La urgencia de un proyecto que garantice y proteja los derechos de la mujer es evidente, pero esto no será posible si nos empecinamos en pasar gato por liebre mediante una ley que instrumentaliza a la mujer como objeto de lucha.
Publicado el 27.03.2017
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La dramática historia de Nabila Rifo, quien fue brutalmente agredida por su pareja, nos enfrenta a una terrible realidad: la situación de violencia en la que viven muchas mujeres y la urgencia de avanzar en la ley contra la violencia hacia la mujer, proyecto que hoy está en discusión en el Congreso.

Sin embargo, y como ha sido el tenor reciente al discutir estos temas, la “mujer” ha sido tomada por ciertas corrientes como una bandera de luchas ideológicas, las cuales sólo permiten promover su rol dentro de la sociedad y proteger su dignidad en los términos que ellas mismas determinan, es decir, desde una visión de ideología de género. Así, vemos con preocupación cómo la iniciativa de este proyecto, que en principio busca para las mujeres una vida libre de violencia, ha sido instrumentalizada para reivindicar pretensiones particulares, introduciendo por secretaría una determinada visión de persona.

Especialmente preocupan dos cuestiones. Primero, la forma en que la ley entiende la relación de hombre y mujer, la cual estaría dada históricamente por un trato de subordinación, provocando el abuso de una sociedad machista. Así, la ley se presenta como una herramienta de reivindicación de los derechos de la mujer, liberándola de esta sumisión, lo cual bajo la visión de ideología de género, sólo se puede lograr igualando de manera absoluta al hombre y a la mujer, eliminando toda diferencia natural entre ambos sexos. Además de no solucionar el problema —que no es otro que la valoración y dignidad de la mujer, pues le niega precisamente su identidad femenina—, el texto presenta al hombre y mujer como opuestos, sin que existan ente ellos fines comunes, rompiendo con los vínculos de amistad propios de toda persona, que son los que permiten precisamente la vida en sociedad.

Por otro lado, la ley introduce una serie de conceptos y derechos entendidos de manera amplia y sin contenido claro —con consecuencias tanto jurídicas como sociales—, que no hacen más que desviar la atención de lo verdaderamente relevante: la vida de la mujer y su integridad física y psíquica. Pasando a llevar, además, discusiones importantes que debemos tener como sociedad. Así lo vemos en las medidas que debe adoptar el Ministerio de Educación para introducir una “perspectiva de género” en la orientación docente y la formación curricular, o en el derecho de la mujer a su libertad reproductiva y sexual. ¿Cuál es el alcance de estas medidas? ¿Bajo qué criterios? Son cuestiones que no se resuelven en el texto.

La urgencia de un proyecto que garantice y proteja los derechos de la mujer es evidente, pero esto no será posible si nos empecinamos en pasar gato por liebre mediante una ley que instrumentaliza a la mujer como objeto de lucha. Las mujeres sólo podrán vivir libres de violencia si ponemos en el centro de la legislación su dignidad, comprendiendo el rol que juegan en nuestra sociedad —complementándose con el aporte masculino—,  valorándolas así en cuanto lo que realmente son: mujeres.

 

Magdalena Vergara, directora de Estudios IdeaPaís

 

 

FOTO: JONAZ GOMEZ/AGENCIAUNO