Ahora el término "infantilismo" y sus derivados se utilizan de manera más laxa, incluso fuera de su tradición de origen. En Chile, por ejemplo, se ha vuelto una categoría de 140 caracteres.
Publicado el 24.09.2014
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En la tradición retórica de las izquierdas, el infantilismo revolucionario es un dispositivo polémico. Sirve para acusar a los adversarios situados más a la siniestra de confundir sus deseos, su actitud político-ideológica según escribía Lenin, con la realidad objetiva. Y agregaba el siguiente consejo práctico: la táctica revolucionaria debe basarse en una evaluación sobria y estrictamente objetiva de todas las fuerzas sociales del particular Estado, y los Estados que lo rodean y de todos los Estados del mundo.

Ha pasado mucha agua bajo los puentes de la historia desde entonces, 1920, cuando Lenin polemizaba con la (ultra) izquierda germana. Incluso el fin de la Unión Soviética, la reunificación de Alemania, el retroceso mundial del espíritu revolucionario, el término de la guerra fría, la revolución digital y la globalización del capitalismo hasta penetrar más allá de la muralla China.

Ahora el término ‘infantilismo’ y sus derivados se utilizan de manera más laxa; incluso fuera de su tradición de origen.

En Chile, por ejemplo, se ha vuelto una categoría de 140 caracteres. O poco más.

Así, hace unas semanas el Intendente de La Araucanía advertía que “si alguien cree que desde su infantilismo revolucionario puede hacer exigencias a la autoridad quemando bodegas y quemando fardos, yo creo que le hacen un flaco favor a la causa mapuche”.

Por su lado, un Senador UDI aparecía en la prensa acusando a uno de sus colegas (el de la retroexcavadora) de “infantilismo revolucionario”.

Por su lado, un columnista de la centro derecha proporcionaba su propia definición del fenómeno: “He aquí el paradigma del infantilismo revolucionario: la incapacidad de ganar la partida siguiendo las reglas del juego”. Otro, situado en el lado opuesto del espectro, titulaba su columna: “Asamblea Constituyente: ¿Infantilismo de izquierda…?”, para de inmediato desechar tal tesis.

Más recientemente, el Presidente de la DC constató que “ha habido un cierto progresismo infantil, un cierto progresismo refundacional que creyó, ingenuamente y en forma simplista, que gobernar era un simple acto de voluntad y que nuestra misión era sólo enarbolar las banderas de la calle”. A lo cual le responde un parlamentario de la Nueva Mayoría: “aquí no hay infantilismo progresista, sino un añejo conservadurismo”.

En fin, ¿qué se esconde bajo la retórica del infantilismo?

Primero, la denuncia de que hay personas, propuestas o actitudes que revelarían la persistencia de los caracteres mentales propios de la infancia. Y estos, ¿con qué se asocian? Como dirá cualquier diccionario de sinónimos, con términos tales como impúber, puerilidad, aniñado, niñería, inocente, ingenuo. Luego, infantilismo apunta siempre a una brecha entre la madurez esperada en una situación y la respuesta ofrecida, que corresponde a la de un niño, alguien sin experiencia, sin una comprensión acabada de la complejidad de los retos y riesgos que enfrenta.

En el arsenal del lenguaje político de las izquierdas de comienzo del siglo XX, sirvió para oponer a revolucionarios-profesionales, expertos o técnicos en revolución, de revolucionarios-románticos, apasionados, que solamente confundían sus deseos subjetivos con las posibilidades de lo real.

Más tarde adquirió un nuevo sesgo distintivo: fue utilizado por la retórica socialdemócrata para defender al reformismo, el cambio gradual dentro de las instituciones de la democracia capitalista, frente a los postulados del socialismo revolucionario (o comunismo), que aparecía vinculado a, cuando no inmerso en, la defensa de los regímenes totalitarios del bloque soviético.

Ahora último, en tanto, este concepto reaparece entre nosotros para polemizar ya bien con posturas utópico-radicales, antisistema, refundacionales, que suelen desfilar por las calles de la ciudad, o bien con modalidades de un progresismo que, operando dentro de la institucionalidad, se pinta a sí mismo y a sus propuestas de colores más vivos (revolucionarios) de los que merece. En el primer caso el término remite a Lenin, movimientos infantiles que se rigen por el principio del placer y no aceptan las restricciones de la realidad. En el segundo, remite a un exceso de la imaginación de quienes -cuando luchan por una variedad de capitalismo, un matiz, un estilo algo distinto de desarrollo (ah, ¡el capitalismo de rostro humano!)- creen (o aparentan creer) estar socavando las raíces del sistema, cambiando de paradigma a la política, introduciendo alteraciones estructurales al modo de producción y cultura; en suma, comenzando un nuevo ciclo y erigiendo una nueva sociedad. Un cambio de marea.

Una sensación de base atraviesa ambas formas de infantilismo contemporáneo. ¿Cuál es?

La sensación de que se ha producido una (atroz) reducción del campo de lo posible impuesta por el capitalismo global, la democracia representativa y asociativa de intereses diversos y la postmodernidad cultural con su enfriamiento de los ‘grandes relatos’ y la difusión del pensamiento tuiteado. Como alguna vez apareció dicho en Le Monde: “Todo se ha gastado: revoluciones, ganancias, milagros”.

Frente a esta realidad, los rebeldes -auténticos, desesperados, soñadores y los otros, inauténticos, gatopardistas, falsos profetas- invocan la frase evangélica: “En verdad os digo: si no cambiáis y llegáis a haceros como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Y van adelante, exponiéndose a ser acusados de infantilismo (de diverso tipo) por los reformistas. Estos, en tanto, pagan el precio kantiano y freudiano de la adultez: salida de su minoría de edad y uso del propio entendimiento para vivir con autonomía y elegir dentro de las opciones civilizadas. El reformismo elige cambiar el mundo en la medida de lo posible. O, si se quiere, a la luz de una ética de la responsabilidad. Y acepta el riesgo de caer bajo el argumento esgrimido por los soñadores contra los realistas: todo será igual después de que todo haya cambiado.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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