Vemos en otros países turbulencias económicas y políticas que quizás sean los síntomas de la convergencia global hacia un nuevo modelo económico, la paradójica transición a una economía de abundancia y costo marginal cero, que no comprendemos y que deberemos aprender a gestionar. De hecho, los principios económicos a los que estamos acostumbrados se sustentan en la hipótesis de escasez y competencia por recursos limitados.
Publicado el 22.10.2017
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En mis años de universidad, aprendiendo economía, leí a Thomas Malthus autor de La Teoría de la Renta Económica y uno de los primeros demógrafos del mundo, quien en el siglo XVIII predecía que íbamos hacia la superpoblación y la escasez de recursos, teoría que ha influido en la economía poniendo el acento en los recursos limitados. Sin embargo, en 2017 somos testigos de cómo los avances en la innovación, así como la digitalización, están cambiando la teoría económica que nos ha gobernado por muchos años.

La verdad es que el futuro puede ser de equilibrio demográfico y abundancia. Por ejemplo, este año, India ha decidido substituir el despliegue de aproximadamente 14 GWh de energía térmica por su equivalente en energía solar. Eso significa que renuncia a seguir quemando carbón ante el exponencial incremento de la eficiencia de la tecnología solar y la caída en picada de su precio a niveles hasta hace poco considerados imposibles. En Alemania los récords de obtención de energía limpia se suceden: durante tres días en mayo, el 85% de la electricidad consumida provino de fuentes renovables. En 2016 ya habían experimentado, al menos por un día, que la totalidad de la energía consumida proviniera de fuentes renovables, algo que esperan se cumpla en su totalidad para el año 2025.

Son hitos limitados, pero que apuntan a un futuro esperanzador. El progreso de la energía solar sigue la llamada “Ley de Swanson”, es decir el precio cae un 20% cada vez que la producción mundial se duplica. Incluso en la América de Trump, las energías renovables han superado en suministro eléctrico a la energía nuclear, y los Estados más innovadores como California y Massachusetts planean alimentarse íntegramente de energías renovables en 2045 y 2050, respectivamente. En el caso de Chile, la energía sigue siendo cara, pero con una disminución muy importante. En 2016 el costo marginal de un MWh llegó a US$ 61 frente a los US$ 200 del año 2011, y se espera que este precio se mantenga en los próximos años, permitiendo un respiro a las industrias donde la energía es una parte importante del costo de fabricación. Esto es consecuencia de la caída del precio de los combustibles sólidos, frente a la irrupción de casi 600MWh de energías renovables.

Todo esto hace prever que avanzamos hacia un escenario de abundancia energética. Un mundo de energía casi infinita a costo casi cero. El acelerado progreso tecnológico ha roto las barreras de lo imaginable. Y es que la tecnología es una increíble fuerza liberadora de recursos.

En los albores de la Cuarta Revolución Industrial, ya hay muchas cosas que han supuesto avances —a costos cada vez más bajos— que hace 20 años eran impensables. Disponemos de información infinita e instantánea a costo cero (Internet); posibilidades gratuitas de localización avanzada por satélite (vía GPS) y mapas detallados de cualquier parte del mundo (Google Earth); comunicaciones móviles ubicuas y cada vez más baratas; almacenamiento de memoria y proceso de datos casi ilimitado; entretenimiento digital inacabable (vídeos, música, juegos, libros, fotografía); interacción social digital gratuita sin límites (Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat, entre otros). Realmente tenemos en nuestras manos una abundancia verdaderamente increíble de datos para procesar, progresar, aprender e interactuar, a costo cero. Mientras tanto, la revolución tecnológica sigue extendiendo la abundancia hacia otros campos.

Es así como la síntesis artificial de alimentos avanza decididamente hacia la generación de comida infinita, creada en laboratorios, a partir de células madre, a valores exponencialmente decrecientes y con un costo ambiental muy, pero muy, bajo. En 1931, Winston Churchill dijo: “Dentro de cincuenta años escaparemos al absurdo de criar un pollo entero para comer la pechuga o las alas, cultivando estas partes separadas en un medio adecuado”. Sin duda un precursor.

La primera forma comestible fue producida por el NSR/Touro Applied BioScience Research Consortium en el año 2000. Fueron células de carpa dorada cultivadas para parecerse a filetes de pescado. Luego, la primera hamburguesa artificial, generada a partir de células de vaca vio la luz en 2013, a un costo de US$ 325.000. Hoy se producen a US$ 11 la unidad. Y en pocos años su precio se reducirá significativamente por debajo de las hamburguesas convencionales y entrarán masivamente en el mercado. La carne sintética es genéticamente idéntica a la original, pero creada sin animales. Sin granjas. Sin costo medioambiental. Sin deforestación y sin consumo masivo de agua como requiere la producción tradicional. La carne artificial no contiene antibióticos, ni bacterias. Se utiliza un 99% menos de espacio, un 96% menos de agua, y se eliminan las emisiones de CO2 animal (una de las principales causas de contaminación mundial). Se prepara una disrupción a gran escala en el sector de la alimentación. En pocos años, miles de silenciosos laboratorios alimentados por energía solar fabricarán filetes de cerdo, pollo o vaca, de la nada, a costo marginal cero, lo cual agradeceremos todos, incluidos los animales.

En esta nueva economía, los países, a medida que avanzan y acceden a mejor salud y educación, frenan sus tasas de fertilidad. Pronto, sólo crecerá África, el gran problema latente. Japón, de hecho, es un país muy viejo. Europa y Estados Unidos envejecen. Incluso las poblaciones de China y Latinoamérica dejan de crecer demográficamente. Con todo ello podemos ser optimistas. Pese a nuestra adicción a las malas noticias, vivimos en el mejor de los tiempos posibles. Según el diario inglés The Guardian, por primera vez la proporción de población mundial en extrema pobreza ha caído por debajo del 10%. La mortalidad infantil es la mitad que en 1990, y 300.000 nuevas personas acceden a la electricidad cada día. La alfabetización ya alcanza el 85% de la población mundial. Y hemos creado más conocimiento científico en las dos últimas generaciones que en las 10.000 que las precedieron. Si dejamos que la fuerza de la tecnología siga actuando, podemos aspirar a un futuro esperanzador, en el que la riqueza de los países no dependa de pozos de petróleo, sino de su talento y de la fuerza del sol. Y en el cual la alimentación, información, energía, educación, y salud se produzcan a coste marginal cero, y su acceso sea, por tanto, universal.

Vemos en otros países turbulencias económicas y políticas que quizás sean los síntomas de la convergencia global hacia un nuevo modelo económico, la paradójica transición a una economía de abundancia y costo marginal cero, que no comprendemos y que deberemos aprender a gestionar. De hecho, los principios económicos a los que estamos acostumbrados se sustentan en la hipótesis de escasez y competencia por recursos limitados.

¿Qué parte de esta nueva economía se juega en Chile? Hay factores muy importantes que considerar en nuestro país, pero quizás el más importante sea reconocer política y económicamente que este cambio va a suceder, que tenemos que prepararnos y mucho, sobre todo en el campo de la educación, donde hay muchas lecciones pendientes. Consecuentemente, el principal reto que tenemos en los años venideros es acelerar el ritmo de tránsito hacia esta economía de la abundancia, incrementando las inversiones en I+D, así como en la educación de la población trabajadora, actual y futura, para generar los mecanismos distributivos que permitan extender la riqueza tecnológica a todos.

 

Rafael Ruano, consultor de Empresas