La declaración de la ex Ministra de Salud no es sino la expresión más nítida de la dialéctica oficialista.
Publicado el 02.01.2015
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Pensaba dedicar esta columna a los buenos deseos para el 2015, porque vaya que los necesitamos en Chile. Pero el bochornoso episodio de la doctora Helia Molina me obligó a cambiar la pauta. No todos los días renuncia una ministra, ni todos los días una autoridad se despacha una declaración que, para defender una decisión presidencial, pone en evidencia una batería de prejuicios y, peor aún, que no ha cumplido con su deber.

Desde el primer día, el segundo mandato de la Presidenta Bachelet ha estado marcado por el lenguaje agresivo que utilizan casi sin excepción sus autoridades y por un formato de mensaje en el que, para instalar una política o defender una reforma, invariablemente se divide a los chilenos entre los buenos que aprueban la decisión y los malos que expresan dudas o la rechazan.

La reforma tributaria afectaría solo a “los poderosos de siempre” y beneficiaría al resto. La eliminación del binominal permitiría a los “demócratas” derrotar a los “hijos de la dictadura”. Y, aun cuando ni siquiera comienza a tramitarse en el Congreso, el Gobierno ya nos ha notificado que los chilenos deben definirse entre quienes defienden la reforma sindical y están con los trabajadores; o entre quienes la critican para proteger los espurios intereses de la empresa.

Probablemente la reforma educacional haya sido la fuente más recurrente de figuras para dividir al país: entre padres incautos, rendidos a los “cantos de sirenas” de los sostenedores; y las familias buenas y capaces, comprometidas con la educación pública. O entre quienes defienden al Estado como administrador exclusivo de bienes; y quienes creen que la sociedad civil tiene igual o incluso más capacidad de hacerlo con éxito. O entre la clase media, acusada de arribista por aspirar a más para sus hijos; y los “idiotas” que han tenido el privilegio de educarse en un colegio privado.

Nadie se escapa a las etiquetas que distinguen a los buenos de los malos: la Nueva Mayoría también está dividida entre quienes están comprometidos con la Presidenta y El Programa y los desleales que objetan pública o privadamente las políticas que están implementándose, no sabemos si por un interés electoral o, simplemente, porque se sienten con el derecho a evaluar en su mérito qué es mejor para Chile.

La declaración de la ex Ministra de Salud no es sino la expresión más nítida de la dialéctica oficialista. Los hospitales que cumplen la ley acá y las “clínicas cuicas” que la transgreden allá; la mayoría de los chilenos de este lado, las “familias conservadoras” del otro. Probablemente la amenaza de una acusación constitucional, obligó al gobierno a aceptar la renuncia de Helia Molina, pero se ha encargado de dejar las huellas del respaldo a sus declaraciones, sin pudor siquiera por el daño que ha causado a la dignidad del cargo.

La Presidenta Michelle Bachelet ha dado ya demasiadas señales de su voluntad por no cambiar el rumbo de nada, ni las prioridades de su gobierno, ni la orientación de su Programa, ni el comportamiento público de sus ministros, a quienes ha respaldado una y otra vez. Pero tal vez el último episodio del año, le permita, al menos, evaluar cuán rentable está siendo dividir para reinar.

Hay una diferencia sutil en las formas pero profunda en el fondo, entre gobernar para unos en contra de otros, con el propósito de mantener una mayoría electoral; o hacerlo para que las decisiones trasciendan, jugándose por buscar mayorías sociales, en las que caben ricos y pobres, trabajadores y patrones, oficialistas y opositores.

 

Isabel Plá

Fundación Avanza Chile

@isabelpla

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