Examinando el emotivo cántico de los “hijos chilenos” del Che, Chávez, Maduro y Fidel, me pregunto si nuestros estudiantes quieren realmente ser identificados como hijos (sobrinos o ahijados) de los próceres de la izquierda latinoamericana. Me cuesta creer que quieran seguir los pasos de los familiares de Chávez o Maduro, pero bien puede ser que deseen seguir los de los emprendedores hijos del Che y Fidel.
Publicado el 17.11.2015
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“Somos los hijos del Che, Chávez y Fidel”, cantan, desafiantes, jóvenes universitarios chilenos estos días. Se sienten revolucionarios, sienten que están para cosas más grandes y trascendentes que estudiar, sienten que cargan bajo el brazo con las soluciones para todos los males del país y el planeta, pero los añejos íconos que los inspiran pertenecen a un pasado del que las generaciones que los sufrieron no quieren volver a escuchar nunca más: donde detentó el poder, Ernesto “Che” Guevara jamás promovió elección pluralista alguna; el chavismo-madurismo arruinó al país más rico de lo que José Martí denomina “nuestra América”; y Fidel Castro encabeza desde 1959 una dictadura que nunca ha autorizado la creación de un solo partido opositor.

Como liberal, miro el mundo desde la vereda de la tolerancia, labrada en un inicio por John Locke, miro desde allí también a aquellos que difieren de mi pensamiento. Los escucho con atención y modestia, analizo sus planteamientos sin descalificarlos, y me pregunto en qué medida pueden tener razón y qué puedo aprender de ellos. Un liberal cree que la verdad está repartida entre los seres humanos y rechaza los dogmas, tiende a pensar “out of the box”. Debo admitir, sin embargo, que me produce inquietud y activa mis alarmas, las alarmas de protección y supervivencia de todo ser humano, esta gente retro que se autoproclama hijos del Che, Chávez y Fidel. ¿Por qué? Porque su sociedad ideal implica marginación, represión, cárcel y exilio, cuando no paredón, para mí, mi familia y quienes piensan como yo, para quienes creen en la sociedad abierta, en la democracia liberal, y se identifican con las libertades individuales y la defensa de los derechos humanos.

Veamos qué dice “el padre” más célebre de los estudiantes revolucionarios de la FEUC: “¡El odio es el elemento central de nuestra lucha! El odio tan violento que impulsa al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndolo en una máquina de matar violenta y de sangre fría”, afirma el Che. Otra frase de su Diario de la Sierra Maestra, sobre un supuesto informante del enemigo, al que ejecuta sin juicio: “…acabé con el problema dándole en la sien derecha un tiro de pistola calibre 32… Boqueó un rato y quedó muerto”. Y sus “hijos” chilenos no deben olvidar otra frase dirigida también a ellos: “Los jóvenes deben aprender a pensar y actuar como una masa. Es criminal pensar como individuos”.

Hay quienes sostienen que a los jóvenes, por ser jóvenes, no hay que tomarlos en serio, que no saben lo que dicen, que ya se les pasará, que el que no es izquierdista a los veinte no tiene corazón, y el que sigue siendo comunista a los treinta no tiene cerebro.  A los jóvenes hay que tomarlos en serio. Este es un mundo que es modificado por gente cada vez más joven. Muchos de los que revolucionan las nuevas tecnologías, la música, el diseño, la economía, la moda, en fin, son jóvenes, y es bueno que así  sea. Pero no idealicemos: también jóvenes han contribuido a destruir el mundo. Los totalitarismos y populismos usan a los jóvenes para sus planes.

Yo,  con 17 o 20 años, al igual que muchos de la izquierda dura bajo el gobierno de Salvador Allende, también quería cambiar las cosas y de raíz. Estaba dispuesto a instaurar en Chile el socialismo y a liquidar a quienes se oponían a ello, porque eran enemigos de los intereses del “pueblo” y del devenir de la historia. Ellos eran “fascistas”. Su voto no valía lo mismo que la de un revolucionario como yo. Entonces uno apoyaba a rabiar a la dictadura del proletariado de la URSS y los países del este, y otros aplaudían con fervor el paredón de Fidel y la imagen del “guerrillero heroico” que quería crear “muchos Vietnam en América Latina”. Los jóvenes del MIR declararon ¡en medio del gobierno de Eduardo Frei, el más democrático de América Latina! la lucha armada, a sabiendas que no corrían peligro al asaltar bancos sin guardias o disparar contra un desprevenido carabinero del tránsito.

Contemplo en la web a estos jóvenes que cantan que son los hijos de hombres responsables de tanta represión y muerte, de negociados, secuestros, asaltos, guerrillas, tráfico de armas, drogas, oro y marfil, y me azora la frivolidad con que cantan. Para mí son las voces de la impostura, voces engoladas y teatralmente dramáticas y de rebuscada resonancia heroica. Representan más bien la pose revolucionaria perfecta del que sabe que en democracia puede fingir rebeldía con el IPhone en el bolsillo del jeans del imperio mientras junta mesadas para ir de vacaciones a Cuba sintiéndose solidario y patriarcal ante los cubanos que en promedio ganan salarios mensuales de 15.000 pesos chilenos, y viven desde 1960 de la libreta de racionamiento y las remesas de sus familiares exiliados en Estados Unidos. Los jóvenes de mi generación fueron en los 60 y bajo el gobierno de Allende a Cuba a prepararse (trágico error) como guerrilleros para derrotar al capitalismo. ¿No decía Karl Marx que la historia ocurre una vez como tragedia y luego se repite como comedia?

