Más allá de que Piñera ganó la primera vuelta, la foto de éxito del 19 de noviembre la tuvo José Antonio Kast y Beatriz Sánchez. Por el contrario, hubo dos evidentes perdedores, Carolina Goic con la DC en vía de extinción y Jacqueline Van Rysselberghe que, a la cabeza de su partido, desbancó a la UDI como la colectividad política más grande de Chile. Tanto ganadores como perdedores tienen puntos en común y la credibilidad o la falta de ella, es uno de ellos.
Publicado el 24.11.2017
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Aunque en veredas políticas opuestas, José Antonio Kast representando al Tea Party chileno y Beatriz Sánchez al Frente Amplio, convergen en haber ganado adhesión por la fuerza de sus convicciones.

Durante la campaña, el primero no tuvo ningún complejo en defender a los militares, en decir que derogaría la ley de aborto y en hablar de revindicar las clases de religión en los colegios. Se la jugó por lo que cree importante y no necesitaba ser políticamente correcto porque no tenía nada que perder, sólo ganar adhesión para el largo plazo. Su mensaje y también su estilo de comunicación pausado, claro y trasparente trasmitió autenticidad.

Este valor también lo encarnó Beatriz Sánchez, que con un pensamiento claramente antimodelo y bajo el lema “El poder de muchos”, logró encantar especialmente a jóvenes que ya han cubierto sus necesidades básicas y pueden pensar en los grandes ideales de igualdad social. Su discurso, de un socialismo añejo que promueve la nacionalización de empresas, poner fin a las AFP y lograr el aborto libre, tuvo la gracia de presentarse con formas renovadas para el Chile de hoy. La búsqueda de colaboración, la capacidad de escuchar y de armar comunidad, la encarnó Beatriz, al punto de celebrar con sus adherentes en la calle y no en un hotel. Ella no se mueve ni un ápice de lo que cree correcto y al igual que Kast habla claro, pero ante todo con la pasión del que está convencido.

Un panorama completamente distinto lo vimos con Carolina Goic, que llegó en quinto lugar en la carrera presidencial. La apuesta de la DC fue presentar a una candidata que hasta antes de vociferar  una cantinela moralista y disidente del gobierno, era una activa partidaria de la gestión de Michelle Bachelet. ¿Quién podría creerle a ella entonces? El sacrificio de Goic por intentar salvar a un partido que hace rato perdió su identidad, que le gusta estar bien con Dios y el diablo, no tenía ningún destino. Se trata de confianza. Y no creer en ese partido estuvo justificado. Al día siguiente de la elección, el gustito del poder por el poder era lo que importaba. A Carolina le pidieron la renuncia por el diario y Matías Walker salió amenazando con la hoguera a los militantes que no apoyaran a Alejandro Guillier en segunda vuelta.

Sin la catástrofe de los demócrata cristianos, la UDI con Jacqueline Van Rysselberghe a la cabeza, tampoco tuvo mucho que celebrar. Perdió la supremacía como el partido más grande del Congreso y la mística que por años caracterizó a ese partido, fue transada por una maquinaria electoral sin grandes ideales. Los que sí lograron encantar fueron los jóvenes disidentes de la directiva actual, como Jaime Bellolio y Guillermo Ramírez, quiénes probablemente terminen formando un nuevo referente o se junten con Kast.

La percepción de honestidad en mensajes y estilos de ciertos candidatos, fueron premiados en esta elección. Por el contrario, la sensación de oportunismo electoral fue castigada.