El columnista del Foro Líbero interrumpe su presencia semanal en este medio con el que ha colaborado desde su fundación. Con respecto a la Copa América dice que "por cierto que -como chileno- me gustaría que esta vez la copa quedara en casa".
Publicado el 04.07.2015
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Con esta columna interrumpo una colaboración semanal con El Líbero desde su fundación. Lo hago sólo por la responsabilidad que trae consigo la designación como Embajador en Argentina, con la consiguiente ausencia del país. Toda despedida tiene algo de tristeza y nostalgia por el tiempo transcurrido, que en este caso se aminoran por el buen desarrollo de El Líbero y la gratitud por el espacio de libertad concedido a una opinión que tal vez para muchos lectores pudo sonar disidente respecto de la tónica de los demás columnistas.

A partir del próximo martes asumo como Embajador en Argentina. Entiendo que la misión diplomática, si bien surge de un mandato gubernamental al cual debe lealtad, se extiende buscando representar a todo un país. En un mundo global un embajador debe procurar facilitar los contactos y la colaboración entre las naciones.

Chile y Argentina son como dos hermanos unidos y separados a la vez por la cordillera de Los Andes, que a lo largo de la historia independiente se han configurado como naciones con perfiles en algunos aspectos diferentes, que han aprendido a convivir y colaborar. Es mucha la sangre común que corre por la venas de ambos países, y por eso mismo es más fácil apreciar y valorar las diferencias en un esquema de integración.

Escribo en la vigilia del partido que definirá la Copa América entre Argentina y Chile. Por estos días abundan los comentarios, no siempre comedidos y ponderados, las apuestas sobre el posible triunfador, las hipótesis sobre las estrategias de juego, y se encienden las pasiones, como si los que se confrontaran fueran dos países y no dos equipos de fútbol. El Embajador argentino Ginés González lo dijo bien: “ojalá se pudiera partir la copa en dos”; siguiendo su pensamiento, diría: “ojalá se pudiera compartir como los Oscar”. Los equipos de ambos países llegan a la final tras un notable desempeño. Ambos merecen el triunfo. Por cierto que -como chileno- me gustaría que esta vez la copa quedara en casa, pero entiendo que la victoria debe pertenecer al que juegue mejor.

La contienda deportiva se da en un cuadro en que los lazos entre Argentina y Chile han tenido y deben seguir teniendo un signo muy positivo en todos los campos.

Prácticamente no existe ningún aspecto de la vida nacional que no tenga su correlato en el país trasandino, lo que he podido comprobar al reunirme con varios ministros del gobierno para conocer más en detalle los temas propios de sus carteras en relación con Argentina: infraestructura para la conectividad expedita física y de telecomunicaciones, pasos fronterizos, intercambio energético, inversiones, colaboración cultural, turismo, entendimiento en política exterior y defensa, y así podría seguir. A todo lo cual habría que añadir la implementación de la ley que autoriza el voto de los chilenos en el extranjero, que en Argentina suman cerca de 200.000 los nacidos en Chile y otros tanto nacidos en el extranjero, los que requieren un año de avecindamiento en el país para poder sufragar.

Pero junto con la agenda de trabajo es importante el espíritu con que se emprende una tarea. En mi caso es de entusiasmo. He vivido varios años en Buenos Aires durante mi infancia y período universitario. Siento por Argentina no sólo afecto sincero, sino también admiración por su gente y su cultura. He seguido el desarrollo político del país trasandino, sus rupturas y crisis, y me ha asombrado la energía y decisión con que han sabido salir adelante y proyectarse hacia el futuro. No se trata sólo de volver a contactar con una parte de mis raíces, sino sobre todo de tomar el pulso a la Argentina actual, que busca  derroteros de progreso en plena campaña presidencial.

Sin más, les digo a los lectores: hasta la próxima.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO