Hoy parece urgente saber distinguir la sátira, esa técnica literaria que expone y ridiculiza lo absurdo o reprochable de la conducta de los políticos con el objetivo de lograr un cambio; de la simple ridiculización y ataque a un político, generalmente con nombre y apellido, sin más intención que la de ganar aplauso fácil, pues apela a un malestar generalizado y que se encuentra a flor de piel.
Publicado el 26.02.2016
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La discusión respecto a las rutinas de humor en el Festival de Viña del Mar no es nueva. Al menos en las últimas cinco ediciones del certamen ha ocupado cierto espacio relevante en los comentarios de la clase política, los medios de comunicación y la opinión pública en general.

Este año han sido las rutinas de Edo Caroe, Rodrigo González y Natalia Valdebenito las que han estado, en mayor o menor grado, en el ojo del “huracán”, con reacciones que van desde la hipócrita rasgadura de vestiduras hasta las moderadas declaraciones oficiales que han salido de La Moneda que no son más que un “sí pero no”, precisamente porque en una época en que se sacraliza la libertad de expresión, decir que algo dicho es incorrecto es arriesgarse al ostracismo.

Antes de que la discusión se extinga por sí misma acabado el certamen festivalero y sólo se reavive con los Lagarto Murdock, los Yerko Puchento, los Clubs de la Comedia o los espacios y humoristas de moda, vale la pena reflexionar sobre el binomio humor y política.

Desde luego no es una relación nueva. Desde Aristófanes en Grecia y Horacio y Juvenal en Roma hasta los viajes de Gulliver y algunos pasajes de Huxley y Orwell, el humor abraza la crítica hacia el sistema político como modo de denuncia a través de la risa.

Ahora bien, como para muchos fenómenos, el siglo XX significó un estallido espacial y temporal, y la llegada de las pantallas ha hecho de la relación humor y política algo cotidiano y universal. Desde Jay Leno, Conan O`Brien y Jon Stewart hasta Saturday Night Live, Los Simpson y South Park han sido protagonistas de una crítica política cada vez más ácida.

¿Por qué genera entonces este escándalo las rutinas de los últimos días en Viña? Al parecer porque pese a este auge en las últimas décadas parece importante entender que en un espacio como la Quinta Vergara se ignora la premisa que se mantiene desde los orígenes de la risa hacia el político y se prefiere reemplazar el arte profesional por el insulto callejero.

Hoy parece urgente saber distinguir la sátira, esa técnica literaria que expone y ridiculiza lo absurdo o reprochable de la conducta de los políticos con el objetivo de lograr un cambio; de la simple ridiculización y ataque a un político, generalmente con nombre y apellido, sin más intención que la de ganar aplauso fácil, pues apela a un malestar generalizado y que se encuentra a flor de piel.

Es entendible que a metros de las fauces del monstruo festivalero, optar por el segundo camino sea lo más tentador y, por ende, lo más común. Si se ve que la bestia comienza a salivar, nada más sencillo que lanzar de aperitivo al político sucio del momento. Ya el mítico Will Rogers decía que “es fácil ser humorista cuando tienes a todo un gobierno trabajando para ti”.

Nadie puede ser tan ingenuo de no distinguir la diferencia sustancial –y posiblemente a ese punto deberían referirse los críticos que busquen calar– entre una carcajada generada por un Coco Legrand, quien dispara con inteligencia al político deshonesto, el funcionario público indolente y al cura soporífero; y la risotada animalesca que provoca insultar hoy a Sebastián Dávalos, Cristián Riquelme y Fernando Karadima.

El objetivo de una reflexión respecto a lo que es el humor político inteligente y positivo y la ofensa efectista demoledora no es la defensa de los aludidos ni mucho menos, sino que evitar el insulto al público, que finalmente es el que es tratado como una muchedumbre no muy distinta a una manada.

Ni Dávalos, Riquelme y Karadima merecen mejores humoristas.

Los chilenos, sí.

 

Alberto López-Hermida, doctor en Comunicación Pública, académico UANDES.