Escuchando a “los hijos” del Che, Chávez y Fidel se me ocurre la idea de explorar la web para averiguar en qué andan los verdaderos hijos de los íconos de la izquierda latinoamericana. Me encuentro con abundante información al respecto. Pero son noticias deprimentes para los revolucionarios criollos. En rigor, no podían ser peores: Allí está “Fidelito” Castro Díaz-Balart, el primogénito del dictador que durante más decenios ha gobernado en Occidente. Se lo ve feliz, bien alimentado y elegante, con la barba ya cana que lo asemeja más aun a su padre. Lo vemos en bien surtidas y regadas fiestas del jet set mundial, tomándose selfies con Paris Hilton, la heredera del imperio de los hoteles Hilton. Uno puede imaginar que alguien del círculo de la primera pueda haber aprovechado la ocasión para preguntarle al círculo del segundo sobre las oportunidades que la Cuba sin paros ni huelgas desde 1959 ofrece para volver a la isla. En otras fotos, el hijo verdadero de Fidel Castro aparece con Naomí Campbell y otras sexies luminarias en fiestas que no me parecen ser las de los Comités de Defensa de la Revolución, que son aquellas en las que aún ingenuamente creen “nuestros” hijos del Che, Chávez y Fidel.

Sigo buscando en la web, y me encuentro con otro hijo real del “máximo líder” y “comandante en jefe”: Antonio Castro del Valle,  eximio golfista con premios en torneos internacionales de golf.  Es la cabeza visible de la isla que invita a inversionistas a construir clubes de golf para millonarios de Estados Unidos, Europa y Asia. Si bien en 1959, el Che y Castro parodiaron en Varadero el juego del golf antes de prohibirlo por ser “un pasatiempo de los burgueses e imperialistas”, hoy Antonio, tipo apuesto, risueño y fumador de habanos que superan los 25 dólares por unidad, fomenta el deporte “contrarrevolucionario”.

Hay algo en lo cual estos hijos de Fidel coinciden y que los “hijos” chilenos de Fidel deberían tener en cuenta: Para “Fidelito” y Antonio el socialismo pertenece al pasado de ellos y de América Latina. Si crecieron escuchando al padre que “el futuro pertenece por entero al socialismo”, descubrieron que la consigna era falsa y, con gran sentido de la oportunidad e iniciativa, se renovaron y adaptaron con realismo y sin renuncia (retórica) a la nueva Cuba que brota. Ellos entendieron ahora lo que los habitantes del socialismo europeo siempre supieron: el socialismo es el camino más largo para llegar al capitalismo.

Sigo investigando, esta vez entre los hijos del Che, y me encuentro con que la hija menor, Celia Guevara, estuvo casada hasta hace unos años con un empresario extranjero bien conectado con el poder político-económico cubano. ¿Casualidades de la vida? Pero en la web aparece otro hijo del Che: Ernesto Guevara, un cincuentón emprendedor. La empresa de Guevara ofrece giras en moto por la isla a turistas extranjeros. Es sabido que el Che era motoquero, que recorrió el continente en 1952 en una moto que denominó “La Poderosa”. Su hijo, un hijo verdadero, aprovechó esa veta del guerrillero para adaptarse a los nuevos aires que soplan en la isla. El hijo del Che ofrece hoy, junto a empresarios argentinos, tours en Harley-Davidson, que cuestan alrededor de U$ 4.000, los que atraen a europeos y latinoamericanos admiradores de Guevara, aunque un isleño tendría que ahorrar durante 8 años sus ingresos completos para dar el paseíto revolucionario.

Seguí mi búsqueda en la web, y di con las hijas de Chávez. Debo confesar que aquí el panorama es menos glamoroso. Según la prensa europea, Rosa Virginia y María Gabriela Chávez siguieron viviendo (ignoro si todavía lo hacen) en la residencia presidencial después del fallecimiento de su padre, que cuentan con un presupuesto que supera al de muchos presidentes latinoamericanos, y viajan en aviones oficiales, según muestran las fotos que ellas mismas suben en la red. Busqué, por lo mismo, algo con mayor sentido épico y me encontré con que un ahijado de Maduro, el sucesor de Hugo Chávez, y un sobrino de su esposa, acaban de ser detenidos en Puerto Príncipe, Haití, con 800 kilos de cocaína. El negocio lo cerraron en la bella Roatán, Honduras, y nada menos que con un agente encubierto de la DEA que los llevó a un punto donde llegaron con la carga.

En fin. Examinando el emotivo cántico de los “hijos chilenos” del Che, Chávez, Maduro y Fidel, me pregunto si nuestros estudiantes quieren realmente ser identificados como hijos (sobrinos o ahijados) de los próceres de la izquierda latinoamericana. Me cuesta creer que quieran seguir los pasos de los familiares de Chávez o Maduro, pero bien puede ser que deseen seguir los de los emprendedores hijos del Che y Fidel.

En ese caso habría que rogarles que aprovechen sus buenos oficios para convencer al “comandante en jefe” para que, tras 56 años de estatismo, permita las condiciones para que no solamente sus hijos y los extranjeros puedan aspirar al emprendimiento privado, sino todos los cubanos. (Y ojalá lo convenzan de que celebre elecciones pluralistas y secretas como las chilenas). La otra opción es que nuestros estudiantes no quieran ser en verdad los hijos de los líderes revolucionarios sino simplemente ser iguales a esos líderes.

En ese caso ese progresismo admitiría ser lo que en rigor es: retrogresismo, una fuerza política juvenil que ve el futuro de Chile en el retrovisor de la historia continental.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

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