No pocas veces resulta fácil fabricarse un “enemigo imaginario” para disparar en contra de una versión ridícula y caricaturesca del feminismo. Esto puede traer algunos réditos frente a quienes no se han dado el trabajo de estudiar con seriedad la larga y compleja historia de esta corriente; que es teórica y práctica al mismo tiempo, y que es un tronco con diversas ramas.
Publicado el 01.06.2018
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El movimiento universitario que actualmente se moviliza en nuestro país ha puesto sobre el tapete el significado histórico del feminismo, que suele ser poco comprendido y, con mucha frecuencia, caricaturizado.

¿Qué es el feminismo? Como aproximación general, puede decirse que es una teoría y un movimiento social, que históricamente (desde el siglo XIX, especialmente) ha luchado por la emancipación de las mujeres, es decir, por la autonomía e igualdad de derechos de ellas frente a los hombres. En una frase, el blanco del feminismo es la subordinación de las mujeres a los hombres.

Es importante distinguir las teóricas del feminismo (sus autoras, normalmente mujeres) de los movimientos sociales feministas, que suelen ser más radicales, y que a veces no poseen un discurso elaborado y consistente.

Cuando se piensa en el feminismo se han de considerar y distinguir estos dos aspectos. ¿Por qué? Porque a la hora de criticarlo —como muchos hacen—, se debería aclarar si los “dardos” apuntan hacia el feminismo como teoría (y a cuál autora), o si ello se hace en contra del feminismo “práctico” (y a cuál organización o demanda específica).

Es importante distinguir las teóricas del feminismo (sus autoras, normalmente mujeres) de los movimientos sociales feministas, que suelen ser más radicales, y que a veces no poseen un discurso elaborado y consistente”.

La historia del feminismo se suele dividir en tres “olas”, las que han sido objeto de algunos reduccionismos. Pese a que en el siglo XVIII existió una suerte de proto-feminismo (Mary Wollstonecraft, Olimpia de Gouges, entre otras), la primera ola se extiende desde el siglo XIX hasta mediados del XX. Aquí surge una mayor cantidad de autores (algunos hombres también) que comienzan a poner en entredicho la subordinación de las mujeres, proponiendo cambios para remediarla.

Una de las visiones reduccionistas que circula afirma que esta ola era básicamente un movimiento sufragista, que aspiraba a conquistar el derecho a voto de las mujeres. Si bien el sufragismo fue una de las grandes causas del feminismo de primera ola, no se agotó únicamente en ello. John Stuart Mill, por ejemplo, a través de su libro El sometimiento de la mujer, publicado en 1869, no sólo se refirió a la subordinación de las mujeres como consecuencia de la fuerza física de los hombres, sino que también criticó la idea de una supuesta “naturaleza de las mujeres” como justificativo para ello. Mill, de hecho, fue (junto a su esposa, Harriet Taylor) un gran partidario del control de la natalidad, oponiéndose a la idea de que la función reproductora de las mujeres sería parte de esa naturaleza, que las subordinaba. Además, uno de los ejes de esta primera ola fundamental fue la lucha a favor del acceso a la educación superior de las mujeres.

La segunda ola del feminismo corresponde a la década de los 60 y parte de los 70, después de la Segunda Guerra Mundial y de la conquista del sufragio para las mujeres. El gran reduccionismo que circula acerca de esta ola consiste en asociarla, casi de manera exclusiva, al feminismo marxista o, al menos, socialista. Sin embargo, y si bien esta fue una época muy importante para el feminismo de izquierda, prosperó en su seno un feminismo liberal que produjo gran impacto. El nombre principal, en este sentido, es sin duda el de Betty Friedan, con su libro La mística de la feminidad, publicado en 1963. En esta obra, ella señaló que las mujeres estadounidenses padecían “un malestar que no tiene nombre” y que, en el fondo, apuntaba a que querían —muchas veces, sin saberlo— ser libres para perseguir un desarrollo profesional propio, más allá de sus “labores propias”. Por lo demás, las grandes autoras de izquierda de eso años (Simone de Beauvoir, de un modo emblemático) hicieron importantes contribuciones, no necesariamente incompatibles con el liberalismo, ya que buscaron entre factores culturales las causas históricas de la subordinación de las mujeres, más bien que en las estructuras económicas de corte capitalista.

Finalmente, la tercera ola, todavía vigente y que surge a mediados de la década de los 70, da cuenta de la emergencia de la categoría género, siendo ésta una herramienta de análisis para distinguir la diferencia biológica entre los sexos de aquellos factores asociados a discursos que apuntan a subordinar a las mujeres. El gran reduccionismo que circula acerca de esta tercera ola la asocia a lo que despectivamente se suele llamar “feminismo radical”. Sin embargo, este feminismo corresponde a la segunda ola, que, pese a ser también un feminismo de izquierda, no se conforma con la interpretación marxista de la historia. Por ejemplo, Kate Millet, en su libro Política sexual, de 1970, desarrolló el concepto de patriarcado.

Otro reduccionismo de esta tercera ola, en buena medida asociado al anterior, es el que cree que la categoría “género” supondría una negación del “dato biológico”. La gran autora que, en este sentido, suele ser caricaturizada es Judith Butler, con su libro El género en disputa, publicado en 1990. Algunos sectores conservadores acostumbran decir que Butler, al señalar que “quizás el sexo siempre fue género”, habría negado la dimensión corpórea de la sexualidad humana. Pero a lo que Butler se refiere es que, sobre el cuerpo, se construye un discurso cultural que apunta a la subordinación de las mujeres. Por ejemplo, es evidente que las mujeres nacen con vagina, pero de esta circunstancia no cabe colegir que deban ellas planchar la ropa de sus maridos.

No pocas veces resulta fácil fabricarse un “enemigo imaginario” para disparar en contra de una versión ridícula y caricaturesca del feminismo. Esto puede traer algunos réditos frente a quienes no se han dado el trabajo de estudiar con seriedad la larga y compleja historia de esta corriente; que es teórica y práctica al mismo tiempo, y que es un tronco con diversas ramas. Y pese a que ha tenido luces y sombras, lo cierto es que el feminismo ha puesto con fuerza sobre el tapete la inmemorial e injusta subordinación de las mujeres a los hombres. Esta subordinación resulta innegable, así como hoy indefendibles los argumentos que otrora se han dado para llevarla a cabo. Sobre todo, se puede ser feminista sin necesariamente tener que verse obligado a adherir a todos y cada uno de los puntos de algún petitorio específico.

 

Valentina Verbal, historiadora y consejera de Horizontal

 

 

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO