La decisión del canciller deja en entredicho la veracidad de todo lo que hemos visto en la última semana en este episodio.
Publicado el 19.10.2014
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Seguramente al embajador Eduardo Contreras le resulta normal y hasta agradable contradecir a Churchill, pero nunca debe haber imaginado que lo haría de una manera tan original, como ocurrió con su reciente episodio de incontinencia ideológica. En efecto, una famosa frase del político conservador reza que: “el diplomático es una persona que primero piensa dos veces y finalmente no dice nada”. Exactamente lo contrario que nuestro embajador, que primero no pensó y luego dijo demasiado.

Pero, bromas aparte, no debiera sorprendernos mucho el episodio, porque todo buen comunista está, en primer lugar, al servicio de su ideología. Ya lo dijo el joven Karl: “proletarios del mundo uníos”. Por supuesto, el llamado era a que se unieran, especialmente, frente al Estado burgués, el opresor por excelencia. Entonces, sería una ingenuidad pedirle al embajador Contreras demasiada sutileza en estas materias y menos que se sienta representante de esa parte de la sociedad chilena que él llama “la derecha fascistoide”.

Así como un comunista consecuente no podría ser Presidente de todos los chilenos, tampoco puede ser embajador de todos los chilenos; porque el comunista, por propia definición, tiene una visión maniquea de la sociedad. El explotador debe ser derrotado en cuanto tal y una vez logrado aquello, alcanzado el socialismo, existirá la unidad en que todos nos fundiremos en el pueblo proletario. A estas alturas es difícil describir esto sin que parezca un poco tomadura de pelo, pero es cosa de ver noticias para observar a los representantes actuales del comunismo, que andan con el mismo ceño arrugado, permanentemente enojados, tal como los de antes de la caída del muro y con el mismo discurso, aunque ahora lo lean en la pantalla de su iPad.

Con todo, se entendía que había un pacto entre los gobernantes del “Estado burgués” y los dirigentes de PC, en virtud del cual el ingreso a la coalición de gobierno requiere que se conserven ciertas formas, especialmente si algún “compañero” asume un cargo de Estado tan solemne como el de representante diplomático ante otro país. Incluso don Karl entendía que en el camino al socialismo se requieren ciertas concesiones tácticas. Pero nuestro embajador, todo un ejemplo de la histórica tradición del comunismo chileno, parece ser incluso más ortodoxo que su profeta y, por lo visto, no se le da mucho eso de las concesiones tácticas.

Sin embargo, la decisión del Gobierno de mantenerlo en el cargo lleva las cosas a un nivel de análisis diferente, ya que sus consecuencias son como esquirlas que llegan bastante lejos. En primer término, sorprende que el Gobierno no distinga entre su legítimo derecho de aceptar las disculpas, con permitir la impunidad de la conducta. Obviamente son dos cosas muy diferentes, uno podría entender y aceptar que la Presidenta, después de remover al embajador de este cargo, le disculpe su falta y lo destine a una posición diferente dentro de su gobierno. Lo que no es razonable es esta suerte de amnistía, en que por un acto de voluntarismo político se pretende que se pueden eliminar los efectos de lo que pasó. Don Eduardo Contreras ya no puede hacer el trabajo de embajador de Chile en Uruguay, está incapacitado para ello porque, como todos sabemos, partiendo por los uruguayos, no reúne los requisitos para el cargo. Eso no es disculpable.

En segundo término, y lo más importante, es que la decisión del canciller deja en entredicho la veracidad de todo lo que hemos visto en la última semana en este episodio. ¿Quién puede asegurar que las prontas disculpas del embajador y el llamado a informar no fueron más que una coreografía para salvar su situación política? Objetivamente nadie podría, subjetivamente unos podrán decir que lo creen y otros que no.

Ese nivel de entredicho, en una materia tan importante, provoca un serio daño institucional, especialmente en la Cancillería y en la convivencia cívica; porque una cosa es que una persona cometa una imprudencia y otra muy distinta es que, puertas adentro, su conducta sea política y moralmente validada, montándose una suerte de representación con el único fin de salvar las formas. Por esto es que, frente a este tipo de episodios, los gobernantes de las democracias desarrolladas actúan de una manera que no deja lugar a especulaciones.

El canciller Muñoz es un diplomático y un servidor público de primer nivel, debiera reflexionar serenamente sobre las consecuencias de su decisión, las que van más allá de los equilibrios políticos de su coalición. Todavía hay un tiempo prudente para dar una señal clara, separando las limitaciones y errores personales, de las decisiones que definen institucionalmente a un gobierno y al sector político que lo conforma.

Gonzalo Cordero, miembro del #ForoLíbero.

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

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