Para Mansuy, lo que no comprendería el individualismo es que la libertad no es absoluta, porque hay planos “donde carecemos de decisión”, como el sexo, nuestros padres, el lugar de nacimiento. Sin embargo, desde una visión individualista —bien entendida— dichas situaciones no son estáticas: la identidad de género puede desafiar el sexo biológico (personas transgéneras); los hijos, pueden ser acogidos por padres adoptivos (incluso homosexuales); y los migrantes, que dejaron atrás su patria, pueden elegir nacionalizarse.
Publicado el 19.06.2016
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Daniel Mansuy acaba de publicar el libro Nos fuimos quedando en silencio. La agonía del Chile de la transición (Santiago: IES, 2016), en el que reflexiona sobre la transición post dictadura y sobre la crisis política que, desde el movimiento estudiantil de 2011, se extiende hasta el presente. Considerando que el comentario de un libro excedería el espacio de una simple columna, me centraré únicamente en su crítica al individualismo, que asocia tanto al modelo económico vigente (“el neoliberalismo”) como a la derecha política, que tilda de “economicista”. Ambos —el modelo y la derecha— propiciarían un individualismo liberal que deprecia “la política”, entendida como vida colectiva.

Como parte de una tradición comunitarista, Mansuy coincide con la izquierda en que el modelo, que considera parte de un “liberalismo estrecho” (p. 137), produce una sociedad basada en “átomos aislados”: en individuos que persiguen sus propios intereses, sin pensar sus vidas en una “dimensión social”. Por ejemplo, cuestiona el hecho de que una madre trabaje los fines de semana en un mall, afectando la posibilidad de educar a sus hijos, al menos de manera adecuada. “¿Qué tipo de efectos sociales tiene que muchas familias no puedan de disponer de tiempo común?” (p. 140).

En 2011, y también con relación a dichos centros comerciales, pero ahora pensando en los consumidores, señalaba: “[…] podemos ir alegremente a comprar al mall un domingo, o tarde en la noche de un día hábil, pero nos cuesta mucho hacernos la pregunta de si al hacerlo estamos incentivando un régimen que tiende a disociar los espacios familiares, y tampoco estamos dispuestos a hacernos responsables de las consecuencias de un fenómeno de este tipo” (Daniel Mansuy, “Rehabilitar la política”, en Cristóbal Bellolio [editor], #dondeestaelrelato [Santiago: Instituto Democracia y Mercado, 2011], 91).

A partir de argumentos voluntaristas, y desde una visión que justamente olvida las realidades concretas de cada persona, Mansuy piensa la política como la disposición de valores comunes que, supuestamente, harían la vida más humana. Este argumento es en apariencia convincente, pero ¿acaso las madres que trabajan en los malls los fines de semana, no lo hacen por el bien de sus hijos? ¿Por qué no habría de entenderse este trabajo como un paso para acceder a mejores oportunidades? ¿Por qué desde arriba —y desde fuera: en este caso, a partir de una determinada visión política— se deberían cuestionar las labores y los horarios de las personas?

Pero yendo a lo conceptual, resulta llamativo que intelectuales públicos (Mansuy no es el único) insistan en fabricar hombres de paja en torno al individualismo liberal. Como bien aclara Friedrich Hayek, pensador que Mansuy cita en diversos pasajes de su libro (aunque de manera poco exacta), el individualismo verdadero (no su caricatura) no supone la existencia de individuos puramente autónomos y aislados, sino que apunta a la comprensión de los fenómenos sociales desde las acciones individuales. En otras palabras, no es posible entender a las entidades sociales como independientes de sus miembros. De hecho, bajo este principio, una sola persona puede crear una fundación con fines benéficos, integrando a otras a su misión institucional.

El individualismo liberal —y pese a que, desde visiones colectivistas, se le suela caricaturizar con una suerte de egoísmo alienante— es también una conquista de civilización en términos históricos. Se trata de un concepto muy importante en la superación de las sociedades estamentales, vigentes en Occidente hasta bien entrado el siglo XVIII. En efecto, el liberalismo trajo consigo la noción de que las personas son universos y no partes de un todo mayor; y que, por tanto, tienen derecho a construir sus vidas como mejor les parezca, salvo que agredan o violen la libertad de terceros. En cambio, bajo el Antiguo Régimen, las personas no podían elegir su profesión u oficio, ni tampoco vestirse de acuerdo a su propio gusto, sino según el gremio o estamento al que estaban adscritas. La idea de individualismo supone, también, la de igualdad moral y jurídica, en respuesta a los privilegios de algunas minorías sociales (la nobleza y el clero). Y, en fin, el individualismo liberal es la base de la libertad personal, ya no subordinada a la pertenencia de nacimiento a algún colectivo (en los griegos, a la condición de ciudadano). Es el soporte del constitucionalismo moderno, que entiende las constituciones como garantías de derechos individuales, y que —a diferencia de la caricatura referida— se ejercen en interacción con otros: libertades de asociación, de prensa, de reunión, etc.

Para Mansuy, lo que no comprendería el individualismo es que la libertad no es absoluta, porque hay planos “donde carecemos de decisión”, como el sexo, nuestros padres, el lugar de nacimiento (p. 151). Sin embargo, desde una visión individualista —bien entendida— dichas situaciones no son estáticas: la identidad de género puede desafiar el sexo biológico (personas transgéneras); los hijos, pueden ser acogidos por padres adoptivos (incluso homosexuales); y los migrantes, que dejaron atrás su patria, pueden elegir nacionalizarse. En definitiva, la crítica a este principio —y la consiguiente suposición de que los “verdaderos” valores surgen desde fuera de los individuos— implicaría negar que las personas son suficientemente capaces para construir sus proyectos vitales, en coexistencia pacífica con otras. Y precisamente, ojalá fuese esto lo que la derecha chilena defendiese con fuerza y convicción.

 

Valentina Verbal, Magíster en Historia.