En los alegatos de la Fiscalía y en comentarios posteriores de otros fiscales, se percibe de manera manifiesta que en el tratamiento a Orpis hay un cierto sentido de retaliación social. Orpis es un poderoso y estaríamos en una sociedad en que los poderosos “han abusado mucho”, entonces es hora que se les trate “igual que al resto”.
Publicado el 19.06.2016
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La Corte de Apelaciones de Santiago, conociendo de la apelación a la resolución que había decretado el arresto domiciliario total del senador Orpis, acogió por unanimidad el referido recurso y ordenó su prisión preventiva, por considerarlo un peligro para la sociedad. Para muchos –entre los que me cuento- esta decisión fue sorprendente, porque Jaime Orpis ya estaba privado de libertad, bajo el régimen de reclusión domiciliaria.

Sin embargo, tres jueces que me merecen el mayor respeto, estimaron que la seguridad de nuestra sociedad no estaba suficientemente asegurada con esa reclusión, que era necesario encarcelar a Orpis. Es literalmente evidente, pues basta con verlo para darse cuenta, que el desaforado senador no es materialmente un peligro para nuestra sociedad; entonces, sólo queda entender que la Corte tomó una decisión bajo criterios abstractos. Algo así como que cualquiera que en su posición sea imputado por esas conductas y en esas circunstancias, debe ser considerado un peligro para la sociedad.

¿Actúa siempre nuestro sistema de justicia con esa lógica? También es claro que no.  En su momento el senador Jorge Lavandero, imputado por delitos objetivamente más graves jurídicamente y por los cuales fue finalmente condenado, no fue objeto de la misma cautelar. Basta leer las cartas al director de El Mercurio para constatar que regularmente escriben personas que han sido víctimas de delitos atroces, sin embargo los imputados son dejados en libertad por consideraciones de diversa índole, muchas veces accesorias, al punto que sus víctimas se sienten burladas en su demanda de justicia.

En los alegatos de la Fiscalía y en comentarios posteriores de otros fiscales, se percibe de manera manifiesta que en el tratamiento a Orpis hay un cierto sentido de retaliación social.  Orpis es un poderoso y estaríamos en una sociedad en que los poderosos “han abusado mucho”, entonces es hora que se les trate “igual que al resto”.  Si usted, estimado(a) lector(a), me sigue en mi razonamiento, quiero formular la siguiente pregunta para avanzar en el problema: ¿Por qué Orpis es tratado como “un poderoso”? ¿Porque es senador, o porque es senador de derecha?

La pregunta es crucial para entender de qué estamos hablando. Si la respuesta es la primera estamos frente a un problema grave del sistema político.  Si es la segunda, no es menos grave, pero es diferente y corresponde a la oposición no sólo denunciarlo, sino hacerse cargo de cuál es la razón por la que hemos llegado a esto (no quiero plantear el asunto en términos burdamente maniqueos, es evidente que las dos respuestas tienen parte de verdad, pero mi hipótesis es que la segunda la tiene en mayor medida).

Sería fácil decir algo así como que “todos los jueces son comunistas” o “todos los fiscales son comunistas”.  Pero es obvio que eso sería una caricatura; para empezar, no es verdad y tampoco resolvería lo que tenemos que cuestionarnos desde la centro derecha, porque la pregunta siguiente sería ¿y por qué todos los jueces son comunistas?

Aquí va mi hipótesis: la centroderecha no ha logrado articular y transmitir un proyecto político que sea percibido como una opción que beneficia y es encarnada transversalmente desde toda la sociedad. Todavía sigue siendo vista por una parte importante del país como la opción que representa los intereses de la elite socioeconómica.

Dicho en términos simples, los partidos de derecha son vistos como “de los ricos y de los cuicos”. La izquierda siempre va a decir eso, pero el problema no se agota ahí, porque también depende de la propia centro derecha hacerse cargo en serio de esta debilidad.

Por ejemplo, es un secreto a voces que en la llamada familia militar hay una resistencia enorme a votar por el ex Presidente Piñera si vuelve a ser candidato.  ¿Por qué? Está claro que los uniformados “no son todos comunistas”.  Supongo. ¿Fue sólo por el tema de los derechos humanos, por el cierre del penal cordillera?  No creo.

La disputa política es esencialmente simbólica, el discurso tiene que verse reflejado en la realidad, en lo palpable y la centroderecha no ha logrado conciliar armónicamente un discurso de la movilidad social y el mérito, con representantes que lo encarnen testimonialmente.

Llevamos años escuchando a los dirigentes de los partidos preguntándose por “el relato”.  La pregunta es válida y fundamental, no lo pongo en duda.  Pero insuficiente, pues tenemos que hacernos cargo por igual del problema de los relatores.

En este plano el discurso del “gobierno de excelencia” con carpetas y pendrives fue un error.  Fue, como dice un amigo, rascar donde no pica. Lo digo, primero, porque es el gobierno desde donde se encarna mejor la identidad de un proyecto político y, segundo, porque creo que, hasta ahora, el candidato mejor perfilado es el ex Presidente Piñera. No quisiera que se cometa el mismo error si la centroderecha vuelve a gobernar bajo su liderazgo.

En el Siglo XX la derecha estuvo claramente asociada a la elite y, por diversas razones, fue capaz de competir en esas circunstancias. La tecnocracia del gobierno militar abrió una puerta diferente, otra forma de entender la participación política -eso que los romanos llamaban el cursushonorum- que estaba más asociada a la excelencia académica.  Un postgrado empezó a valer tanto o más que la pertenencia a cualquier grupo, es verdad que hay una correspondencia alta, pero conceptualmente hubo un cambio. En el Siglo XXI no hay ninguna posibilidad de mantener criterios y/o símbolos elitistas y ser competitivo, entre otras cosas porque el propio modelo de economía y sociedad libre que la derecha ha impulsado lo impide.

El caso del senador Orpis debiera llevarnos a reflexionar a todos los que sentimos que en él hay una profunda injusticia. ¿Es sólo ideologismo?  No, también es que en todos los estamentos de poder institucional que son administrados por la clase media, hay una visión lejana de la derecha y sus dirigentes, no se reconocen en ellos, ni se sienten copartícipes de los mismos valores, porque no comparten las mismas historias de vida.

Son los cuicos, los privilegiados, los poderosos.  Son otros y entre extranjeros es difícil esperar y obtener justicia.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

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