Se debe huir especialmente de una “xenofobia selectiva” que valora un tipo de inmigración mientras desprecia la otra; que se alegra de la llegada de españoles o alemanes mientras le enfada la instalación de peruanos o haitianos, y que califica a unos de “extranjeros” y a otros los tilda de “inmigrantes”.
Publicado el 28.12.2016
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Un tema que se ha tomado la agenda de discusión pública ha sido la inmigración. Por cierto, en ello influye la respuesta negativa que muchos países han tenido para acoger a refugiados de lugares en conflicto, las propuestas migratorias del presidente electo Donald Trump en Estados Unidos así como el triunfo del Brexit en Inglaterra y sus consecuencias para la Unión Europea. Ciertamente el tema está presente en el panorama internacional y Chile no es la excepción.

Desde un tiempo a esta parte es posible notar una considerable alza en la migración hacia nuestro país. Basta recorrer las calles de diferentes ciudades para constatarlo. Es común encontrarnos con extranjeros en diversos oficios: atendiendo una bencinera, sirviendo en un restaurant, trabajando en una empresa o realizando clases en nuestras universidades. En Antofagasta podemos encontrar una importante población colombiana, lo que quedó de manifiesto en la última Copa América; y en el centro de Santiago conviven importantes comunidades peruanas, ecuatorianas, colombianas y haitianas. Los últimos, además, podemos encontrarlos incluso en el frío sur de Chile, pese a las condiciones climáticas.

Así lo muestran también las cifras oficiales. El último informe del Ministerio de Relaciones Exteriores informó que entre 2005 y 2014 el número de inmigrantes se duplicó en Chile, pasando de 212.935 a 410.988. Se espera que para 2024 tengamos cerca de un millón de extranjeros viviendo en nuestro país.

Durante las últimas elecciones municipales el tema inmigración estuvo altamente presente y todo parece indicar que será un aspecto central en los distintos programas de gobierno de cara a las elecciones presidenciales de 2017. Es un debate que corre el grave riesgo de caer en populismos y en generalizaciones indebidas, por lo que estimo que un programa de gobierno transformador debe tener en cuenta algunos elementos.

Primero, se debe incorporar una buena dosis de humanidad a la discusión. Una propuesta que reconoce la especial dignidad de toda persona entiende que la mayoría de los inmigrantes abandonan sus países presionados por las malas condiciones económicas o políticas y que lo hacen en busca de una sociedad donde se reconozcan sus derechos, se les otorguen oportunidades y se les permita desarrollar sus propios proyectos de vida, personales y familiares. En ese sentido, se debe huir especialmente de una “xenofobia selectiva” que valora un tipo de inmigración mientras desprecia la otra; que se alegra de la llegada de españoles o alemanes mientras le enfada la instalación de peruanos o haitianos, y que califica a unos de “extranjeros” y a otros los tilda de “inmigrantes”.

En segundo lugar, debemos tener una mirada que reconozca el valor positivo de la inmigración. Desde el punto de vista económico, Chile se ve beneficiado por el impulso emprendedor e innovador con que vienen los extranjeros. Desde el punto de vista político, acoger a quienes huyen de persecuciones o violaciones a los derechos humanos está en el ADN de un país que dice ser el “asilo contra la opresión”. Además, desde el punto de vista cultural, permite que los chilenos conozcamos y apreciemos realidades distintas a las nuestras, lo que es algo relevante para quienes vivimos parcialmente “aislados” entre un océano y una vasta cordillera.

La semana pasada me tocó participar en la graduación de los octavos básicos de la escuela Fernando Alessandri Rodríguez en la comuna de Santiago. La mitad de sus alumnos son extranjeros y parte importante de la otra mitad son chilenos hijos de extranjeros. Debo reconocer que al momento de iniciar el acto y entonar nuestro Himno Nacional, no pude resistir mirar a los alumnos y ver si lo cantaban. Me alegré al comprobar que todos lo hacían animadamente, como si fuera el propio. Al comentarlo con la directora del colegio, me contó la importante integración que se vive al interior de los establecimientos educacionales de Santiago, cuya matrícula no ha disminuido precisamente gracias a la inmigración. Señaló que en su colegio, junto con nuestro himno, una vez al mes entonaban la canción nacional de la familia de alguno de sus alumnos, muchas veces con presencia de sus padres. Esto muestra de manera práctica la forma de enfrentar la inmigración: con una gran voluntad de integrarse a nuestra sociedad, por una parte, y con los brazos abiertos y oportunidades, por otra.

En tercer lugar, debemos hacernos cargo de la falta de una legislación adecuada para la situación migratoria actual, que considere ciertos requisitos de entrada y permanencia en nuestro país, así como de los abusos que algunos de nuestros compatriotas cometen contra los extranjeros, como son los arriendos indignos en muchos lugares de nuestra capital, donde obligados por las circunstancias hacen vida común decenas de personas en una pequeña casa o departamento. Esto lleva a que muchos extranjeros deban cocinar, celebrar o compartir con sus familias en las calles en vez de hacerlo en la intimidad de su hogar, con la sabida molestia de sus vecinos.

En la inmigración tenemos mucho que aprender, porque tiene una forma distinta a comienzos del siglo XXI que la desarrollada en los dos siglos anteriores. Muchas sociedades ven en Chile un país que prosperó, con una economía que se ha desarrollado y mejores condiciones de vida para todos. Esto implica una gran responsabilidad y esperamos que todos los inmigrantes encuentren en Chile un país que les abre las puertas y donde su esfuerzo les permita el mayor desarrollo posible para sus familias.

 

Julio Isamit, coordinador general Republicanos

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO

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