La Nueva Mayoría construye la imagen de que cruzamos una situación tan precaria que si no se realizan las urgentes transformaciones, vamos al despeñadero.
Publicado el 23.09.2014
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Debido a la compleja situación económica que afronta Chile y a las reacciones que generan las profundas reformas que se propone el gobierno de la Nueva Mayoría, somos lamentablemente un país que vive secuestrado por los temas coyunturales del día a día, lo que nos impide levantar la cabeza y dirigir la mirada más allá del plato que encontramos sobre la mesa. En esas circunstancias, marcadas por la incertidumbre y la urgencia, la oposición es la que más sufre. Por ello, se limita a reaccionar, a mantenerse en el área chica, a congratularse cuando se logra responder a los retos que se le plantean.

La Nueva Mayoría trabaja, sin embargo, con una visión más amplia, con táctica y estrategia, con una combinación magistral entre el marco general que formula y dicta misiones, y las tareas y metas cotidianas y puntuales, opera con un plano de lo general y otro de lo singular. El hecho de estar en La Moneda y contar con mayoría parlamentaria le facilita las cosas. En este contexto me llaman la atención cuatro idealizaciones que la Nueva Mayoría cultiva, circula y reitera porque se trata de ideas que apuntan a construir la atmósfera ideológica, la estructura de sentimientos y percepciones de un ciclo.

La primera idealización es la del pasado reciente de Chile. Según ella, hasta antes del régimen militar éramos un país con alma colectiva, bastante igualitario y solidario, digno de añoranza. No lo dicen conservadores que extrañan al Chile atrasado y pobre de los sesenta, sino retrogresistas, que de pronto sueñan con lo que fuimos. Pese a que hoy muchos nos consideran modelo en materia económica, social, de integración al mundo y lucha efectiva contra la pobreza, y que por primera vez -tras decenios de políticas estables- nos ubicamos a la cabeza del desarrollo humano regional, la Nueva Mayoría construye la imagen de que cruzamos una situación tan precaria que si no se realizan las urgentes transformaciones que ella postula, vamos al despeñadero. Quienes esto plantean, olvidan las estadísticas y que hasta los setenta era común que niños descalzos tocaran puertas por la noche pidiendo “pan duro” y zapatos viejos. Para los nostálgicos: hasta los setenta Chile fue un país modesto de América Latina, que avanzó en los últimos decenios gracias a políticas económicas de consenso.

Otra idealización: la del gobierno de la Unidad Popular. Se lo caracteriza a partir de su programa de identificación con “los pobres del campo y la ciudad”, no de los resultados concretos que obtuvo –inflación galopante, desabastecimiento, caída de inversiones, desempleo, polarización extrema, etc.-, y se lo convierte así en un emprendimiento justo, popular y mayoritario, que encontró resistencia sólo en “los poderosos de siempre” y unas fuerzas armadas infiltradas por “el fascismo criollo”. Esta segunda idealización se contradice con la primera, puesto que si el país estaba tan bien, no era necesario un gobierno tan radical, pero es el modo en que se articula un relato de un pasado superior al presente “discriminatorio, desigual, individualista e injusto”.

La tercera idealización es la del “político artista”, figura que emplea a menudo el ex parlamentario sueco, de origen chileno, Mauricio Rojas: Si en el pasado la Concertación privilegió el político estilo Patricio Aylwin, que avanza en la medida de lo posible; de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que impulsa el país desde una mirada tecnocrática, o la de Ricardo Lagos, el estadista que logra conciliar la diversidad de intereses de la sociedad, la Nueva Mayoría idealiza el “político artista”, aquel que precisa un lienzo limpio para plasmar su obra fundacional. Para el político “artista”, un país debe partir de cero, debe ser un lienzo blanco para plasmar la gran obra de arte: un país nuevo y diferente. Lo cierto es que los países son palimpsestos, no un lienzo pintado de blanco para que el artista deje su impronta única.

La cuarta idealización es la de la “mayoría cualitativa”. Esta se esgrimió durante el gobierno de la Unidad Popular. El concepto se construyó entonces del siguiente modo: es cierto que quienes apoyamos las reformas revolucionarias, somos minoría, pero como representamos demandas populares justas y urgentes, y marchamos con el rumbo de la historia, somos mayoría en términos cualitativos. Quienes se inspiran hoy en una mirada semejante son menos propensos a reconocer el cambio de ánimo de la población en estos meses y tienden justificar contra viento y marea la necesidad de ejecutar los cambios profundos que fueron planteados en términos generales durante la última campaña presidencial.

Estas cuatro idealizaciones se hallan fuera de la coyuntura diaria, desde luego, pero se manifiestan como la música de fondo que perfila y orienta las acciones cotidianas, volviéndolas de sentido común ante la ciudadanía. A menudo la oposición responde sólo en el nivel de las acciones concretas y coyunturales, e ignora la imprescindible música de fondo que acompaña la danza de las ideas en toda sociedad democrática. La Nueva Mayoría, por el contrario, acumula vasta experiencia en ese ámbito. Mientras la oposición no logre discriminar y operar en ambos niveles, seguirá a la defensiva.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

FOTO:NADIA PEREZ/AGENCIAUNO

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