Lamentablemente, los amantes de la productividad que encontraron en Uber una víctima por quien luchar parece que se quedaron sin más ejemplos nacionales. Sin embargo, Chile está lleno de sorpresas y aberraciones regulatorias. Desde los días de los estancos tenemos una larga tradición de crear protecciones, muchas muy sutiles, que hacen difícil competir contra los que llegaron antes.
Publicado el 25.02.2018
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La polémica Uber vs Taxi permitió discutir sobre el valor de la libertad de trabajo, el costo de las regulaciones proteccionistas y las bondades de la tecnología en favor de los ciudadanos. Fueron días en que parecía haber llegado para quedarse la bendita disrupción tecnológica.

Como fiel hincha de número de la tecnología y de la innovación, hice varias veces de coro de esa posición. Pero aunque sigo creyendo que Uber es una mucha mejor solución que los taxis a la necesidad de miles de personas de moverse desde el punto A al punto B, confieso que creo que, calladita y por atrás, la disrupción tecnológica al servicio de los ciudadanos salió de la escena. Esa gran caja de Pandora que Uber abrió, y que guarda una infinidad de protecciones a distintos oficios y sectores, se volvió a cerrar.

Tienen razón los taxistas en exigir algunas regulaciones sensatas que beneficien a los pasajeros. Y también tienen razón, y mucha, en exigir que si a ellos los van a obligar a bailar con la música de la disrupción, todos los sectores y actores deberíamos entrar a la pista.

Lamentablemente, los amantes de la productividad que encontraron en Uber una víctima por quien luchar parece que se quedaron sin más ejemplos nacionales. Sin embargo, quienes tratan de sacar adelante un negocio o vender un servicio saben que eso no es cierto. Chile está lleno de sorpresas y aberraciones regulatorias. Desde los días de los estancos, que beneficiaron a varios personajes influyentes y próceres, tenemos una larga tradición de crear protecciones, muchas muy sutiles, que hacen difícil competir contra los que llegaron antes, técnicamente conocidos como “los incumbentes”.

Algunas cumplieron hace años su función y otras no son más que el resultado del corporativismo desatado o de la simple influencia política. ¿Si Uber hubiera ofrecido un mejor servicio que los bancos (o las compañías de seguros, cabotaje, notarías, empresas o servicios públicos, por ejemplo) habríamos vivido tanta pasión por la libertad económica y de trabajo? ¿Cuánto se dijo que los taxistas son muchos y no tan influyentes en los pasillos del Congreso, del gobierno de turno o de algunos clubes insignes? ¿Cuánto realmente queremos a la libertad económica?

Hay que celebrar que el nuevo gobierno sea enfático sobre la importancia de destrabar inversiones y eliminar trámites inútiles. Es urgente. Sin embargo, creo que hay una discusión que va más allá de la vocación por facilitar la instalación de nuevos proyectos y de generar nuevos empleos en el mediano plazo. En lo privado, debemos debatir sobre los fundamentos del libre mercado y nuestra genuina tolerancia a lo que trae la tecnología y los modelos de negocios que permite crear. ¿Hasta dónde queremos que la libre competencia sea LIBRE? Y en lo público, debemos definir cuál es la calidad de servicio que queremos darnos como ciudadanos. ¿Quién pesa más, una asociación de funcionarios o las miles de personas que deben definir su día en función de múltiples ventanillas estatales o de si hay o no un paro?

Las encuestas y estudios sugieren que los chilenos valoramos el rol de las empresas, pero no estamos contentos con los servicios que recibimos. Si de verdad uno cree que la competencia mejora esos servicios y que lograr esas mejoras es parte del mandato de un gobierno, entonces la centroderecha debe abrazar genuinamente la disrupción tecnológica como fuente de creación de valor para la sociedad y la economía. Ya sabemos que no será trivial enfrentar a los protegidos, en especial a los de su propio sector, quienes desplegarán una larga lista de los riesgos de eliminar protecciones.

Así como con Uber, habrá que encontrar un punto de equilibrio entre los riesgos de adoptar una forma de nueva de hacer las cosas y los beneficios para los ciudadanos. No explorar con convicción esa tensión de riesgo-retorno es garantía de seguir como siempre, mientras el desarrollo se aleja y nos mira por el espejo retrovisor. En el frente político, no ir de frente de manera proactiva puede derivar en tener que lidiar con la disrupción desde el Congreso o ceder un enorme espacio a una nueva izquierda que aspira a representar a una parte importante del país que valora las empresas, pero que exige un mejor trato.

 

Cristóbal Undurraga, coordinador Comisión Ciencia y Tecnología de Horizontal

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO