Este “sueño” de las fronteras abiertas en que cada cual ingrese en busca de “derechos” es muy seductor, pero al final del día, “alguien” tiene que pagar la cuenta.
Publicado el 31.01.2016
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Un destacado sacerdote Jesuita, el padre Miguel Yaksic, director del Servicio Jesuita de Migrantes, ha intervenido en varias oportunidades por la prensa y también ante organismos oficiales para liberalizar el acceso de migrantes en nuestras fronteras. Aunque soy católico igual que el Padre Yaksic, discrepo totalmente con sus planteamientos. Su raciocinio apunta a que al poner barreras en el acceso al país, las personas se ven “obligadas” a ingresar por otras vías ilegales. También argumenta que muchos se transforman en víctimas de inescrupulosos que los engañan para ingresar al país. Destaca que en Chile sólo el 2,8% de la población es extranjera, comparado con un 13 % en los países de la OCDE. Finalmente, afirma que los migrantes, antes que trabajadores, son personas sujetas a derechos.

Muy bonito todo lo que nos cuenta el sacerdote jesuita, pero sus planteamientos nos llevan necesariamente a la realidad. Estamos insertos en un mundo globalizado, pero cada país tiene sus propias normas de convivencia, que guardan relación con su historia, sus recursos naturales, su sistema político y legal, sus costumbres y su propia manera de organizarse. Aunque muchos sueñan con esa integración latinoamericana, al estilo Chávez, hasta ahora han sido sólo frases y proclamas populistas.

Chile y sus autoridades, al igual que otros países, tienen la obligación de cuidar a sus habitantes, generar desarrollo, resguardar la soberanía y buscar el mejor camino para sus pueblos. Este “sueño” de las fronteras abiertas en que cada cual ingrese en busca de “derechos” es muy seductor, pero al final del día, “ALGUIEN” tiene que pagar la cuenta. Los derechos cuestan dinero y en un país como el nuestro, plagado de problemas sociales, con un porcentaje alto de personas en situación de pobreza, con una inseguridad interna feroz, con déficit importantes en educación y salud y además con amenazas diarias de Bolivia, no parece prudente esta política propuesta por Yaksic. Más aún, me parece de una irresponsabilidad brutal.

Su argumento de fondo es falaz, pues al facilitar el acceso llegarán muchos pensando en que Chile es “el paraíso en esta tierra”, mas al ingresar, se darán cuenta de que ya el norte no absorbe mano de obra en la minería, lo que ha generado guetos peligrosos en Antofagasta e Iquique, en los que la policía no puede siquiera ingresar. Muchos extranjeros sin trabajo, escapando de la delincuencia en sus países, se ven forzados a delinquir en Chile, agravándose el problema. Parece muy ingenua la propuesta del Padre Yaksic, pues si no hay trabajo, no hay destino para esos miles de miles que llegarían. Si analizamos el problema de los sirios en Alemania, es fácil concluir que Angela Merkel se equivocó, pues un millón de refugiados en un año en ese país son inmanejables, lo que generará respuestas xenofóbicas, las mismas que se quieren evitar.

Chile debe tener una política de inmigración clara, respetuosa de los derechos, pero con mucho énfasis en las obligaciones de quienes pretenden vivir en nuestra patria. Los principales países desarrollados, entre ellos Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Estados Unidos y los países escandinavos, tienen políticas muy estrictas en relación a materias de inmigración. Cada país debe reservarse el derecho de establecer exigencias y tener conocimiento de habilidades y experiencias de quienes quieren cambiar su país de residencia. Cuando en Chile hay compatriotas que llevan años esperando acceder a una operación quirúrgica, no parece justo que alguien recién llegado al país tenga los mismos derechos. Este es un tema de recursos limitados y de necesidades múltiples. Lo mismo sucede cuando irresponsablemente el gobierno ofrece educación gratis, de calidad y a todo nivel. Esta oferta es una mentira.

Padre Yaksic: es pecado mentirle a la gente, de acuerdo a nuestros 10 mandamientos. Ojalá Chile pueda recibir a muchos extranjeros en busca de mejores oportunidades, pero a nuestro país se entra por la puerta, con la verdad y con el firme compromiso de cumplir a cabalidad nuestras normas. ¿Qué pasaría si en los jardines del Vaticano se alojaran miles de refugiados en busca de mejores oportunidades? Todo tiene un límite. Los procesos de inmigración deben ser responsables, graduales y con respeto a quienes han nacido en Chile y entregado lo mejor de sí, para hacer grande a Chile.

 

Andrés Montero J., Ingeniero Comercial U. de Chile, M.A. The Fletcher School of Law and Diplomacy.

 

 

FOTO: MATIAS DELACROIX/ AGENCIAUNO