Propongo poner el énfasis en reconocer que los seres humanos somos todos semejantes, pero también somos ricos en diversidad. Y ha sido precisamente esa diversidad lo que ha permitido que la humanidad alcance tan espectacular desarrollo.
Publicado el 19.01.2015
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Desde hace algún tiempo me ha llamado la atención el interés y pasión que concita la idea de la “igualdad”. Me he preguntado: ¿Es posible lograr la igualdad? ¿Existe algún ejemplo de igualdad estricta de objetos u organismos en el mundo real más allá de abstracciones mentales (por ejemplo, las matemáticas o la definición de reglas de cumplimiento)? Si en un sentido físico no existiese o fuese inmaterial, ¿qué sentido y alcance se le podría dar a la idea de igualdad en el ámbito de la acción humana? ¿Acaso no somos incluso los hermanos, hijos de los mismos padres, semejantes, pero al mismo tiempo definitivamente distintos?

Por otra parte, también me he preguntado: ¿demandamos los humanos, realmente, igualdad? La observación casual parece apoyar la tesis que la demanda es más bien por diversidad y no por igualdad. Para tener una idea de aquello, basta salir a la vía pública y observar la apariencia de las viviendas y la vestimenta de los transeúntes. Si la pregunta que se formula es si me gustaría igualarme con mis semejantes respecto de mis “carencias” materiales y potencialidades genéticas “relativas”, la respuesta positiva sería obvia. Pero también convengamos que la pregunta es deshonesta porque equivale a preguntar si deseo obtener algo valioso en forma graciosa. Lo anterior sin siquiera preguntarnos sobre el origen de los bienes o potencialidades a transferir, es decir, quién y qué debe sacrificar para lograrlo.

Por último, también me he preguntado (y solo a modo de experimento mental): ¿cómo sería un mundo en que todos los humanos fuésemos iguales? Ciertamente nuestra civilización sería distinta y presumiblemente más primitiva. La igualdad desalentaría la especialización y nos impediría obtener los beneficios que provee la división del trabajo, y el efecto que ella tiene y ha tenido en el desarrollo del tejido socio económico de nuestra civilización. ¿No ha reparado nunca Ud. que obtenemos casi todos los bienes y servicios que normalmente consumimos de terceros, y que lo hacemos con la remuneración que recibimos por nuestro trabajo especializado? De hecho, si no contásemos con la división del trabajo, la población mundial hoy existente sería desproporcionadamente mayor que aquella posible de sostener. ¿Se imagina Ud. fabricándose su vestimenta y procurando su propio alimento y albergue?

Si aceptamos que la igualdad es una concepción abstracta, en la práctica irrealizable, y que no es demandada espontáneamente, ¿por qué el empeño de algunos sectores en buscar imponerla a otros? Si más igualdad conllevase más bienestar para todos, quizás habría un argumento racional que sopesar. Pero, tampoco parece ser el caso. Existe razonable consenso en que la igualdad impuesta está asociada a una menor disponibilidad global de bienes. Solo a modo ilustrativo cabría recordar los resultados del experimento marxista que culminó con la caída del Muro de Berlín. Alternativamente, pregúntele hoy a los chinos respecto de los méritos de un sistema económico que procure la igualdad. Pregúntele a los vietnamitas. Si mantiene la duda, puede programar unas vacaciones en Corea y comparar el Norte con el Sur.

Quizá entonces la explicación, para insistir en la imposición de la igualdad, estuviese en que el que se piensa que la prosperidad de unos se da a costa de otros. O sea un juego de suma negativa. Se sostiene entonces, que en aras de corregir este menoscabo debiésemos imponer igualdad para lograr justicia. Pero esto tampoco es cierto. En un esquema institucional verdaderamente respetuoso de la libre iniciativa y emprendimiento la causalidad es la inversa. En tal contexto, la acción de los relativamente más productivos, precisamente hace posible que los menos dotados sean menos pobres en términos absolutos. ¿Por qué cree Ud. que un “mismo” trabajo físico y mental pueda hoy ganar tanto más en términos reales que hace 100 años? Principalmente porque la cantidad y calidad del capital existente hoy es mayor que en el pasado, y porque el trabajo y el capital (trabajo ahorrado) son complementarios.

Luego de intentar destilar pacientemente los fundamentos de la pócima de la igualdad, sigo perplejo frente a su culto. Añoro alguna explicación sólida y convincente que me permita comprender.

Hay sin embargo una posible explicación alternativa. Una a la que me he resistido por considerarla inmoral. ¿Cabría la posibilidad de que esa obsesión por la igualdad desarrollase sus raíces alentada por el sentimiento de la “envidia”? Si así fuese, ¿hemos inadvertidamente caído en el extremo de propiciar políticas públicas fundadas en un mal? Me parece que de ser así, el tema es inquietante. Como seres humanos somos individualmente falibles. Pero el Estado, a mi entender no puede de forma legítima desarrollar acciones que coartando la libertad de algunos, lo haga además, por la vía de promover el mal. La envidia, además de ser un mal, no tiene límite. Una vez validada por el Estado como bandera encubierta de lucha, las arbitrariedades tampoco tendrían límite. Por no encontrar aún respuesta convincente, tengo crecientemente el ingrato sentimiento, de que podríamos estar en riesgo de cruzar estos delicados umbrales.

Finalmente, en contraposición a la búsqueda de la igualdad, propongo poner el énfasis en reconocer que los seres humanos somos todos semejantes, pero también somos ricos en diversidad. Y ha sido precisamente esa diversidad lo que ha permitido que la humanidad alcance tan espectacular desarrollo. Respetémosla.

 

Pablo Ihnen de la Fuente, Ingeniero y Consejero Libertad y Desarrollo.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO