Uniformar nuestra reglamentación y nuestras prácticas con los países de la OCDE aparece como una necesidad imperativa. Ello no consiste en modo alguno en cerrarse a la inmigración, sino sólo en regularla para la seguridad e integración del migrante, la seguridad de la comunidad de acogida y el desarrollo de Chile.
Publicado el 05.12.2016
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En el año en que se cumple un siglo de la publicación del Manifiesto Nacionalista de 1916, paradójicamente, empieza a sentirse la invasión extranjera del nacionalismo, hoy como tendencia mundial producto de un sentimiento antiglobalización.

Sebastián Piñera es aplicado. Así como subrayaba los proyectos de ley cuando era senador, suele estudiar los discursos de figuras exitosas, representantes de su sector en el mundo. En su momento fue Sarkozy, también Macri, ahora Trump. No sabemos si habrá llegado a leer a Marine Le Pen diciendo: “Lo que sucede es producto de años de complacencia, de superficialidad, con relación a los principios, a los valores… Hay una necesidad de claridad, de sentido común. Hay una necesidad de autoridad”, pero podría.

En los últimos quince días el tema de la inmigración se ha instalado en los medios de comunicación y encontramos a senadores, diputados y altos dirigentes fijando posiciones. Pero si nos vamos a subir a la ola del nacionalismo, lo lógico es hacerlo desde nuestra tradición nacionalista, que tiene puntos en común y grandes diferencias con las corrientes extranjeras.

Al contrario de la caricatura, el nacionalismo chileno siempre ha propugnado el libre comercio y la integración. En 1916, Subercaseaux promovía una política comercial estable que condujera a la más estrecha unión económica con las naciones limítrofes y defendía la incorporación de capital extranjero a la economía. Jaime Eyzaguirre exhortó a la integración hispanoamericana. Por su parte, el ministro de Hacienda de Ibáñez del Campo, Jorge Prat (nieto del héroe y reconocido nacionalista), fue quien propuso a sus colegas en Brasil la creación del Banco Interamericano de Desarrollo.

A diferencia de otros nacionalismos, el chileno es descarnado en exponer nuestros defectos idiosincráticos; la Nación, entonces no es algo perfecto, un ideal romántico que haya que preservar intacto, sino un cuerpo vivo y en permanente formación. Por esta razón y por nuestra particular composición geográfica y étnica, en que se entrelazan paisajes, climas, razas y tradiciones, la visión nacionalista chilena ha sido consistente en empujar, desde el Estado, instituciones y símbolos que nos convoquen y unan.

Sin embargo, en los últimos 25 años hemos sido víctimas del ideologismo y la ceguera del internacionalismo simplón, pues Chile aplica una fórmula única en la OCDE, que es la posibilidad de cambiar el estatus migratorio dentro del país. El resultado ha sido un efecto “llamada” en que el Estado convoca a todos los extranjeros que lo deseen a instalarse en Chile, sin consideración de su conducta pasada, sus antecedentes o la realidad económica del país. Por ello, uniformar nuestra reglamentación y nuestras prácticas con los países de la OCDE aparece como una necesidad imperativa. Ello no consiste en modo alguno en cerrarse a la inmigración, sino sólo en regularla para la seguridad e integración del migrante, la seguridad de la comunidad de acogida y el desarrollo de Chile.

El nacionalismo, en todas partes del mundo, antes que una doctrina o ideología política, es un sentimiento, por eso aflora en los momentos de crisis y suele ser una respuesta a la incertidumbre. ¿Será que perderemos nuestra identidad? ¿Tendremos que compartir con otros lo que tanto nos ha costado? Chile debe seguir siendo “el asilo contra la opresión”, debemos seguir recibiendo a quienes escapan del horror del hambre y la desesperanza. El llamado a nuestros políticos es a mejorar nuestras instituciones y proteger nuestra nacionalidad, que sigue y debe seguir formándose con quienes demuestren respeto por nuestra historia y tradiciones, y estén dispuestos a integrarse y a trabajar honradamente. Esto se opone a abrir las fronteras indiscriminadamente y a otorgar prestaciones sociales sin exigencia alguna.

Quienes siguen las modas del hemisferio norte a pie juntillas corren el riesgo de abrigarse en verano y morir de frío en invierno. Bien que la centroderecha chilena empuje el cambio de un estatuto de inmigración trasnochado que no se ajusta al Chile de hoy. Bien que encarnemos el sentimiento nacionalista que seguirá creciendo los próximos años, pero desde nuestra tradición: sin odio, sin miedo y con amor propio, pues debemos ser capaces de exigir que quienes se suman a nuestra Patria estén dispuestos a aceptar las reglas que nos imponemos nosotros mismos y a trabajar honestamente por el futuro de todos.

 

José Ignacio Pinochet Olave, abogado y presidente del Tribunal Supremo de Renovación Nacional

 

 

FOTO: MAGALY VISEDO/AGENCIAUNO