El tema de la presencia militar chilena en Haití no debe ser vista como una intromisión ni mucho menos un gasto de recursos. Quienes así lo hacen, desconocen lo que significa una misión de paz.
Publicado el 25.09.2014
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La participación en una misión de paz es tanto una misión militar como también humanitaria. Los “peacekeepers” no sólo darán respuesta al llamado de las autoridades locales y del organismo internacional que los convoca, sino que deben ganarse el corazón de quienes los reciben. Junto con ser capaces de combinar la diversidad de culturas, idiomas, ejércitos, profesiones que ahí concurren, “consiste en desarmar las manos y los espíritus de quienes no quieren hacerlo. Requiere de disciplina y de valor. Necesita saber soportar las presiones, las incomprensiones, así como tener la habilidad de combinar intereses”.

Esta afirmación se la leí hace algunos años (2007) a Juan Gabriel Valdés, quien la escribió en el prólogo del libro “Misión en Haití”, un relato del entonces Segundo Comandante de la Minustah, general Eduardo Aldunate, quien lo subtituló simbólicamente: “con la mochila cargada de esperanzas”.

Las palabras las recordé tras las recientes declaraciones de la Presidenta Michelle Bachelet, quien afirmó, respecto de esta misión: “hay que combinar el deseo de ir reduciendo las tropas”, “con la necesaria estabilidad política del país”, en tanto que el canciller Heraldo Muñoz señaló –acertadamente- que el retiro debe ser estable para “mantener la seguridad que se ha obtenido y facilitar la transición política”.

El tema de la presencia militar chilena en Haití no debe ser visto como una intromisión ni mucho menos un gasto de recursos. Quienes así lo hacen, desconocen lo que significa una misión de paz, al tiempo que es conveniente recordar que parte de lo gastado es reembolsado por las propias Naciones Unidas al país que lo aporta.

Hacer un listado de los beneficios que trae la participación de nuestras tropas en Haití sería largo y excede a esta columna. Basta con señalar la colaboración en una misión multinacional latinoamericana, en la que –por ejemplo- el cuerpo de ingenieros del Ejército ha hecho una contribución en materia de conectividad a través de la construcción de caminos y mejoramiento de la infraestructura. En materia policial se ha ido capacitando a los locales en las labores que les son propias. En temas de gobierno, se colaboró en la organización de los registros electorales, pero -por sobre todo- ha sido en el terreno de la seguridad donde más se ha contribuido en el avance hacia un proceso de transición democrática. Sacar las tropas hoy podría significar un debilitamiento y tal vez hipotecar la realización de las elecciones presidenciales previstas para el año 2015. Su retiro forzado sería fatal si ello significa que dentro de un tiempo hay que reenviarlas para comenzar de nuevo. Un fracaso que no sólo sería de nuestro país, con consecuencias nefastas para Haití, sino que sería el fracaso de la política exterior latinoamericana. En ese sentido, tal vez, se podría avanzar en que el Ejército combinado chileno-argentino denominado “Cruz del Sur”, pueda participar activamente en esta tarea, pero ese camino será lento, ya que requiere de la aprobación de ambos parlamentos, y al menos del lado trasandino no se ve que sea un tema prioritario.

Sería erróneo pensar que este es un tema que incumbe sólo al personal uniformado, ya que la presencia de tropas se enmarca dentro de una política de Estado de contribución internacional y cooperación con la política exterior de Chile, por tanto en ningún caso es una cuestión “puramente” militar. A la labor de las tropas se suma la de algunas organizaciones civiles que también requieren ser provistas de seguridad. Por tanto, otro avance en esta materia debiera ser el marco de la regulación de la cooperación civil que debiera irse proveyendo paulatinamente en un futuro cercano.

En síntesis, y otra vez en palabras de Juan Gabriel Valdés –actor importante en la presencia chilena en la zona- los “peacekeepers” comprobarán por sí mismos las dificultades que deben enfrentar quienes quieren un cambio y avanzar hacia el progreso, al tiempo que les indignará la indiferencia y la incapacidad del mundo para resolver un problema de hambre y miseria que vive el país en el cual están instalados. Una tensión –dice- que será permanente, entre quienes los provocarán de mala fe y por la fuerza, pero al mismo tiempo se verá recompensada por el recuerdo en la retina de la mirada de agradecimiento, de esperanza, de quienes ansían vivir en paz y salir adelante. Requiere, dice, del aporte de personas que tengan pasión por la justicia, se comprometan y posean un profundo “respeto por la dignidad humana”.

En esto, debemos involucrarnos como país. No basta con estremecerse al ver las fotos, imágenes y muchos menos indignarse a través de las redes sociales. Países como el nuestro tienen un deber, y por eso ayudar a Haití es tarea de todos.

 

Angel Soto, Académico Universidad de los Andes.

 

FOTO: VÍCTOR SALAZAR M./ AGENCIAUNO.