La clave no es reemplazar, sino que adecuarnos a los nuevos tipos de trabajo, lo que supone un desafío para la capacitación y formación para mantener la empleabilidad. Legislar desde el paradigma del conflicto es un juego donde todos perdemos. Cuando el empresario ve amenazada la continuidad de la empresa por el conflicto, entonces la perspectiva de la automatización aparece como una alternativa más atractiva.
Publicado el 15.04.2018
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Hace pocos días se conoció un estudio de la OCDE que ubica a Chile entre los países más expuestos al riesgo de pérdida de empleos producto de la automatización. Mirando 32 países, los expertos consideran que uno de cada dos puestos de trabajo se verá seriamente afectado por la automatización. Y por supuesto, esa probabilidad no se distribuye de modo homogéneo; hay países y rubros más propensos al reemplazo por un algoritmo, un robot o una máquina, y a nosotros sólo nos superan Eslovaquia, Lituania, Grecia y Turquía.

El tema presenta desafíos que recién estamos empezando a vislumbrar. Un estudio de McKinsey calculó que antes de 2030 (tan sólo en 12 años más, para que cada lector haga el cálculo en base a la edad) tendrán que cambiar de ocupación unos 375 millones de empleados, esto es, el 12,5% de la fuerza laboral del mundo y casi el doble de la cantidad de personas que están desempleadas hoy.

Números que impactan y suponen grandes desafíos empresariales, profesionales y familiares para todos. La idea de ser reemplazado por la última innovación tecnológica es real, por lo que debe abordarse con urgencia y con perspectiva. No se puede detener el avance tecnológico, ni el país puede retrasarse perdiendo competitividad en los mercados mundiales tratando proteger artificialmente, como por decreto, sus fuentes de trabajo. Sostener esa ilusión sólo lleva a perder tanto la competitividad como los puestos de trabajo.

Una muestra de esa mirada con perspectiva de futuro la tuvimos esta semana, cuando se reunieron por primera vez en 11 años las directivas de la CUT y la CPC. Somos los empresarios y los trabajadores los principales actores y responsables de enfrentar de manera unida y con visión de futuro este tremendo desafío. Si recurrimos al discurso de adversarios y a la dinámica del enfrentamiento y los prejuicios, no nos daremos ni cuenta cuando quedemos fuera. La clave no es reemplazar, sino que adecuarnos a los nuevos tipos de trabajo, lo que supone un desafío para la capacitación y formación para mantener la empleabilidad. Legislar desde el paradigma del conflicto es un juego donde todos perdemos. Cuando el empresario ve amenazada la continuidad de la empresa por el conflicto, entonces la perspectiva de la automatización aparece como una alternativa más atractiva.

La historia nos ha mostrado cómo cada nuevo adelanto tecnológico ha modificado los trabajos que realizamos. Las máquinas siempre serán más rápidas, fuertes, precisas y exactas que nosotros; no se cansan, distraen ni aburren. Pero los avances tecnológicos crean trabajos que exigen de las personas el uso de sus facultades más propiamente humanas: la creatividad, la inteligencia, el criterio, el liderazgo, el esfuerzo en equipo y la ética.

Me gusta pensar, como leí en alguna parte, que la sigla “IA” no significa inteligencia artificial, sino inteligencia aumentada. Dado que vamos a convivir con las máquinas –para eso las inventamos–, es bueno preguntarse qué tipos de trabajos humanos van a nacer de todas estas nuevas tecnologías. Dos expertos de importantes firmas de consultoría y desarrollos tecnológicos, Paul Daugherty y James Wilson, agruparon en tres categorías los requerimientos laborales del futuro: primero, todo lo relacionado con el entrenamiento y el aprendizaje, tanto de los humanos entre ellos como los de las máquinas con que interactúan; luego están los que explican, analizan y crean estrategias para crear valor a través de las interacciones entre humanos y las máquinas; por último, todas las disciplinas encargadas de dar sustentabilidad, continuidad, transparencia, seguridad, velar por la ética y el cumplimiento de las normas que regulan las interacciones entre humanos y máquinas.

El desafío de ser empleable hoy va más allá de la capacitación permanente y el aprendizaje continuo de habilidades y competencias profesionales. La empresa es antes que nada una comunidad de personas, y como tal, una escuela donde se aprende una serie de virtudes humanas que serán cada vez más necesarias en el mundo del trabajo, como solidaridad, laboriosidad, respeto, excelencia, honestidad, justicia, etc. Si este desafío es importante para los trabajadores, no lo es menos para los empresarios, ejecutivos y emprendedores, pues tenemos que dirigir equipos de personas y tomar decisiones en ambientes altamente desafiantes, como el descrito, que impactan en el trabajo de los demás y en el bienestar de toda la sociedad.

 

Ignacio Arteaga E., presidente de Unión Social de Empresarios, Ejecutivos y Emprendedores Cristianos