Resulta más que evidente la conveniencia de empoderar a los líderes y al management en el desafío que representa asumir la integridad como un reto, pero también como parte de una forma de ser y pensar la organización que dirigen.
Publicado el 29.02.2016
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Según la Real Academia Española, integridad es la cualidad de íntegro. Es decir, que no carece de ninguna de sus partes. Y en otra acepción, se refiere a lo que se dice de una persona, es decir si es recta e intachable.

Como están las cosas en nuestro país, es claro que estas acepciones suenan fuerte y tienen cabida en un espacio generado por los hechos que han sucedido el último año, mismos que han tenido una imponente cobertura en los medios. En todo este contexto, se ha ido forjando, como nunca, una relación férrea entre integridad y reputación como músculos inseparables e indispensables para el desarrollo y sobrevivencia de cualquier organización.

En ese marco, resulta más que evidente la conveniencia de empoderar a los líderes y al management en  el desafío que representa asumir la integridad como un reto, pero también como parte de una forma de ser y pensar la organización que dirigen. Es claro que, una vez que lo entiendan y asuman, ésta se transformará en pieza relevante de la estrategia corporativa, empujando a la entidad a consolidar su reputación y, a la larga, rentabilizar su operación.

Sin embargo, también no es menos cierto que entre los primeros obstáculos que podemos encontrar al momento de visibilizarla y tratar de sensibilizarla, está el escepticismo que ello pudiera generar en los propios líderes, y la alta dirección, por lo que debemos empujarlo con hechos concretos.

En este tenor, y como una manera de hacer comprensible esta argumentación, podemos señalar que según un estudio de una de las tres principales firmas aeronáuticas a nivel mundial, las empresas pierden un 5% de sus ventas por fraudes y malas prácticas. Lo anterior, extrapolado más allá de los procesos judiciales correspondientes y sus costos en términos financieros y de imagen, sumado al posible impacto en el desarrollo futuro de la compañía. Sin ir más lejos no podemos dejar de mencionar casos como la colusión del confort, donde la acción de la principal empresa implicada acumula un retroceso superior al 15%, mientras que su capitalización bursátil registraba una pérdida de alrededor de US$1.500 millones. Por otro lado, vimos un caso de uso de información privilegiada, en el cual un renombrado ejecutivo fue multado por la Comisión de Valores estadounidense (SEC) en US$13 millones y por el regulador de valores local (SVS) en otros US$3,2 millones, acumulando en total más de U$16 millones en multas.

Pese a los denodados esfuerzos, realizados tanto por reguladores como por diversos actores, esto no sirve de mucho si no existe la convicción de querer hacerlo por motu proprio. Sin embargo, si bien no es el escenario ideal sirve de consuelo pensar que pudiese existir un interés en hacerlo por el temor a los devastadores efectos que supone un comportamiento poco ético.

 

Claudio Ramírez, socio y gerente general de Llorente & Cuenca.

FOTO: FELIPE FREDES F/AGENCIAUNO