Hay un espacio formativo, dado por la filosofía, que viene a dar ese sustancioso alimento que los jóvenes desean con ansias y que responde a su sed de saber. La inteligencia es viva, dinámica y abierta a la realidad, necesita indagar, interrogar, dar sentido de totalidad, a lo que va captando parceladamente. Por eso, todos somos en cierta manera filósofos, que debemos no embalsamar la capacidad, sino conquistar permanentemente nuevos espacios.
Publicado el 18.03.2017
Comparte:

La vertiginosidad del cambio y la sucesión rápida de eventos nos enmarca la vida en el corto plazo, en la inmediatez de la “sopa instantánea”, en el camino más corto para atravesar el bosque, sin darnos cuenta de que la riqueza del bosque está en su centro, en el punto donde no vemos el retorno, donde ese rayo que se cuela por la copa de los árboles dice de la belleza de esa encrucijada.

Pareciera que el asombro es solo cosa de niños y que los adultos sufren de aburguesamiento intelectual. Para quedarse boquiabierto se necesita tiempo, poner freno de mano e instalarse detenidamente en la realidad, en lenguaje popular “chantar la moto”, pero no el motor.

Lo que pone en movimiento el pensamiento son las preguntas que nacen de la extrañeza ante lo real, de la admiración ante lo que supera y paraliza por su grandeza. Hay una ciencia que se ha hecho cargo de esta dimensión tan propiamente humana: la filosofía, la cual se planteó eliminar del currículum escolar, idea que finalmente fue revertida.

Los grandes pensadores son los que vacían la realidad frente a los ojos, la interrumpen con sus preguntas molestosas y acuciosas, llevan a refutar, contra argumentar y volvernos a preguntar. Devuelven la vitalidad intelectual y permiten que el pensamiento se nutra y crezca. El raquitismo intelectual es una enfermedad de esta época, inteligencias anémicas y desganadas, mentes pobres y famélicas, en fin, desgastadas por la superficialidad y el abandono de sus propios dueños. Y lo más grave es que puede ser generacionalmente hereditario.

Sin embargo, hay un espacio formativo, dado por la filosofía, que viene a dar ese sustancioso alimento que los jóvenes desean con ansias y que responde a su sed de saber. La inteligencia es viva, dinámica y abierta a la realidad, necesita indagar, interrogar, dar sentido de totalidad, a lo que va captando parceladamente. Por eso, todos somos en cierta manera filósofos, que debemos no embalsamar la capacidad, sino conquistar permanentemente nuevos espacios.

Sin duda que dos o tres horas semanales para un estudiante es muy poco, pero quizá es lo que posibilita un tiempo para experimentar la grandeza del pensamiento. La rigurosidad del pensamiento se forma. El pensar bien otorga una libertad intelectual que permite el afinamiento de esta capacidad. Ya decía Kant que “el sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca”.

En la era de la utilidad, pareciera que la filosofía está descartada, que es un hobby para unos seres medios raros, que vuelan por ahí y que hablan en difícil. Pero las grandes discusiones que se mantienen en la vida social y política de un país requieren de reflexiones serias, cultas, informadas, procesadas, a la altura de lo que las personas merecen. Qué triste espectáculo cuando se llega a consenso por votación y no por la convicción sobre las mejores ideas y propuestas.

La cabeza no está para “amoblarla” con ideas diversas, sino para integrar en ella un mundo que nos supera en inmensidad y misterio. La apología de la filosofía es una defensa de la más alta dignidad humana. Pensar, pero con un resquicio: pensar bien.

 

Solange Favereau C., Facultad de Educación Universidad de los Andes