebir a la política desentendiéndose ella del aspecto comunitario del ser humano, pero porque también existe el riesgo del colectivismo, es que he abogado persistentemente por un pensamiento que opere, a la vez, considerando dos principios: el republicano, que vela por la libertad individual, y el nacional, que tematiza el asunto comunitario y busca formas de articulación social capaces de proveer mayores grados de plenitud. Atribuyo a un descuido que, a partir de estas ideas, Schwember me impute afirmar que la “búsqueda de sentido” tiene que ser “necesariamente colectiva”.

He sostenido que ambos principios –el republicano y el nacional– son irremontables, en la medida en que remiten a aspectos constitutivos de lo humano. La manera en la que se designe a la idea de que no admiten ser reconducidos a una síntesis que los reduzca (si liberal moderada, liberal y nacional, republicana y solidaria) es menos relevante que la cuestión a tratar, a saber: cómo entender la situación sin abandonarse uno simplemente a ella (en un gesto puramente romántico, algo que también he dicho) ni subsumirla bajo fórmulas que la hagan crujir. Pero Schwember está más ocupado de las fórmulas y calificaciones. Entonces, pierde de vista el problema de la comprensión política.

El problema no es mera cuestión de círculos académicos. Frente a la pérdida de confianza en las instituciones, al malestar social que emerge con la situación actual, termina resultando frívolo no reparar en el (entiéndase la analogía) cuerpo que lo acusa: el pueblo. La atención al polo real y a modos no reduccionistas de darle expresión, parece ser, precisamente, lo que hoy está ausente en las mentes de cierta derecha. Políticas públicas pertinentes, culturales, de integración de minorías (¿qué son éstas, sino colectividades designadas bajo un nombre común?), de descentralización, requieren volver a pensar lo abstracto desde lo concreto y, sin abandonar las ideas y conceptos –que, he de insistir, algo así no se puede–, buscar nuevas formulaciones menos abstractas, alcanzar articulaciones conceptuales que hagan más sentido a ese fondo popular diverso y multifacético. Es necesario atender prospectivamente a esa “hondura” si no se quiere caer en la banalidad del pensamiento auto-contenido y de fórmulas que subsumen.

Esta exigencia de ajustar las reglas y dispositivos generales con lo popular y concreto no es una ocurrencia de cierto peculiar irracionalismo. Se acerca, en cambio, a un acervo usualmente conocido por el pensamiento filosófico, que mentes espabiladas, cual las de Arendt o Gadamer, entendieran como comprensión política o, simplemente, comprender. Es este el problema que Schwember termina perdiendo de vista.

Una consideración pertinente de la situación política exige atender a la historia y las ideas que han influido en ella. Aquí aparece otro problema en la posición de Schwember. El conocimiento que él muestra, en su columna, del pensamiento nacional chileno, al que critica, es deficitario. ¿Podría ligarse, por ejemplo, una mente sofisticada como la de Mario Góngora, a un conjunto de ideas tan banal y “cerril” como el que Schwember identifica cuando habla de “nacionalismo”? ¿Puede alguien, incluso con un conocimiento somero de la historia del siglo XX chileno, afirmar que el pensamiento nacional, en las versiones de Galdames, Encina y Edwards, “apenas pudo trascender los círculos intelectuales” “y no tuvo injerencia real en la vida política partidista republicana”? El agrario-laborismo, el segundo Gobierno de Ibáñez, la fundación del Partido Nacional, el pensamiento político de Frei Montalva, la rehabilitación del presidencialismo y la crítica a la oligarquía sobre las que se asienta la carta de 1925, la reforma a la enseñanza y un largo etcétera, quedan, en la frase indicada, borrados.

También se advierte un conocimiento deficitario, ahora de la historia de la filosofía, en la respuesta de Schwember a mi observación respecto a que las “concepciones metafísicas tradicionales” resultan insuficientes, atendido el hecho del carácter excepcional de la existencia. Él entiende que la observación no sería acertada, pues el “ideal de vida” del tomismo consiste en “la contemplación y la vida virtuosa”. Mi interlocutor se está saltando aquí toda la crítica que, de diversas maneras, de Kant a Nietzsche, de Heidegger a Derrida, se ha hecho al portentoso intento de controlar teóricamente la existencia –este mundo y el otro– mediante conceptos.

Quizás sea una actitud como esa, más cercana a los sistemas de conceptos que a un pensamiento abierto a articular la, en último trámite, insondable existencia, la que explique nuestra diferencia. Sería la distancia entre calcular y el esfuerzo por comprender.

 

Hugo Herrera, Dr. Phil., Julius-Maximilians-Universität, Würzburg, académico Universidad Diego Portales

 

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO