Más que enviar a los mejores de nuestros jóvenes al mundo privado, se debe promover que muchos de ellos ingresen a la vida pública, con generosidad y un genuino espíritu de servicio. Solo así las ideas transformadoras de justicia y libertad podrán ser difundidas, comentadas y analizadas a lo largo y ancho de Chile.
Publicado el 16.11.2016
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La columna de Gerardo Varela en El Mercurio y la respuesta de Patricio Zapata en el mismo medio han puesto sobre la mesa la relación de los jóvenes con la política. En su tribuna, Varela critica a los diputados Jackson, Vallejo, Boric y Cariola por su actitud —“arrogantes en sus opiniones y pueriles en sus propuestas”— y por las ideas añejas que profesan, y les recomienda a los jóvenes parlamentarios aprovechar mejor su inteligencia volviendo a las calles y buscando trabajo.

Es cierto que la actitud de la izquierda estudiantil que hoy se encuentra en el Congreso tiene mucho de lo que denuncia Varela. Muchas veces el tono mesiánico, la soberbia o una supuesta superioridad moral de la que hacen gala nuestros jóvenes representantes nos resulta al común de los mortales, a lo menos, agobiante.

También es cierto que las ideas que predican podrán ser muchas cosas —fáciles de recordar o de difundir, o incluso más, populares—, pero ciertamente no son modernas ni innovadoras. Corresponden a una visión política que divide a los hombres entre los buenos —que casualmente son los que comparten todas sus ideas— y los malos —quienes nos oponemos radicalmente a ellas—. Están convencidos de que el Estado es el motor del progreso social y el símbolo de la unidad nacional y entre sus referentes mundiales tienen a líderes de la talla de Hugo Chávez, el dictador Fidel Castro y Pablo Iglesias. La crítica que se infiere de la argumentación de Varela es cierta: la juventud no es garantía de ideas jóvenes (o nuevas) para nuestro país.

La realidad de los principales países del mundo es disímil. Estados Unidos enfrentó una elección presidencial entre Donald Trump (70 años) y Hillary Clinton (69) en un país que tiene un gran desafío en la renovación generacional de sus líderes. La aparición de Paul Ryan (46) o de Marco Rubio (45) ciertamente es una buena noticia en la derecha, más aún cuando la supuesta nueva cara de la izquierda es Bernie Sanders (75). En España, en cambio, la Presidencia del Gobierno fue disputada entre cuatro líderes de partidos, dos de ellos creados post transición (Ciudadanos y Podemos) y liderados por una generación sub 40, Albert Rivera y Pablo Iglesias respectivamente, y que se encuentran en las antípodas del espectro político. Por eso, creo que el tema no es tanto la edad del mensajero, sino el contenido del mensaje.

La fuerza de un proyecto político se debe medir a lo menos por tres elementos: ideas, personas y estructuras. Las ideas del PC o de Revolución Democrática podrán ser añejas, pero están bien custodiadas y promovidas por personas talentosas y estructuras sólidas. En esto no podemos equivocarnos: al frente hay talento y trabajo. Por eso se requiere con tanta urgencia la generación de un proyecto político alternativo a la izquierda estudiantil, ya transformada en la nueva izquierda chilena. Hay que hacerlo con ideas transformadoras, personas bien formadas y una estructura política y social adecuada para difundir esas ideas a lo largo de todo el país.

Por lo mismo, no estoy de acuerdo con Varela cuando manda a los jóvenes a aprovechar su inteligencia durante un tiempo en el mundo privado antes de dedicarse a la política. Primero, porque ante todo debe primar la libertad: que cada persona decida cuál es el camino profesional de su preferencia. En segundo lugar, porque se debe acabar con la idea errada y excesivamente difundida en la centroderecha de que aprender a trabajar solo se logra en el mundo privado o creando empresas, generando balances o emprendiendo un proyecto nuevo. Esto significa ignorar otras fuentes de vitalidad tan valiosas como el mundo social, las fundaciones, los centros de estudios o las propias federaciones de estudiantes, así como las instancias de representación social o popular.

Al igual que el profesor Zapata considero una buena idea que los jóvenes que se dediquen a la vida política tengan la mejor preparación profesional posible o que ojalá pasen algunos años por diversas instituciones sociales, pero sin establecerlo como requisito previo, ni mucho menos desprestigiar a quien optó por un camino distinto.

El malestar de Gerardo Varela con nuestra izquierda estudiantil por sus ideas y sus actitudes es muy entendible, pero más que enviar a los mejores de los nuestros al mundo privado, se debe promover que muchos de ellos ingresen a la vida pública, con generosidad y un genuino espíritu de servicio. Solo así las ideas transformadoras de justicia y libertad podrán ser difundidas, comentadas y analizadas a lo largo y ancho de Chile.

 

Julio Isamit, coordinador general Republicanos

 

 

FOTO: MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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